
La designación de Fernando Iglesias como embajador argentino ante la Unión Europea no es un mero dato administrativo ni un gesto menor de política exterior: es una decisión estratégica que revela una determinada concepción del mundo. Cuando el mercosur-las-tensiones-que-se-aceleraron-entre-javier-milei-y-lula-da-silva.phtml">acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea reclama mesura, paciencia y oficio negociador, el Gobierno de Javier Milei opta por enviar a Bruselas a una figura asociada a la confrontación y la provocación.
No es un error ni una improvisación: es un mensaje político deliberado. La Argentina no pretende adaptarse a la lógica diplomática europea, sino tensionarla. La elección de Iglesias expresa la voluntad de trasladar la batalla cultural interna al terreno internacional, aun cuando ese ámbito exige justo lo contrario: pragmatismo, flexibilidad y una comprensión fina de las reglas no escritas del poder.
El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea vuelve a situar a la Argentina en una escena que requiere sutileza, paciencia y oficio. Tras más de dos décadas de negociaciones, el entendimiento reabre expectativas comerciales, pero también reclama una diplomacia activa que sepa aprovechar las oportunidades con flexibilidad. No es momento para improvisaciones ni para posturas fundamentalistas.
La diplomacia, en su sentido clásico, no es épica ni confrontación: es negociación, escucha, construcción paciente de consensos mínimos y administración racional del desacuerdo. Es, como la definía Harold Nicolson, el diplomático británico, teórico central de las relaciones internacionales del siglo XX y partícipe directo del sistema de conferencias que modeló la posguerra europea, “el arte de conducir las relaciones entre Estados mediante métodos distintos a la guerra”.
Nicolson hablaba desde la experiencia concreta de un continente devastado que comprendió que el conflicto permanente conduce al colapso y que la palabra, aun cuando parezca débil, suele ser más eficaz que la amenaza. En esa tradición se inscriben la diplomacia europea moderna, la lógica comunitaria de la Unión Europea y su cultura política basada en la moderación, el lenguaje medido y la búsqueda de acuerdos graduales.
La elección de Iglesias sugiere una concepción particular de la política exterior. Milei ha mostrado reiteradamente su desprecio por los mecanismos clásicos de mediación y consenso: su estilo privilegia la confrontación, la claridad ideológica y el choque frontal. En ese marco, la diplomacia aparece menos como una herramienta y más como un obstáculo.
No es casual que el Presidente desconfíe de la diplomacia: negociar implica ceder, y ceder contradice la lógica binaria que estructura su discurso público. La diplomacia busca acuerdos imperfectos; Milei proclama verdades absolutas. La diplomacia opera en grises; el mileísmo se mueve en blancos y negros.
El Gobierno argentino se prepara para abandonar entre 45 y 55 organismos y tratados internacionales, muchos de ellos vinculados directa o indirectamente a las Naciones Unidas, en una decisión que profundiza el alineamiento automático con Estados Unidos y reproduce la política exterior impulsada por Donald Trump.
La medida surge de un expediente interno de la Cancillería que justifica el retiro con un único argumento: la “alianza estratégica” con Washington, aun cuando esa decisión pueda aislar a la Argentina de los principales espacios multilaterales del sistema internacional. La iniciativa cuenta con el aval de altos funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores y sólo resta la firma final del canciller Pablo Quirno para concretarla.
Diplomáticos de carrera consultados describen la iniciativa como un sinsentido estratégico, porque esos organismos son plataformas centrales para la política exterior, el financiamiento internacional y la articulación global. Aun así, el Gobierno decidió imitar, aunque parcialmente, la retirada estadounidense para no poner en riesgo créditos y proyectos por miles de millones de dólares que dependen de esos mismos espacios.
El repliegue genera una contradicción política de fondo: mientras la Argentina se dispone a salir de organismos de la ONU, al mismo tiempo impulsa la candidatura del diplomático argentino Rafael Grossi para la Secretaría General del organismo.
Para resolver esa incoherencia, la Cancillería envió un cable secreto a sus embajadas instruyendo a los diplomáticos a sostener, solo si son consultados, que el país mantiene un “compromiso histórico con el multilateralismo”, pese a que las decisiones concretas apuntan en sentido contrario.
Carl von Clausewitz escribió que la guerra es la continuación de la política por otros medios; la diplomacia podría pensarse como su reverso: la política que evita la guerra por vías más sutiles. Requiere cálculo, empatía estratégica y una comprensión minuciosa del adversario. Nada más lejano al registro de la provocación permanente. Cada terreno tiene métodos propios.
Iglesias no es un diplomático de carrera ni un negociador silencioso: es, ante todo, un polemista. Durante años construyó su capital político en la confrontación mediática, en las y en un estilo deliberadamente provocador. Su figura se asocia más al conflicto que a la mediación.
Durante el gobierno de Alberto Fernández su perfil tomó mayor relevancia por la confrontación permanente en el Parlamento. Antes de repasar algunos episodios, un testimonio de Martín Soria, hoy senador: la polémica entonces era por la oposición a crear nuevas universidades de cercanía. “Que te insulte Fernando Iglesias es costumbre. Es un personaje infumable, insoportable. Es una cucaracha de la política”, decía Soria en ese momento.
En la apertura de sesiones ordinarias del Congreso, el 1.º de marzo de 2023, el entonces presidente Alberto Fernández generó un fuerte clima de tensión al cuestionar duramente a la Corte Suprema por el fallo que restituyó fondos coparticipables a la Ciudad de Buenos Aires.
En ese marco se produjo el episodio más visible: el diputado del PRO, Iglesias, le dio la espalda al Presidente, lo increpó a los gritos y finalmente se retiró del recinto con su mochila, mientras Fernández le respondía con ironía desde el estrado. “Es un enorme honor que me insulte Fernando Iglesias, me enorgullece”, bromeó el entonces mandatario en el Congreso. En una entrevista posterior, el propio Iglesias relató lo sucedido y afirmó: “Se me debe haber escapado algún insulto”.

En otra sesión, Iglesias profirió insultos contra la presidenta del cuerpo, Cecilia Moreau, mientras ella conducía el trámite parlamentario. Moreau interrumpió la sesión y confrontó a Iglesias, exponiendo lo que él murmuraba fuera del micrófono: “¿Qué pasa Iglesias? ¿Por qué no me decís de frente ‘pelotuda’ como me estás diciendo por lo bajo? Sos un misógino maleducado. Cobarde”, dijo la diputada.
Otro episodio que provocó indignación ocurrió cuando, en una polémica con Hugo Moyano, Iglesias retuiteó una publicación que incluía la imagen de un rifle y una frase interpretada como amenaza contra la familia Moyano. El retuit se produjo en julio de 2020, en el marco de un conflicto sindical entre el gremio de Camioneros y Mercado Libre, tras comentarios satíricos de Iglesias y críticas a los Moyano por el reclamo de encuadramiento gremial de trabajadores de la empresa.
En una entrevista para la revista Seúl, de julio de 2025, Iglesias habló de su estrategia de comunicación y sostuvo: “Aprendí mucho de algo que se aprende también en Twitter, que es a decir cosas en breve tiempo. Vos tenés tu equipo, están jugando horrible, cometen cuatro o cinco errores y tenés 30 segundos para arreglarlo. ¿Qué hacés? Elegís lo más importante y vas a eso”.
Y luego agrega: “Si vos das una instrucción, das una instrucción. Si das dos instrucciones, das media instrucción. Si das tres instrucciones, no dijiste nada. Porque cada cual agarra la que quiere, hace lo que le parece. Y eso es algo muy importante: focalizar, detectar en el sistema de juego cuál es lo principal que te puede ayudar a corregir el resto, hablar solamente de eso”.
Esa concepción de la comunicación, eficaz en el vértigo de las redes sociales o en la lógica binaria del debate político confrontativo de la era Milei, revela al mismo tiempo su límite estructural para la diplomacia. La reducción extrema del mensaje, la idea de que solo puede existir una instrucción válida y que todo lo demás es ruido, puede funcionar en Twitter, donde la atención es breve y el conflicto alimenta el intercambio.
Pero la diplomacia opera en un registro inverso: suma matices, superpone capas de sentido, admite ambigüedades en busca de la diagonal común y del consenso, y a menudo sugiere más de lo que dice. En definitiva, el perfil de Iglesias resulta problemático para un cargo que exige discreción, escucha activa y capacidad para administrar tensiones sin exacerbarlas.
Su trayectoria pública revela una preferencia constante por la confrontación directa, el gesto provocador y la exposición del conflicto como capital político. Ese estilo pudo ser efectivo en la arena doméstica, en el debate parlamentario o en la disputa mediática, pero choca con la cultura política de la Unión Europea, donde la forma es fondo y cada palabra tiene peso diplomático.
La designación de Iglesias no puede leerse como un error de cálculo ni como una casualidad. Milei envía a Bruselas a un representante que encarna la anti-diplomacia, alguien que no viene a tejer consensos sino a marcar posiciones, aun a costa de incomodar. Es una apuesta deliberada por trasladar el conflicto ideológico interno al plano internacional, cuando el acuerdo Mercosur–Unión Europea exige justamente lo contrario: paciencia, pragmatismo y flexibilidad negociadora.
La designación, además, llega acompañada de una anomalía institucional: la duplicación de cargos. Iglesias fue nombrado embajador ante Bélgica y, una semana después, ante la Unión Europea. El argumento oficial fue el ahorro logístico y que Iglesias ejercerá el cargo ante la UE sin perjuicio de su función en Bélgica.
El Gobierno destaca la experiencia de Iglesias en política exterior, su paso por la presidencia de la Comisión de Relaciones Exteriores de Diputados y su participación en giras oficiales; sin embargo, en términos de trayectoria y experiencia profesional no parece ser la opción más idónea.
¿Cuál fue la trayectoria de Fernando Iglesias? Su derrotero político atraviesa desplazamientos ideológicos, pero con una constante: la confrontación como método. Su militancia comenzó en los años setenta en el trotskista Partido Socialista de los Trabajadores, en el clima de radicalización política previo al golpe de 1976.
Tras abandonar ese espacio, se vinculó al activismo por los derechos humanos y luego desarrolló una carrera intelectual y periodística centrada en la crítica al peronismo y en la defensa de la globalización, un recorrido que lo fue alejando de la izquierda tradicional.
Su ingreso formal a la política institucional se produjo en 2007, como diputado nacional por la Coalición Cívica de Elisa Carrió. Allí se consolidó como una voz dura contra el kirchnerismo, con intervenciones más orientadas al debate ideológico que a la construcción de consensos legislativos. Durante ese período integró comisiones vinculadas a la libertad de expresión y se destacó por una retórica confrontativa que lo transformó en figura mediática más que en articulador parlamentario.
Después de un impasse legislativo, Iglesias regresó a la Cámara de Diputados en 2017 de la mano de Cambiemos, ya alineado con el macrismo. En ese ciclo profundizó su perfil de polemista, sobre todo en redes sociales, y se erigió como uno de los “halcones” del espacio. Fue defensor incondicional del gobierno de Mauricio Macri, aun en sus momentos más difíciles, y su figura se asoció con la idea de batalla cultural y una lectura binaria de la política argentina, con el peronismo como adversario central.
En los últimos años su trayectoria volvió a mutar al alinearse con Milei y La Libertad Avanza, sin desvincularse formalmente del PRO. Desde esa posición respaldó el rumbo del gobierno libertario y justificó sus formas disruptivas en nombre de un cambio histórico.
Su reciente designación como embajador ante la Unión Europea puede leerse como la culminación de ese recorrido: de legislador combativo y polemista permanente a representante diplomático, una transición que resume tanto su itinerario político personal como la concepción anti-diplomática del actual oficialismo.
Su visión del peronismo como “el enemigo” estructura gran parte de su discurso. Trasladada a la arena internacional, esa lectura corre el riesgo de simplificar procesos complejos y confundir disputas domésticas con alineamientos globales. Pero encaja con una matriz ideológica más amplia que hoy articula a Milei con Donald Trump y con sectores de la nueva derecha global.
El peronismo deja de ser un movimiento político nacional, con contradicciones internas y trayectorias diversas, para convertirse en una pieza local de un enemigo mayor: el “colectivismo”, el “estatismo” o el “comunismo”, entendido de forma expansiva y casi metafísica.
Del mismo modo en que Trump condensó en el “socialismo” o en el “deep state” todas las amenazas al orden estadounidense, e igual que Milei resume en el kirchnerismo una supuesta decadencia moral y económica, Iglesias proyecta sobre el peronismo la figura de un adversario absoluto, incompatible con la república y la libertad.
Esa lógica responde a la batalla cultural como marco interpretativo total. Para Milei y Trump, la política ya no es competencia entre programas, sino una guerra fría entre libertad y comunismo, entre Occidente y su disolución interna.
La política debe volverse más agresiva porque, en su relato épico, el riesgo es la disolución de Occidente. El acuerdo Mercosur-UE exige, en cambio, una narrativa que combine apertura comercial con garantías ambientales y sociales. Exige diálogo con actores que no comparten la visión libertaria del mundo. Exige paciencia.
El nombramiento envía, entonces, un mensaje ambiguo a Europa: por un lado la Argentina celebra el acuerdo; por otro, designa como representante a alguien conocido por su estilo pendenciero. Es difícil no leer allí una señal de provocación. Nada de esto parece aleatorio.
Milei construye su identidad política en oposición a “la casta”, a la diplomacia tradicional y a lo que considera consensos vacíos. Al nombrar a Iglesias, refuerza esa narrativa: no habrá diplomacia clásica, habrá confrontación ideológica. El problema es que la política exterior no se define sólo por la coherencia interna del relato: se juega en mesas de negociación donde el estilo importa y una palabra mal dicha puede bloquear un expediente durante años.
La diplomacia cultural, además, exige sensibilidad. Europa no es un bloque homogéneo ni un adversario ideológico: es un entramado de intereses, valores y temores. Representar a la Argentina allí implica comprender esa complejidad para aprovechar las oportunidades de desarrollo que el acuerdo ofrece.
El riesgo es que la embajada se convierta en tribuna de la batalla cultural libertaria; que el representante argentino hable más para las redes locales que para los despachos europeos; que la política exterior quede subordinada a la lógica del like y la polarización.
La pregunta que queda abierta es si ese estilo alcanzará para atravesar el complejo laberinto europeo o si, una vez más, la épica doméstica terminará chocando con la realidad internacional. La diplomacia no perdona los gestos incendiarios. Y Europa, a diferencia de Twitter, no responde a provocaciones sino a intereses y consensos.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
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