
El 26 de noviembre de 1922, Howard Carter hizo un orificio en una puerta sellada en el Valle de los Reyes, en Luxor, lo que permitió hallar la tumba prácticamente intacta de Tutankamón, joven faraón de la dinastía XVIII.
El descubrimiento asombró a la comunidad arqueológica y al público por la riqueza y el excelente estado de los objetos funerarios. Sin embargo, la muerte repentina de varias personas vinculadas a la expedición alimentó leyendas sobre una supuesta maldición contra quienes perturbaran el descanso del monarca.
La búsqueda, dirigida por Carter y financiada por Lord Carnarvon, había comenzado en 1917, pero fue la campaña de 1922-1923 la que resultó decisiva. Apenas tres días después de reanudar los trabajos se localizó la entrada sellada de la tumba.
Según History Extra, cuando Carter la inspeccionó con una vela quedó deslumbrado por el brillo del oro y le dijo a Carnarvon: “Cosas maravillosas”. La revisión inicial confirmó que la cámara funeraria estaba casi intacta, protegida por un santuario dorado y con su sello original. La apertura oficial ante egiptólogos y autoridades tuvo lugar el 17 de febrero de 1923.
La tumba de Tutankamón se distingue por ser la única del Imperio Nuevo cuyo sarcófago y ajuar quedaron sin profanar en la antigüedad. Aunque el recinto era pequeño y había sufrido saqueos menores, el hallazgo reunió una de las colecciones más completas para estudiar la vida, la tecnología y las creencias funerarias del antiguo Egipto, con piezas que iban desde joyas hasta utensilios cotidianos.
No obstante, se constató la casi total ausencia de inscripciones no rituales, por lo que la vida personal y los orígenes familiares de Tutankamón siguen siendo poco claros.
Carter dedicó años a documentar y conservar el conjunto hallado, aunque problemas de salud le impidieron completar la publicación definitiva de los resultados. Falleció en 1939, varias décadas después del descubrimiento.
A fines de febrero de 1923, una pausa en las excavaciones permitió a Carnarvon y a su hija, Lady Evelyn Herbert, viajar hasta Asuán. Allí sufrió la picadura de un mosquito en la mejilla; al regresar, al afeitarse retiró la costra y, debilitado por problemas de salud previos, contrajo una infección que derivó en septicemia y neumonía. Murió en El Cairo el 5 de abril de 1923, a los 57 años, apenas semanas después de la apertura oficial de la cámara.
La noticia de la muerte de Carnarvon se difundió de inmediato, suscitando debate público y reforzando la idea de que investigar tumbas antiguas podía entrañar riesgos. En una sociedad todavía marcada por la Primera Guerra Mundial y la pandemia de gripe, surgieron dudas sobre el respeto a los muertos y la posibilidad de represalias sobrenaturales.
Incluso obras literarias sobre momias y las advertencias previas de figuras como Marie Corelli contribuyeron a propagar la noción de una posible maldición.
El clima mediático, potenciado por la exclusividad concedida al periódico The Times, generó resentimiento entre otros periodistas, que empezaron a difundir rumores y relatos sensacionalistas para suplir la falta de acceso. Entre ellos destacó la leyenda de una inscripción inexistente que supuestamente advertía: “La muerte llega con alas veloces a quien perturbe la tumba del faraón”. Carter y los demás integrantes de la expedición nunca hallaron tal mensaje.
Carter desmintió la existencia de la maldición y declaró a la prensa: “Es demasiado pedirme que crea que algún fantasma vigila y protege al faraón muerto, listo para vengarse de cualquiera que se acerque demasiado”, señaló Howard Carter.
Sin embargo, algunos interpretaron su escepticismo como un intento de ocultar hechos extraños, y figuras públicas como Sir Arthur Conan Doyle alentaron explicaciones sobrenaturales, mencionando la posible intervención de seres elementales.
Pronto aparecieron interpretaciones científicas: se sugirió la presencia de hongos tóxicos o esporas, o la contaminación por excrementos de murciélago; sin embargo, se descartó la existencia de colonias de estos animales y de mosquitos debido a la sequedad del valle.
Un análisis estadístico realizado en 1934 por el egiptólogo Herbert Winlock indicó que solo seis de las 26 personas presentes en la apertura murieron en la década siguiente, mientras que Carter y Lady Evelyn vivieron muchos años. En 2002, el investigador Mark Nelson concluyó que quienes estuvieron más expuestos a la supuesta maldición alcanzaron una edad media de 70 años, similar a la esperanza de vida de los adultos longevos del periodo.
La leyenda generó numerosas anécdotas que reforzaron su mito. El Daily Express informó que El Cairo se quedó sin luz eléctrica al producirse la muerte de Carnarvon, aunque los apagones eran habituales. También circuló la historia de Susie, la perra terrier de Carnarvon, que supuestamente aulló y murió en Inglaterra al mismo tiempo que su dueño, aunque no existe registro verificable.
Otras muertes, como el suicidio del profesor H.G. Evelyn-White o los fallecimientos de Richard Bethell y su padre Lord Westbury, se incorporaron al mito, pese a la falta de pruebas que permitan atribuirlas a causas sobrenaturales. Asimismo, algunos atribuyeron infortunios a objetos egipcios, como una tapa de ataúd en el Museo Británico.
Al comparar la longevidad de la mayoría de quienes participaron en la excavación con los estándares de la época, resulta claro que los infortunios atribuidos a la maldición de los faraones reflejan el azar y las condiciones médicas de aquellos años más que una realidad sobrenatural.
La leyenda de la maldición perduró gracias al impacto mediático, la fascinación popular y el contexto social; el mito se consolidó a pesar de la evidencia científica y la longevidad de los protagonistas. La tumba de Tutankamón sigue siendo un símbolo de misterio y atracción, exento de pruebas sobre fuerzas ocultas.




