
En 1876, el aire en las orillas del Río de la Plata y el Paraguay aún olía a pólvora y persistía la tensión propia de cualquier guerra. Allí, la argentina-y-paraguay-a35.phtml">Guerra de la Triple Alianza había concluido seis años antes, pero la paz seguía siendo frágil, sostenida por ocupaciones militares y disputas territoriales que podían reavivar el conflicto. Argentina y Paraguay se encontraban en un punto crítico: la victoria otorgaba derechos, pero la supervivencia del país guaraní estaba en juego.
Su Tratado de Comercio, Paz y Límites, firmado el 3 de febrero de 1876, no fue un mero trámite. Bernardo de Irigoyen, por Argentina, y Facundo Machaín, por Paraguay, suscribieron un acuerdo destinado a estabilizar la región frente al expansionismo brasileño y a las ambiciones argentinas sobre el Chaco Boreal.
Así, el antecedente inmediato fue el Protocolo de 1870, pero el acuerdo de 1876 introdujo precisión jurídica: dividió los territorios en disputa en sectores concretos, estableciendo un marco diplomático donde antes predominaba la artillería. De ese modo, un conflicto sangriento se transformó en un proceso de convivencia impuesto por la geografía y el comercio fluvial.

En esencia, el tratado cerró formalmente una de las etapas más oscuras de la historia sudamericana, transformando la enemistad en acuerdos prácticos sobre fronteras, comercio y soberanía.
El arbitraje de Hayes y el destino de la soberanía chaqueña
El elemento más innovador del tratado fue someter la disputa sobre el territorio entre los ríos Pilcomayo y Verde al arbitraje de un tercero: el presidente de Estados Unidos, Rutherford B. Hayes. Argentina sostenía su reclamo en títulos coloniales y en la ocupación efectiva, mientras Paraguay defendía su posesión histórica tras haber perdido gran parte de su población y recursos en la guerra. El arbitraje, que finalmente favoreció a Paraguay en 1878, consolidó los límites del Chaco y aseguró la soberanía de su territorio frente a nuevas tensiones.
Su tratado de 1876 resolvió la disputa sobre las Misiones Orientales, donde Argentina consolidó su control sobre territorios que Paraguay había considerado propios. Este acuerdo permitió interrumpir el ciclo de conflictos y allanó el camino para la reconstrucción del Paraguay y el fortalecimiento de la proyección internacional de Argentina como potencia.
A 150 años de su firma, la relevancia del pacto radica en haber equilibrado justicia, diplomacia y la necesidad de reconstrucción tras la guerra. Aunque las fronteras se trazaron sobre mapas marcados por la sangre, el tratado garantizó una paz duradera y sentó un modelo de negociación basado en principios legales y diplomáticos.
