Viernes, 15 de agosto de 2025   |   Campo

Un viaje a la Patagonia: un cultivo poco difundido hace historia en su nuevo hogar

Un viaje a la Patagonia: un cultivo poco difundido hace historia en su nuevo hogar

En la Comarca Andina del Paralelo 42, donde Río Negro y Chubut se encuentran, crece un cultivo que, aunque abarca apenas algo más de 200 hectáreas en todo el país, resulta fundamental para el sabor y el aroma de la cerveza: el lúpulo. Allí trabaja Hernán Testa, ingeniero agrónomo egresado de la UBA y socio de la SRL más grande del país en este rubro: Patagonia Lúpulos Andinos. Es un referente en un cultivo que, aunque diminuto en superficie, tiene un impacto significativo en la economía regional.

El joven, que se trasladó a la región para realizar su sueño de estudiar y cultivar lúpulo, asiste cada año a congresos internacionales de lúpulos en Europa, donde ha presentado investigaciones sobre la historia cervecera, estadísticas de producción, ensayos de control biológico contra la arañuela y experiencias en agricultura biológica.

“Todo es más fácil cuando te especializas”, afirmó, y se define como experto en la nutrición del cultivo, más que en la construcción de las grandes estructuras que a menudo superan los seis metros de altura. En Argentina, solo existen 215 hectáreas dedicadas al lúpulo, de las cuales su pyme maneja 90.

De 30 productores que existían hace unos años en la zona de El Bolsón, hoy solo quedan cinco.

“Somos más grandes que Quilmes en superficie cultivada localmente: ellos tienen una chacra modelo muy visitable. Nosotros somos una pyme de economía regional: hacemos lo que podemos”, resumió y destacó que proveen materia prima al gigante cervecero. Quilmes cultiva alrededor de 60 hectáreas y su planta de procesamiento en el Alto Valle de Río Negro tiene capacidad para el doble o triple, lo que les obliga a comprar a productores de la región.

Según su experiencia internacional, casi toda la producción se queda en el país productor. “Más del 95% del lúpulo del mundo se cultiva en el hemisferio norte; nosotros somos muy pequeños, no formamos precios, pero despertamos curiosidad en los congresos porque hay poco conocimiento sobre el lúpulo en Latinoamérica”, compartió.

La comercialización depende de un comprador principal y asegura contratos plurianuales que brindan estabilidad frente a la volatilidad del mercado internacional. “En años difíciles hay un exceso de lúpulo y el precio internacional cae muy por debajo de nuestro costo de producción. Actualmente, producir nos cuesta más de 10 dólares por kilo, y en Europa escuché que los precios oscilan entre 6 y 8 euros por kilo. Si nos pagaran eso, desapareceríamos”, advirtió.

Hernán Testa estudió agronomía en la UBA y se mudó a la región tras graduarse.

Por eso valora el acuerdo con Quilmes: “Nos compran a un precio razonable para que podamos existir, considerando el costo local y no solo el precio internacional”. Hoy en Argentina solo hay cinco productores de lúpulo: tres en El Bolsón y dos en Lago Puelo.

La producción también abastece a cervecerías artesanales, que compran a precio spot y con menor previsibilidad, pero que pagan un sobreprecio y exigen calidad y trazabilidad. “Es complicado que un cervecero artesanal firme un contrato plurianual y lo respete, pero entendemos que la dinámica funciona así”, puntualizó.

En Argentina se cultivan unas diez variedades, todas de uso público. La más extendida es Cascade, que Testa describe como “nuestro Malbec” por su identidad local y versatilidad. Es una de las más populares para la elaboración de cerveza a nivel mundial. “Más de la mitad de la producción es Cascade. Es fácil de cultivar y muy conocida, pero estamos limitados: en el mundo hay más de 230 variedades, y muchas son privadas. Estados Unidos tiene algunas excelentes que no vende. Aunque compren el producto terminado, no te dan la genética para cultivarla”, explicó.

Las parras pueden alcanzar hasta seis metros de altura.

La Argentina tuvo desarrollos propios en los años 90, impulsados por Quilmes, como las variedades Mapuche y Traful. Hoy son de dominio público, ya que vencieron sus licencias. Sin embargo, las nuevas variedades privadas son desarrollos recientes y aún cuentan con su licencia activa. “No podemos cultivarlas y hay poco que hacer, ya que son tecnología privada”, afirmó. También existen casos curiosos, como una variedad que surgió espontáneamente en la Patagonia, registrada e identificada, pero cultivada por un solo productor y en volúmenes mínimos.

El negocio del lúpulo mueve unos 5,6 millones de dólares anuales. Para Testa, puede parecer pequeño en comparación con cultivos como la soja o el maíz, pero su relevancia en la economía local es considerable: más del 50% del costo de producción es mano de obra, y se estima que el sector genera entre 20.000 y 22.000 jornales anuales, equivalentes a unos 50 empleos permanentes y decenas de puestos temporales durante la cosecha.

Así es el lúpulo.

“En cosecha, podemos pasar de 20 empleados permanentes a casi 100 personas”, detalló. La mayoría de esos puestos son ocupados por gente de la zona, aunque en la temporada alta también llegan cuadrillas de otras provincias.

Testa no proviene de una familia agrícola: “En mi familia, todos son médicos. Yo me incliné por la biología y los números, lo que me llevó a la ingeniería agronómica”. Se graduó en la UBA a fines de los 90, en lo que define como un “período de oro” de la facultad. La Patagonia lo atrajo desde sus años de estudiante.

El joven aseguró que el vínculo con las cerveceras es crucial: “Estamos felices de que existan”.

“Sabía que me iba a vivir a la montaña. El lúpulo fue la concreción de todo eso”, afirmó. En 2009 se trasladó a la región junto a su esposa Andrea Cardozo, también ingeniera agrónoma, con la intención de desarrollar su vida allí. Al año siguiente, ella ingresó al INTA El Bolsón, donde hoy es jefa de la unidad. “Al principio, fue difícil para ambos: yo comencé con una pequeña explotación y aprendiendo todo, hasta con botas de goma arreglando canales de riego. En 2010 hice mi primer viaje a Europa para visitar explotaciones, y desde entonces viajo cada año”, sintetizó.

Su pasión por la cerveza, especialmente por la IPA, lo ha llevado a participar como jurado en competiciones en Uruguay, ya que los intercambios le permiten fortalecer lazos con las cervecerías artesanales. “Mostrar interés por el producto final crea un vínculo muy bonito. Con una cervecería artesanal puedo sentarme a conversar y ofrecer retroalimentación técnica con respeto, y eso es muy valorado”, concluyó.

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