
En el final del capítulo anterior, la heroína de esta historia había viajado a Punta del Este, sola, soltera, lejos del hombre con quien ya no quería seguir conviviendo.
En realidad, lo de soltera es un decir. Porque, aunque ya no estaba con Bruno Barbier, lo cierto es que había otro.
El relacionista público Wally Diamante, quien trabajaba con ella en el marketing y la comunicación de la marca Awada, la visitó por esos primeros días de enero de 2010. Estaban en la chacra de Barbier, y sin Barbier.
Diamante, al tanto de la separación, la vio tan locuaz y radiante que sospechó algo.
—Decime quién es —le dijo en tono de broma.
Y Juliana, pícara, feliz, renovada, no se aguantó el secreto:
—Mauricio Macri —respondió sonriendo.
—¡Yo sabía que andabas en algo! —la festejó Wally, con complicidad.
Hacía apenas días, horas, que se había separado de Barbier.
La escena me la relató un testigo presencial. Demuestra que la relación entre el Presidente y la primera dama no comenzó en febrero de 2010, como declaró ella, ni en enero, como sostuvo él, ni tampoco en abril, cuando finalmente la oficializaron ante la prensa, sino antes. Acaso bastante antes.
Tal vez ni ellos, enredados con las fechas, recuerden el momento exacto.
Lo que sí se sabe es dónde empezó todo: en el Ocampo Wellness Club de Barrio Parque, el selecto gimnasio donde se cruzaron por primera vez allá en septiembre de 2009, como Juliana le informó a Barbier. Uno de los testigos involuntarios de esas primeras aproximaciones matinales fue un conocido conductor de televisión que habló para este libro.
—Estaban a siete metros de distancia, en diagonal —me detalló el conductor—. Macri en la bicicleta fija, siempre leyendo el diario La Nación, y ella en el escalador.
—¿Ya estaban separados de sus anteriores parejas? —pregunté.
—Digamos que hubo una zona gris —poetizó el conductor.
—¿Esa era la rutina habitual, la bicicleta fija y el escalador?
—Correcto. Media hora de bicicleta para Mauricio, y ella en el escalador.
—A siete metros —me cercioré.
—Siete metros en diagonal —confirmó el informante, preciso.
Las calzas grises de Awada, su cuerpo transpirado, sus movimientos sensuales, todo era un imán imposible de ignorar.
Ella andaba por los 35. Macri tenía 50. Se conocían de vista, por los eventos y las galas de la alta sociedad. Pero nunca habían siquiera charlado.
El conductor de televisión que los vio, pero que no es un fisgón, desconoce quién de los dos encaró al otro.
Ellos mismos dieron distintas versiones.
La de Juliana, en una entrevista con la periodista Any Ventura, decía:
—Cuando empezó a invitarme a salir, me dije que ni loca. Me costó, al principio, imaginarme que podía llegar a estar con una persona que tiene tanta exposición pública, que se dedica a la política.
La versión de Macri, bastante distinta, en el reportaje con la revista Gente en que blanqueó la relación, fue:
—Los hombres somos unos chichipíos a quienes las mujeres nos ponen las miguitas de pan y nosotros vamos derecho. Descubrí que, antes de darme cuenta, ella ya había decidido que pasara algo.
—O sea que Juliana fue quien tiró las miguitas y usted picó —repreguntó el entrevistador.
Macri rio:
—Hablo en general. Pero a Juliana la cargo: le digo que por suerte insistió.
—¿Por qué? ¿Le costó mucho trabajo a su novia?
—Ja, ja. No. Se lo digo para que se enoje, nada más.
Las fuentes consultadas para este libro se inclinan mayoritariamente por la versión de él, no la de ella. ¿Awada se hizo la difícil o fue quien tomó la iniciativa?
Macri, el «chichipío» que solo decía seguir las miguitas de pan, insistía divertido:
—Fue ella quien tiró la primera piedra.
El periodista Gerardo Young, autor de una semblanza de Awada en su libro “Mujeres casi perfectas”, escribió sobre lo ocurrido en el gimnasio Ocampo: «Juliana decidió observarlo a Macri. Meticulosamente. Durante semanas. Se acercó incluso al personal trainer que solía atender a Mauricio, el bueno y forzudo de Aldo Giménez, quien escuchó sus dudas y expectativas. Aldo fue generoso con Mauricio y lo describió como un hombre atento y afable y poderoso. Así que ella finalmente decidió. Ella decidió que Mauricio sería suyo. Sin más».
También el conductor de televisión que había observado los primeros acercamientos se detuvo en el papel del personal trainer.
—Los dos entrenaban con Aldo Giménez —me confió—. Dicen que él tuvo algo que ver.
Le pregunté a Giménez, el supuesto celestino de la relación y gerente del Ocampo, además de personal trainer:
—¿Juliana lo consultó por Macri antes de que empezaran a estar juntos?
Giménez negó:
—No sé de dónde sacaron eso, es una ridiculez.
—¿No le preguntó por él?
—No, ¿sabés que no?
—¿Y cómo se conocieron? Los dos venían al Ocampo…
—Venían en horarios distintos —Giménez respondía como un hombre discreto—. Seguro se cruzaron acá adelante, en la entrada.
—¿Ustedes cuándo se enteraron del romance?
—En febrero o marzo, por los medios. Acá todos decíamos que hacen linda pareja.
—¿Por los medios se enteraron? Qué raro, estando acá…
—Sí, por los medios.
—¿Usted fue personal trainer de los dos?
—Con Macri arranqué allá por el ’98 —hizo cuentas el entrevistado—. A Juliana la tuve en 2009, también 2010…
—Justo la época en que se conocieron —le señalé la coincidencia—. ¿Seguro que usted no tuvo nada que ver?
—Nada —se desentendió Giménez—. Ese cuento del celestino me tiene podrido…
El gerente del Ocampo tenía sus razones para ser tan discreto. Entre los clientes del exclusivo gimnasio también estaban —y siguen estando— Bruno Barbier y «Malala» Groba.
Es decir, los ex de Juliana y Mauricio. Y no era cuestión de meterse en problemas con ellos.
Había que mantener cierta prolijidad.
Porque el Ocampo es un espacio para cultivar el físico, no una agencia de citas o un lugar de levante.
Por eso Giménez era una tumba.
Claudia Pandolfo, la talentosa asesora de imagen y especialista en moda, me confió:
—El Ocampo no es solo para gente de plata, además van chicas de clase media y media baja para enganchar un buen partido.
—¿No es caro para ellas? —pregunté.
—Gastan en eso —explicó Pandolfo—. Por ahí viven en un dos ambientes alquilado, pero van al Ocampo a enganchar a algún «bienudo» de Barrio Parque. La que contó eso mismo fue Yanina Latorre, la panelista. Habló de «gatos de lujo».
La experta me dijo qué le aconsejó una de esas jóvenes con ansias de ascenso social en el gimnasio:
—Para que te vean bien, te tenés que poner en este escalador —le indicó la cazafortunas, didáctica.
Pandolfo se rio:
—No, nena, esto no es para mí.
El escalador en cuestión no era el de Awada, el que estaba a siete metros en diagonal de la bicicleta fija de Macri.
Había puestos más a tiro de un político presidenciable, pero acaso ocupados por las mujeres equivocadas.
El periodista Marcelo Larraquy también escribió en el diario Clarín sobre ese microclima de hombres poderosos y mujeres sensuales: «El inicio del noviazgo entre Juliana Awada y Macri fue un hecho casi imperceptible en el Ocampo. Pero el sinceramiento de la relación, el modo y la velocidad con que rehicieron sus vidas, llevó a muchas mujeres del gimnasio a reclamarles a sus amantes que imitaran “el ejemplo de Mauricio”, que abandonó a su pareja y transparentó su situación con Juliana».
Amantes, «gatos de lujo», chicas en busca de un «bienudo»… La terminología relacionada con el gimnasio no era sutil.
El Ocampo, cuyas tarifas superan con holgura las de otros gimnasios, mantiene entre sus clientes a buena parte del PRO: allí se ejercitan, además de Macri, figuras como Horacio Rodríguez Larreta, Guillermo Dietrich, Diego Santilli, Daniel Angelici, Nicolás «Nicky» Caputo o Carolina Stanley. También extrapartidarios como Francisco de Narváez, su esposa Agustina Ayllón —amiga de Awada—, el kirchnerista Sergio Urribarri, el periodista Fernán Saguier, el animador Roberto Pettinato, la conductora Pamela David y las actrices Romina Gaetani y Silvina Luna. Además, dos ex de Franco Macri: la diseñadora Evangelina Bomparola y la animadora infantil Flavia Palmiero. Y otras esposas del poder y amigas de Juliana: Inés Peralta Ramos (la mujer de Manuel Antelo), Bárbara Diez (la ex de Rodríguez Larreta) y «Vero» Ghio (la de Carlos Reutemann).
En ese gimnasio fue donde el Presidente, además de comenzar a intimar con su primera dama, aprendió a bailar, si es que puede decirse que lo hace. Su maestro fue el mediático abogado Mauricio D’Alessandro, quien impuso la bachata en las clases de Javier Valencia que ambos compartían y así logró que el entonces jefe de Gobierno porteño comenzara a soltarse.
—D’Alessandro es un gran bailarín —solía elogiarlo su aprendiz.
Pero hay que volver a esos brumosos primeros meses en que nació el amor entre Macri y Juliana. Por entonces, como ella, tampoco él estaba soltero. Su relación con «Malala» Groba, una morocha fina y sexy, iba ya por el cuarto año. Tres de «cama afuera» y el último de convivencia. Y nada hacía pensar que aquello estaba por llegar a su fin.
Las primeras e inevitables sospechas de «Malala» surgieron cuando Macri, sin previo aviso, le pidió «un tiempo». Fue en diciembre de 2009.
«Un tiempo», el viejo eufemismo para no llamar a la separación por su nombre.
Pasaron juntos las fiestas de fin de año y apostaron a extrañarse en el verano, o al menos eso fue lo que creyó «Malala» cuando se despidieron en esos amables términos. La decisión fue que ella viajara sola a Punta del Este, al departamento que Macri tiene en el complejo Terrazas de Manantiales, y que el jefe de Gobierno porteño se quedara trabajando en Buenos Aires.
Pero ya no volvió a saber de él.
En Punta también estaba Juliana, también en la casa de un ex, y también sola.
«Malala» dijo a los periodistas que la sorprendieron en la playa:
—Mauricio tiene demasiado trabajo y no me puede acompañar ni siquiera un fin de semana. Pero estamos diez puntos.
Qué contrasentido.
En la última semana de enero, Macri seguía sin aparecer por Punta y «Malala» se dejaba fotografiar junto a lo que fuera, incluso una gigantografía de cartón de un actor. «Siempre admiré a Marlon Brando», fue el título textual que le dedicó la revista Caras. No había nadie de carne y hueso a su lado.
¿«Malala» sabía algo de la historia paralela de Macri con Juliana Awada, que para entonces ya había comenzado? En su entorno, revelaron a la revista Noticias que en diciembre, antes de irse a la costa uruguaya, investigó el resumen de las comunicaciones telefónicas de uno de los celulares de su pareja. Detectó diez llamadas de ese mes efectuadas por Macri a un mismo número, que ella desconocía.
¿Era el de Awada? Nunca lo comprobó.
Poco antes, a fines de octubre, «Malala» se había cruzado con Juliana en un evento benéfico, la gala anual de la fundación del Hospital de Clínicas. En las fotos, Awada aparecía sonriendo con Bruno Barbier, todavía su pareja en los papeles. «Malala», en cambio, posó junto a un amigo, el diseñador Gino Bogani. ¿Y Macri? Faltó esa noche, acaso para evitar que se cruzaran las dos parejas. Las miradas entre él y Juliana podrían acaso delatarlos.
Cuando todo terminó y la ex de Macri supo por los medios quién había sido la tercera en discordia, su compañera del gimnasio, tan mosquita muerta, explotó de furia.
En público mantuvo cierto decoro:
—No nos separamos por decisión mía —dijo.
Pero en privado acusó a Macri sin medias tintas.
Le reclamó que se hubiera deshecho de ella en forma tan desaprensiva, de la noche a la mañana, y que no reparara siquiera en cuánto lo extrañaría su hijo de 8 años, fruto de una relación anterior de «Malala» con un diplomático italiano, Vicenzo Palladino.
El chico se había encariñado con Macri y no volvió a verlo más.
Una amiga de «Malala» me confió:
—Estaba indignada, lo sigue estando. Las cosas que dice de Macri son impublicables.
—¿Por ejemplo? —pregunté.
La amiga de «Malala» suspiró:
—Amarrete es lo más suave que dice. Parece que él se llevó todo del departamento en el que vivían.
—¿Qué es llevarse todo? —pregunté.
—Con suerte le dejó la tele —dijo la amiga.
«Malala» solo volvió a verlo una vez después del «tiempo» pedido por él.
Fue a su regreso de Punta del Este, para arreglar los detalles económicos de la separación y el consiguiente —y no consensuado— desvalijamiento de su hogar de la Avenida del Libertador y Tagle, en Barrio Parque. La propiedad, eso sí, se la quedó ella.
Como Juliana y Barbier, no habían estado casados.
La revista Caras por esos días resumió el polémico cuadro de situación: «“En diciembre decidimos tomarnos un tiempo”, deslizó Mauricio Macri, para intentar dibujar un final ameno que no habría sido tan prolijo de parte suya. “En enero, él se portó mal”, detallaron desde el círculo de Groba,
quien habría respetado el duelo, sin relacionarse con ningún otro hombre. Lo cierto es que al mismo tiempo en que trascendió la separación entre ambos, se dio a conocer el nombre de la supuesta nueva novia de Mauricio: la diseñadora María Juliana Awada. “Solamente salí una vez”, se excusó el político, aunque, según indican algunas versiones, se estarían viendo desde fines de 2009».
Las fechas eran todo un tema. ¿Macri y Juliana buscaban salvaguardar el honor de sus respectivas parejas abandonadas y por eso decían que la relación había comenzado algo más tarde? Y si iban a mentir, ¿no podían al menos ponerse de acuerdo en la historia?
Ella dijo a la revista de La Nación:
—En febrero, yo acababa de volver de Punta del Este, estaba separada, él también estaba solo… Nos cruzamos y empezamos a hablar por teléfono.
Él contó algo distinto en el programa de Susana Giménez, en la época en que ya estaban casados:
—La abordé en enero, ella había vuelto de Punta del Este.
Y me dijo: «Mirá, yo me acabo de separar, vos también, vos sos un semáforo, yo no quiero lío…».
Lo que aquí más importa no es la diferencia de días, sino la índole de la relación en ese momento. Juliana dijo que recién entonces «se cruzaron» y empezaron a charlar. Macri en cambio habló de un vínculo ya más profundo, en el que ella le explicaba por qué no le parecía buena idea mostrarse
juntos habiéndose separado hacía apenas días de sus parejas.
«Sos un semáforo», afirmó que le dijo ella.
Y hablando de fechas, siempre hay que recordar la conversación de ella con Wally Diamante, cuando pronunció el nombre del galán que la tenía tan contenta ese verano. Aquello fue en los primeros días de enero.
En el reportaje con Susana Giménez, Macri modificó su anterior relato sobre la marcha. Si primero se había definido como un ingenuo «chichipío» caído en las redes de la mujer que de antemano ya tenía decidido conquistarlo, en cambio ahora le daba la derecha a ella: Juliana, aclaró caballerosamente, era la que tenía dudas y se hacía la difícil.
Ella sonreía satisfecha, a su lado, mientras Susana escuchaba.
Era una dama, no una comehombres.
Giménez esa noche pidió más detalles y Macri la complació:
—La abordé cuando ella volvió de Punta del Este. Entonces fuimos a mi quinta una tarde… Una tarde romántica, velitas, todo. Y fue todo fantástico. Y ahí la invité a ir un fin de semana a Tandil, que es donde yo nací, donde me escapo cuando puedo.
—Qué lindo —suspiró Susana.
—Fue en febrero —quiso dejar bien en claro Juliana.
Macri retomó:
—Y ahí fuimos al campo tres días, y fueron maravillosos. Y ahí volví y le dije a uno de mis hermanos de la vida: «Yo con esta me caso». Me dijo: «Estás completamente loco, qué estás diciendo, acabás de separarte». «Yo con esta me caso», le dije, «me volví loco, es maravillosa».
—¿Qué te pasó con ella? —preguntó Susana.
—No sé, me hechizó —dijo Macri—. Yo le dije: es una negrita mágica, única y hechicera.
Juliana intervino:
—Lo que nos pasó esos tres días juntos en el campo en febrero fue sentir que nos conocíamos hacía mucho tiempo… Compartimos golf, lecturas, caminatas, vinos, películas. Fue genial.
Macri aclaró, jocoso:
—También nos hicimos mimos, ¿eh? No es que solo hablamos y leímos todo el fin de semana… Parece un plomo si no el fin de semana.
—¡No, obviamente! —dijo Susana—. A eso ya no me atrevo, pero lo doy por sentado…
—Hubo mucha conexión —sonrió Awada.
—Al día de hoy —concluyó Macri— no conozco la palabra discusión.
La cámara tomó un primer plano de las manos entrelazadas de la pareja.
El relato de Macri de aquel comienzo idílico y sin hogares rotos ni daños colaterales parecía un homenaje a ella: un hombre loco de amor, rendido a sus pies, la conocía y de inmediato pensaba en casarse.
En líneas generales fue así, pero tampoco tanto. Hubo algunos matices.
Porque lo cierto es que para que el novio decidiera blanquear el vínculo, formalizarlo ante la sociedad, tuvieron que pasar tres largos meses. Tres meses si se toma como fecha inicial de la relación aquel febrero en que ellos dijeron que empezó todo, y más tiempo si se cuenta desde enero, diciembre o noviembre, quién sabe.
Tres meses no es poco tiempo de espera para formalizar un amor. Sobre todo si el novio asegura estar tan urgido, tan enfermo de pasión como Macri.
Antes de que él presentara a Juliana en sociedad, antes de que diera una entrevista a la revista Gente para confirmar lo que todos ya suponían, antes de que la llevara del brazo a las fiestas, ella tuvo que esperar. Lo hizo con una paciencia budista digna de elogio. Calló cuando había que callar, incluso desmintió cuando le pidieron que lo hiciera y siguió esperando, segura de que ya llegaría el momento.
En medio del proceso, sintió cierto alivio cuando un periodista, sin consultarla, dio la primicia. Ocurrió el 21 de febrero de 2010. La nota, anunciada en la tapa del diario Perfil de ese domingo, se tituló: «Quién es la nueva novia del jefe de Gobierno». La firmaba Ernesto Ise, apodado «el Turco» por sus raíces tan musulmanas como las de ella.
Ise me dijo que no logró hablar con ella al momento de escribir la nota, pero que sí se la encontró un mes después en una cena organizada por el mediático neurocientífico Facundo Manes.
Se acercó a saludarla:
—Juliana, cómo te va. Soy Ernesto Ise.
Ella tenía el nombre del periodista en su cabeza.
—Ah, ¿eras vos? —se rio, divertida.
—Era yo —dijo Ise.
—Mauricio te tiene acá atragantado, no sabés —le confió, con tono cómplice, señalándose la garganta.
La charla fue breve y amena.
A Ise no le dio la impresión de que estuviera disgustada con la difusión del romance. Todo lo contrario.
—Hay algunos datos que pusiste que son incorrectos, la próxima vez llamame —le pasó su tarjeta.
El dato central, en cambio, era cierto: Juliana y Macri estaban juntos, por más que él siguiera sin soltar prenda por esos días.
Poco después, un colaborador de Awada le transmitió al periodista:
—No le molestó ser blanqueada, está todo bien.
Una obviedad a esa altura.
El propio Macri, cuando trascendió el nombre de su nueva conquista, primero intentó bajar los decibeles:
—Solo salí una vez —fue la frase que le adjudicó la revista Caras, como se contó recién.
También Juliana puso paños fríos al asunto a pedido de él. Esto le dijo a la revista Para Ti tras la revelación de Ise:
—Algunos medios han hablado de vos como la mujer que destronó a «Malala» Groba —le preguntó el entrevistador.
—Bueno —contestó ella de mala gana—, eso es un problema de la gente.
—¿A Macri lo conocías de antes? Dijeron que compartían el mismo círculo de amistades, que se veían en eventos —insistió el periodista.
—No quiero hablar de eso —se puso seria ella.
—¿Pensás que es una movida política?
—No tengo idea y no hablo de eso.
—¿Y qué hay de los supuestos encuentros en el Museo Renault?
—Él ya dijo en los medios que no se juntó conmigo ahí: se juntó con ella. Nunca fui en mi vida a ningún lugar público con él. Ni al Museo Renault ni nada.
«Él» era Macri. Y «ella», con la que lo vieron en el Museo Renault, era «Malala».
El periodista se puso picante:
—Cuando decís que no fuiste a un lugar público, ¿admitís entonces que sí te viste en lugares privados?
—No, no, no… —Awada fue tajante—. Mirá, no quiero hablar del tema. Lo único que digo es que dijeron un montón de mentiras. Ahora, me río de lo que pasó. Ya está.
—¿Tu hija Valentina sabe de todo esto?
—Valentina no sabe nada. A mi hija trato de preservarla, es chiquita. Todo esto es un disparate.
Una desmentida rotunda: el romance con Macri era «un montón de mentiras». Ya corría marzo de 2010 y el impetuoso amor que sentía Mauricio seguía en la clandestinidad.
La que estaba perdiendo la paciencia con los rodeos de Macri era «Pomi» Baker, la madre de Juliana.
—Mauricio se encargó de tranquilizarla a mamá, a los dos meses me propuso matrimonio.
Es posible que la oportuna intervención de «Pomi» haya acelerado los tiempos.
Juliana también contó en otro reportaje con Susana Giménez:
—Mauricio lo conoce a mi hermano mayor hace muchos años, y a mi mamá la tenía de vista. Y en una cena, poquito antes de que nosotros empezamos a salir, cargando, la saludó y le dijo: «Hola, suegrita».
—¡Ah, bueno! —lanzó Susana, sorprendida por el atrevimiento.
«Pomi» lo había tomado de la misma manera. En la época del «hola, suegrita» su hija aún no noviaba con Macri.
O tal vez sí, porque las fechas en esta historia son algo muy relativo.
En todo caso, no era algo oficial. Y eso molestaba a la madre.
El hermano mayor al que aludía Juliana, el que conocía a Macri desde antes porque supieron compartir algunos torneos de golf para principiantes, es Daniel «Kemel» Awada, el dueño de la marca Cheeky.
También él se enteró del romance por los trascendidos en la prensa. Ni su hermana ni su amigo le habían contado nada.
«Kemel» había visto a Macri en su despacho de jefe de Gobierno porteño un día viernes. El domingo, en el diario Perfil, salió la revelación del romance publicada por Ise. El martes, cuando volvieron a verse las caras, el hermano de Juliana estaba que volaba.
Le dijo a Macri:
—Hijo de puta, te vi hace cuatro días y no me contaste nada.
El novio que aún intentaba seguir de incógnito le explicó lo mismo que a «Pomi», que sus intenciones eran serias.
Y bromeó:
—¡Cómo tenías una hermanita tan linda escondida!
El diálogo se lo contó el propio Mauricio a su colaborador Cristian Ritondo, quien me lo transmitió.
En los meses en que Macri mantuvo a Awada en las sombras, ni siquiera sus funcionarios de mayor confianza sabían quién era ella. Habían leído que ya no estaba soltero, pero él no mencionaba el tema.
Diego Santilli, el actual vicejefe de Gobierno porteño, me contó de una reunión entre funcionarios en la que aprovecharon la ausencia de Macri para cuchichear como en la peluquería.
—¿Alguien sabe quién es la nueva novia de Mauricio? —les preguntó a los otros.
—No sé nada —se frustró Horacio Rodríguez Larreta—. ¿Vos qué sabés, Marcos?
Marcos Peña se encogió de hombros:
—A mí no me dijo. ¿Será cierto lo de la novia?
Ninguno se animó a preguntarle.
Larreta y Santilli también iban al gimnasio Ocampo, pero en horarios distintos a los de su jefe.
El blanqueo de la relación se dio de a poco. Primero hubo una fiesta de cumpleaños, la del medio siglo de vida de Marcelo Tinelli. Se organizó en el Espacio Elettrica, en La Boca, el 31 de marzo de 2010. Fueron cuatrocientos invitados. Macri y Juliana ingresaron por una puerta lateral para evitar que los detectaran los fotógrafos que vigilaban la entrada del lugar. Todavía los medios no tenían una imagen de los dos juntos. La de aquella noche hubiera sido una postal: él de traje azul, sin corbata, y ella con un vestido corto de lentejuelas, negro y provocativo.
El segundo paso, dos semanas más tarde, fue otro cumpleaños: los 80 de Franco Macri, rodeado del resto del clan y otros cuatrocientos invitados, en el complejo El Zanjón de Granados, en San Telmo. Allí Juliana fue presentada a la familia y recibió los merecidos piropos del agasajado.
—Es lo primero que te envidio —le dijo Franco a Mauricio.
A esa fiesta, los novios también llegaron sin ser vistos y evitaron la foto de los dos juntos. Macri dejó a Juliana a metros de la entrada, primero ingresó ella y unos minutos más tarde él. Seguían jugando a las escondidas con la prensa.
¿Cuánto más podía durar aquello?
El 27 de abril, finalmente, después de tres meses de clandestinidad y maniobras distractivas, el jefe de Gobierno porteño confirmó la relación en la revista Gente. El título de tapa: «Juliana me devolvió la alegría». «Macri presenta a su joven y millonaria novia», anunciaba la portada.
Lo de millonaria era un exceso, pero acaso dejaba en claro que la novia no buscaba algo que ya tenía.
La entrevista tuvo, además de la ocurrente metáfora del «chichipío» y las miguitas de pan, otros momentos dignos de citar.
—¿Qué le atrajo de ella? —le preguntaron.
—Su personalidad —dijo Macri—. La verdad es que Juliana le devolvió alegría a mi vida.
—¿Le hacía falta?
—Está muy bueno, porque el día a día de la vida que elegí es duro, y encontrar al final de la jornada a una persona tan positiva como Juliana me hace muy bien. Tiene un muy buen carácter, maravilloso. La envidio, porque nunca está de mal humor, nada la enoja.
—Está bien, su personalidad… Pero algo más debe haber. Por empezar, usted, nunca una rubia. Todas sus parejas son parecidas: altas, flacas y morochas.
—A ver… Sí, con Juliana eso es indudable. ¿Vos decís que me gusta lo autóctono? —se rio el entrevistado.
El periodista tocó el tema de su billetera y su poder:
—¿Se imagina cómo le hubiera ido con las mujeres sin ser Macri, es decir, sin plata y sin un cargo y, para decirlo en porteño, con la labia como única arma?
—Tal vez hubiera sido más amor y rocanrol. Pero no puedo imaginarlo. Es que la vida que yo ofrezco, sinceramente, no es algo demasiado seductor para las mujeres.
—¿Cómo fue la presentación de Juliana en la fiesta de los 80 años de su padre?
—Muy buena. Conoció a muchos de mis amigos, a algunos miembros de mi familia que no había visto antes…
—¿Cómo definiría a esta relación?
—Es una mujer con una alegría increíble, con una sonrisa que minimiza cualquier otra cosa… ¡Basta! Sabés cómo me cuesta hablar de mi vida privada.
—Me refiero a que usted es jefe de Gobierno, las encuestas lo ubican en carrera hacia la presidencia, y debe ser importante tener una estabilidad en el plano personal y familiar.
—Es muy importante. Y lo intento, más allá de lo que esté haciendo en la función pública. Si el día de mañana, en 2011, los argentinos me apoyan para un cargo aún más importante del que tengo hoy, mi propósito es tener una vida lo más normal posible: enamorarme, estar en pareja, disfrutar de mis hijos y amigos, hacer deporte… Todo lo que hace falta para una buena salud mental, necesaria para dar algo bueno. Pero no puedo definir todavía algo que recién empieza, y menos públicamente.
¿Por qué el novio había tardado tanto en oficializar la relación? Sus amigos concuerdan: siempre hacía lo mismo y al final aflojaba. Porque por entonces, antes de que Juliana lo transformara, aún era otro Macri. El Macri hosco y algo burlón que, por ejemplo, se hacía el gracioso contando lo mucho que había insistido ella para que él cayera en su trampa.
Es hora de hablar de los abandonados, «Malala» y Barbier.
De ella hay que destacar que haya seguido frecuentando el mismo gimnasio, estoica, y que no abandonara las clases de baile y calistenia de Javier Valencia en las que también participa Juliana junto a otros 30 alumnos.
El profesor del Ocampo me explicó:
—Es cierto que no se hablan. Una está acá, la otra allá y no se cruzan. Tampoco es que se pueda hablar en medio de la clase…
—¿Y antes o después? —pregunté.
—No, nada —dijo Valencia.
Si «Malala» no abandona ese incómodo ámbito compartido es porque considera que en todo caso debería hacerlo quien está en falta.
Ella no engañó a nadie.
La amiga que antes habló de lo furiosa que aún está con Macri me explicó:
—No se va a ir del gimnasio, dice que sería darles el gusto a su ex y a Awada.
Una sola vez «Malala» perdió su compostura en público, y fue dos semanas después de la revelación del romance por parte de Ernesto Ise en Perfil. Fue cuando la nueva novia y ella coincidieron en un evento del que ninguna de las dos quiso bajarse, la presentación de la colección de Ménage à Trois, la marca de ropa femenina de nombre sugerente. Tanto Awada como Groba le pidieron al organizador del evento, Wally Diamante, que no las sentaran cerca. Diamante ubicó a las dos en primera fila, separadas por diez metros prudenciales. No alcanzó: «Malala» se fue primero, rauda, y sin saludar a nadie.
Juliana se quedó hasta el final.
La revista Caras tituló con gracia: «La ex y la actual novia de Macri, sin mirarse, en un desfile». «La indiferencia fue lo único que las unió», resumía el texto de la nota.
Después de eso, la ex de Macri se hizo fuerte. Solo les respondía con indiferencia absoluta cuando veía a alguno de ellos, o a ambos, en el Ocampo.
Lo cierto —aquí viene la sorpresa— es que «Malala» también conoció a Mauricio en ese mismo gimnasio. Fue allá por el año 2005, un tiempo antes de que él se separara de su segunda esposa, Isabel Menditeguy, y comenzara la relación con Groba, por entonces también casada. Tal vez no tenga tanto derecho a la queja.
En cuanto a Bruno Barbier, su depresión se transformó en ira cuando trascendió que Macri había sido el motivo de su separación con Juliana.
Primero la llamó a ella para advertirle que no aprobaba la nueva relación, y que la alta exposición del político solo podía perjudicar la seguridad de Valentina, la hija que habían tenido con Awada y que ya andaba por los 7.
Luego hizo algo más: insinuó que Juliana le había sido infiel, según publicó la revista Noticias.
Ella declaró en el diario Clarín:
—Para él y para mí lo más importante es nuestra hija.
Además, yo soy cero pelea, le huyo a la agresión, al conflicto.
—¿Por qué suponés que se terminan las relaciones? —preguntó el entrevistador—. ¿Rutina, falta de pasión, aburrimiento?
Ella contestó:
—Hay gente que dice que la pasión se termina y otros dicen que uno la tiene que trabajar. Mucha gente se casa y ya está. El matrimonio es un trabajo al que uno va todos los días.
Seguía llamando «matrimonio» a su pasado concubinato con el belga.
—¿Cuánto tiempo estuviste sola? —le siguieron preguntando.
—Nada —se rio Juliana, incómoda—. Me separé en diciembre y en febrero lo conocí a Mauricio. Un mes y medio habré estado sola. Nada.
—¿No te gusta estar sola?
—No tengo problema en estar sola. Tuve suerte. Terminé una relación y enseguida apareció otro hombre.
—Un analista no diría que es suerte.
—Me encanta estar en pareja. No hay nada más lindo que estar enamorada, compartir tu vida con alguien es maravilloso.
El «mes y medio» de soltería del que hablaba Juliana no convencía a nadie.
Barbier tuvo su consuelo cuando pocos meses después, en agosto de 2010, inició un mediático romance con la chimentera Viviana Canosa. Como lo había hecho con Awada, refinó su look: le cambió su estridente cabellera roja por un glamoroso tono castaño. Y empezó a pasearse con ella por los eventos de la alta sociedad a los que también asistían Macri y su ex.
Coincidieron solo dos meses después en la gala de la fundación del Hospital de Clínicas, y a todos les llamó la atención la amable charla entre Awada y Canosa, quienes hablaron como si se conocieran de toda la vida. Zoraida, la hermana de Juliana, también se acercó junto con su hija a saludar a la conductora.
«¡Te amamos!», fue su efusivo saludo, que Canosa agradeció.
Macri, que seguía todo a la distancia, les comentó con ironía a los comensales de su mesa:
—Es que somos muy modernos…
Barbier y Juliana ya habían vuelto a tener un vínculo civilizado para entonces, aunque ella se mostraba algo sorprendida por el destape mediático de su ex:
—Me pareció extraño, porque no es su perfil —dijo sobre él en un reportaje.
Más extraño aún le pareció que al conde sin título se lo vinculara tiempo después con una bomba como Luciana Salazar, «Lulipop». Fue en diciembre de 2014 —ya había abandonado a Canosa— y duró solo una noche, aunque inolvidable para la vedette, según los amigos indiscretos de ella. La conoció en el cumpleaños de Ana Rosenfeld, la famosa abogada experta en divorcios de famosos, y no paró de halagarla hasta conseguir lo que buscaba.
—Nunca vi a una chica tan sexy y elegante a la vez —la persiguió.
Y «Lulipop» se dejó perseguir y atrapar.
Ella escribió luego en su cuenta de Twitter: «Gran cumple de Anita. Espectacular, y encima me…». Y completó la frase con la imagen de un corazón flechado.
Otra de las conquistas del empresario belga fue Macarena Monasterio, una belleza que andaba por los 23 cuando se relacionó con él y que antes había conocido de cerca a Constancio Vigil, «Costi», el hombre fuerte de la editorial Atlántida. El mundo de los poderosos es un pañuelo.
Juliana estaba azorada.
Su ex concubino, el que nunca quiso casarse, el que no era conde, había terminado convirtiéndose en un playboy para los medios.
Un playboy con el corazón roto.
* Extraído del libro “Juliana” (Planeta, 2016)
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