
La sorpresiva renuncia de Marco Lavagna a la conducción del Indec despertó de inmediato sospechas que se fueron confirmando con el correr de las horas: el Gobierno resolvió suspender, casi sobre la hora, la divulgación del nuevo índice de inflación correspondiente a enero. La fecha prevista para su publicación era el próximo 10 de febrero, pero a último momento se cambió de opinión.
Por ello, el organismo estadístico difundirá el martes de la semana que viene el dato del primer mes del año con la ponderación de la canasta de 2004 y no con la nueva metodología en la que se venía trabajando en los últimos meses.
Las acciones y los bonos tuvieron ayer una jornada floja, aunque no por las novedades vinculadas al Indec, ya que habían arrancado mal desde temprano. Habrá que evaluar en las próximas jornadas el impacto sobre los bonos CER, pero es prematuro afirmar que se producirá un efecto negativo relevante.
La desprolijidad es tal que, hace menos de una semana, el Banco Central publicó un extenso informe explicando en detalle en qué consistían los cambios metodológicos. Fue al dar a conocer el Informe de Política Monetaria (IPOM) del cuarto trimestre. Allí ya se insinuaba que la medición, temporalmente, podría arrojar índices mayores.
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“Si bien el conjunto de las modificaciones en las ponderaciones del IPC tendrá efectos sobre la sensibilidad de la inflación a distintos shocks de corto plazo, ello no debería afectar significativamente la tendencia inflacionaria esperada”. Y sobre el final agregaba que “esto es debido a que la inflación es un fenómeno monetario y su evolución dependerá, en el largo plazo, de las fluctuaciones en la demanda y oferta de dinero —y de las acciones correctivas que pueda implementar el BCRA ante la aparición de esas discrepancias”, destaca el reporte oficial.
El propio Luis “Toto” Caputo reconoció ayer que la decisión de postergar la publicación del nuevo índice estuvo relacionada con “esperar que avance el proceso de desinflación”, una decisión que -dijo- fue tomada en conjunto con el presidente, Javier Milei. Y culpó al kirchernismo por el repunte inflacionario de los últimos meses del año pasado. Ante la cercanía de las elecciones, el “riesgo kuka” derrumbó la demanda de pesos, lo que se reflejó en un salto del tipo de cambio y un rebote en los precios.
De esas declaraciones se desprende una obviedad: la nueva medición habría entorpecido el proceso de baja de la inflación, algo que el Gobierno considera clave para este 2026 y de cara al próximo año electoral.
Quedará en la pura especulación saber cuál hubiera sido el dato de enero con la nueva metodología, ya que se seguirá difundiendo únicamente la serie que se venía aplicando hasta ahora. Varios economistas, como Hernán Lacunza y Fausto Spotorno, sugirieron que, para evitar suspicacias, se podrían haber publicado en paralelo ambas series —la vieja y la nueva—. Pero ese no fue el camino elegido por la Casa Rosada.
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¿Qué se venía trabajando, entonces, para modificar la metodología del índice? A diferencia de la intervención del Indec en 2007, no se trataba de cambiar la forma de calcular los precios, sino de actualizar las ponderaciones de los productos medidos para reflejar los hábitos actuales de consumo. La canasta vigente proviene de la encuesta de gastos de 2004; la nueva, que por ahora no se implementa, se basa en la medición de gastos de 2017-2018.
Una estimación muy respetada sobre cuál sería el índice con los nuevos ponderadores la realizó Martín Rozada, econometrista de la Universidad Di Tella. Este especialista calcula la “inflación latente”, que consiste justamente en determinar el índice de precios usando esa canasta de consumo actualizada en lugar de la de 2004.
Según su medición reciente, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) de 2025 hubiera subido a 33,6% en lugar del 31,5% difundido por el Indec. Es decir, la “inflación latente”, que refleja mejor el consumo de los hogares, habría quedado 2,1 puntos porcentuales por encima de la oficial.
La primera conclusión de estas estimaciones es que los servicios ganarían peso de forma significativa en detrimento de los bienes (aproximadamente 12 puntos porcentuales). Alimentos y bebidas no alcohólicas cederían cerca de 6 puntos porcentuales de participación en el IPC, de los cuales 2 puntos serán atribuibles al agrupado carnes y derivados.
Por su parte, las prendas de vestir y el calzado verían reducir su participación desde el 8,2% implícito en 2025 con la canasta anterior a alrededor del 6,8% en la nueva. En sentido contrario, se destaca un aumento de casi 3 puntos en la ponderación de combustibles y lubricantes.
Otra manifestación de la menor influencia de los precios de los alimentos en el indicador sería la marcada caída del peso de Restaurantes y comidas fuera del hogar, que pasaría de aproximadamente 10% a 6% del índice.
Los servicios, por el contrario, incrementarían notablemente su ponderación. Uno de los ejemplos más claros es el de los alquileres, cuya participación subiría del 3% al 6%.
“Las actualizaciones de las tarifas de los servicios públicos, los mecanismos indexatorios en alquileres y expensas, y la evolución de los salarios tenderán a impactar relativamente más en el nuevo IPC”, explicaron en el Central.
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