El sol del viernes por la tarde parecía pegar más fuerte al dejar atrás el asfalto de calle República de Siria y empezar a desandar el tramo final de Ameghino, de tierra. La polvareda, fina, densa, se ganaba por todos lados y sofocaba, junto con el humo que se levantaba desde los montículos de basura que cubrían la barranca que otrora marcó el límite del basural. A ese ambiente, se sumaba el revoloteo incesante de decenas de moscas y un torrente de agua turbia, corriendo por un desague casero abierto a un costado de la calle angosta, despareja y transitada casi solamente por carritos y gente a pie. Jugando en las inmediaciones del agua turbia, un grupo de chicos, descalzos. Así se veía el viernes ese sector del barrio San Martín, donde habita buena parte de la gente que “vive” de la basura de la ciudad que llega a diario al Volcadero municipal. Ahí, Ana María Ríos y Américo Rodríguez, junto a un grupo de vecinos, conversaron con El Diario sobre la situación del sector, agravada por la crisis, y la inquietud creciente que genera la puesta en marcha de la descentralización municipal. Es que temen “perder basura” con la instrumentación de nuevos circuitos en el servicio de recolección de residuos. En bajaEn el último trimestre del año pasado, el precio de los materiales reciclables se desplomó a causa de la crisis nacional e internacional, según se explicó por entonces. Tras medio año, la situación no varió. Según Rodríguez, actualmente las chatarrerías locales pagan 10 centavos el kilo de cartón, mientras que el año pasado cotizaba entre 30 y 40 centavos. El desfase es más marcado en el plástico: los cirujas reciben por estos días 40 centavos el kilo de la botella de color blanco y 25 centavos del verde. El año pasado valía entre 1 y 1,2 pesos el kilo, asevera. “El material bajó todo entre octubre y noviembre pasado. Cuando la mercadería valía, hacíamos entre 300 y 400 pesos por semana. Hoy estamos ganando 20 pesos por día”, dice Ríos, a lo que contrapone la estampida de los precios en el almacén.“Estiramos como un chicle los 20 pesos”, acota Rodríguez, ante la consulta sobre cómo se hace para sobrevivir y atender la necesidades de los chicos. “Para cocinar compramos de a pesos: por ejemplo, dos pesos de carne, un peso de pan. Hay chicos que comen pan de la basura, pero hay chicos que no lo comen. Los míos no lo comen. No quieren”, dice, cándida, Ana María Ríos. A la caída de esos ingresos, los vecinos añaden otro agravante: la reducción de elementos rescatables en la basura. “Ahora la gente no tira nada. Antes uno rompía una bolsa (de residuos) y venía de todo: papas limpias, sanitas; pan. Pero desde el año pasado, empezó a caer. Venían los camiones que tiraban carne, eso servía todo. También venía verdura. De eso ya no llega nada”, detalla Ríos, a lo que otros vecinos enmarcan el inicio del problema en el conflicto entre el Gobierno y el campo. Por ejemplo, mencionan que últimamente -pese a los días de calor- “llegan pocas” botellas de gaseosas, aunque hacen hincapié en la merma del cartón. Ilustran que -hasta antes de la crisis- se tiraban muchas cajas de zapatillas, de electrodomésticos. “Lo que pasa es que ahora a la gente no le alcanza la plata”, concluye otra vecina. Cada vez másEn contrapartida, los vecinos afirman que cada día aparece “gente nueva” en el Volcadero. Dicen que hay mucha, un montón, que llega con la intención de “rebuscárselas”. Si bien aclaran que el ingreso al Volcadero es libre, “los ingresantes” tienen que adaptarse a una serie de reglas. Empiezan como “rejuntadores”, así los denominan, y su trabajo consiste en pasar detrás de los grupos habituales de recicladores y revisar la basura ya “trabajada” por los primeros. Cuentan que hay veces que por el calor agobiante en el basural, por la lluvia o por alguna otra razón, los “dueños de la basura -así se denominan- ” dejan sin recoger material y eso, entonces, es aprovechado por los “rejuntadores”. Hay casos -agrega Ríos- que aparece una mujer con chicos y “a uno le da lástima y le da cosas”. Lo cierto es que “cada vez hay más gente, hay todo el día y algunos van de noche para sacar el plástico”, remarcan. Ana María y Américo comentan que aprendieron la tarea desde chiquitos. A los cinco años ya estaban al lado de sus padres, hurgando entre lo que la ciudad desecha. Así crecieron y de eso viven. Y el oficio seguramente será heredado, si es que no hay un viro en las políticas que rigen el rumbo del país. “Mis hijos trabajan ahí y pienso en mis nietos”, confiesa Ana María, quien a su modo explica el porqué se defiende con uñas y dientes el acceso a la basura al Volcadero. “De eso depende la comida”, resume una adolescente, compenetrada con el planteo de los mayores. TemoresLa Municipalidad de Paraná decidió dividir en cuatro a la ciudad y en cada zona, instalar una unidad operativa desde donde se prestarán los servicios de barrido, recolección y desmalezado, entre otros.El anuncio -que se pondrá efectivamente en marcha esta semana- azuzó la preocupación de gente del Volcadero, tras la inquietud que generó el año pasado la ubicación geográfica de la planta de tratamiento de residuos domiciliarios.Si bien las autoridades municipales han reafirmado que la basura que se recolectará desde las cuatro zonas irá a parar toda al depósito de calle Ameghino al final, Ana María Ríos y Américo Rodríguez explicaron que el problema consistirá si se cambia el recorrido por máquina compactadora. Es que “cada camión tiene un dueño (se trata de una persona que por años de trabajo -entre otros motivos- se dice propietario de hecho de la carga de basura y así es reconocido por sus pares, según explicaron) ”, que a su vez comparte con otros los desechos, y que cuida celosamente el volumen de la carga. Según una lista de la Dirección de Limpieza, que mostró Ríos, hay unos 17 camiones con los consiguientes recorridos que cubren la ciudad. Ahora bien, los vecinos temen que los circuitos sean modificados con la puesta en marcha de las descentralización, con lo que “si mi recorrido -en realidad el del camión 13, por ejemplo- alcanzaba 40 cuadras, puede quedar en 30 (cuadras)”, ilustró la vecina. Si ese cambio se concretara, concluye que ella -con su grupo- recibirá menos basura. “¿Y qué hacemos, si ya viene tan mal la cosa, con menos basura y bajos precios. Qué hacemos para alimentar a la familia, a los animales (caballos y chanchos)?”, planteó. Con esa inquietud, un grupo de trabajadores se manifestó el jueves frente al Palacio Municipal. Ese día, los representantes -entre los que estaba Ríos- se reunieron con Rosario Romero, Secretaria de Gobierno, quien atendió el reclamo y aseguró que la basura seguirá llegando como ahora. De todas formas, los vecinos esperan que el sistema se instrumente y reclamaron la presencia del Intendente en el barrio. “Bajan únicamente cuando necesitan el voto, después se olvidan”, recriminaron, descreídos de la palabra oficial.





