
Ya está. Kicillof preside el Partido Justicialista bonaerense; ya no lo preside Máximo Kirchner. Incluso puede leerse simbólicamente que la aguerrida Mayra Mendoza haya decidido casarse mientras La Cámpora se encamina hacia el destino que tuvo La Coordinadora de los radicales en los años 80. Empieza así el nuevo futuro del peronismo o, acaso, el inicio de su fragmentación.
A pesar de sus notables diferencias, el peronismo comparte con el Partido Demócrata de Estados Unidos el dilema frente a la emergencia de Trump y de Milei. Parte de la clase obrera norteamericana, núcleo duro de los demócratas, pasó a votar por Trump; algo parecido ocurrió aquí con votantes que se volcaron a Milei. ¿Cuál es, entonces, el posicionamiento correcto ante ese desplazamiento hacia la derecha de la sociedad estadounidense y argentina para enfrentar electoralmente a Trump y a Milei?
Hace tres meses, con el triunfo de Mamdani en Nueva York, en la columna diaria del programa matinal de Perfil sostuvimos: “Hay sectores que plantean que los demócratas tienen que correrse al centro para captar al electorado que quedó huérfano por el corrimiento a la derecha del Partido Republicano con Trump. Otros sectores, más ligados a los demócratas socialistas norteamericanos, plantean que es lo contrario, que hay que irse a la izquierda para disputar el descontento con Trump y hay otros que dicen que el Partido Demócrata tiene que volverse un ‘atrapatodo’, que sea de izquierda en Nueva York o California y que sea de centro o hasta de derecha en el medio oeste”.
La opción de irse a la izquierda la intentaron sin éxito con el célebre senador por Vermont Bernie Sanders (pater seraphicus de Mamdani): primero en 2016, cuando fue derrotado en las primarias por Hillary Clinton —quien luego perdió ante Trump en las presidenciales— y nuevamente en 2020, cuando, pese a liderar las encuestas en algún momento, terminó derrotado en las primarias por el centrista Joe Biden.
La tensión entre las alas izquierda y derecha del Partido Demócrata se refleja también en Kamala Harris, representante del progresismo que equilibró como vicepresidenta la fórmula con Biden y que, cuatro años después, fue candidata y resultó derrotada por Trump en 2024.
Con muchas licencias puede trazarse un paralelo entre Kicillof y Massa como expresiones de la misma tensión interna en el peronismo entre sus alas izquierda y derecha. A pesar de las diferencias ideológicas, ambos han intentado últimamente mantener unido al panperonismo, aprendiendo del radicalismo pero invirtiendo su lema: “que se doble pero no se parta”, es decir, el catch-all (atrapalotodo) del Partido Demócrata; aquí se puede ser conservador en las provincias del norte argentino —equivalente al medio oeste estadounidense—; de centro en el centro geográfico; y más progresista en el Conurbano y en parte de la Patagonia, como ocurre en las costas de Estados Unidos, salvando las incomparables distancias.
Ahora bien: ¿progresista es la palabra adecuada? ¿No la ha apropiado el kirchnerismo vaciándola de su sentido positivo? El reciente libro ¡Progres del mundo…! Qué hacen las fuerzas políticas que se enfrentan a las derechas radicales recupera el término sin carga desvalorizante. Su autor, Nicolás Tereschuk, exfuncionario de la primera Jefatura de Gabinete de Ministros de Alberto Fernández y docente de Ciencias Políticas en la UBA y Flacso, en el capítulo titulado “¿Más a la derecha, más a la izquierda o más cerca?” se refiere a críticas al Partido Demócrata que podrían aplicarse también al gobierno de Alberto Fernández: se vincularon “de manera demasiado estrecha a las grandes corporaciones económicas, lo que destruye su capacidad para desafiar significativamente el orden conservador (quedando) en pie una política de ‘gestos performativos’ y tímido ‘incrementalismo’: acciones diseñadas para aplacar a los donantes de la élite y los votantes de clase media alta, al tiempo que se deja de lado a la clase trabajadora y a las comunidades marginadas”.
En aquella columna sobre el triunfo de Mamdani ya habíamos realizado la comparación entre demócratas y peronistas diciendo: “En el peronismo sucede algo similar. Hay quienes les echan la culpa a los excesos del feminismo en la derrota con la extrema derecha, otros al progresismo y hay quienes señalan que no se fue hasta el final con la expropiación de Vicentin o que se debería haber continuado con el Impuesto a las Grandes Fortunas”.
Del mismo libro ¡Progres del mundo…! surge otra crítica a los demócratas en Estados Unidos que, a mi juicio, es asimilable al ambacentrismo del último peronismo: “No estaban respondiendo adecuadamente a la clase trabajadora y básicamente estaban siendo hegemonizados por liberales (allí es izquierda) con estudios universitarios, sobre todo en las áreas metropolitanas, que hablaban, hablan y piensan de cierta manera”. Y sobre el gradualismo de los progres: “La izquierda abandonó la promesa de más innovación, progreso más rápido y más abundancia (mientras) el libertarismo se convirtió en la única ideología que sustancialmente promete un futuro material significativamente mejor”.
En otro pasaje con eco argentino se lee: “Los demócratas pasaron de ser el antiestablishment cuando se enfrentaron a las élites financieras responsables por la crisis de 2008 (¿se opusieron?) a ser el establishment, sobre todo a partir de las políticas tomadas a raíz de la pandemia global del covid-19”. Y un ejemplo más: hace una década, con el triunfo de Barack Obama impulsado por las , Silicon Valley era visto como progresista; hoy, muchos de los nuevos medios forman parte de una internacional reaccionaria. ¿Qué ocurrió en el intermedio? Los demócratas comenzaron a regularlos con la aplicación de la Ley Antimonopolios, además de multarlos por su posición dominante, y parte de ese ecosistema pasó a apoyar a Trump; algo comparable, en su contexto local, a la Ley de Medios en Argentina, que cambió el apoyo inicial que Néstor Kirchner tuvo de los principales medios hacia una oposición casi militante contra Cristina Kirchner.
Pero estas analogías resultan onanismo intelectual si no se asciende de lo nacional a lo internacional. No es solo un problema del Partido Demócrata en Estados Unidos o del peronismo en Argentina: atañe también a la socialdemocracia europea, al laborismo inglés y, en general, a un Occidente progresivamente cooptado por el pensamiento económico antikeynesiano que se consolidó tras la crisis de los años 70 con alta inflación, en sus sucesivas olas —Thatcher-Reagan, Bush-Berlusconi y ahora Trump—, empujando la subjetividad económica hacia la desregulación y la concentración global de la riqueza, fenómeno potenciado por una tecnología que desmaterializó el capital y complicó la soberanía tributaria de las naciones.
La ingenuidad de proponer “faltaron más impuestos a las grandes fortunas” se topó con la mudanza de domicilio fiscal —a Uruguay en nuestro caso— o con desplazamientos a Irlanda en el caso de las tecnológicas norteamericanas.
La semana pasada Miguel Ángel Pichetto dijo: “Si Kicillof quiere ser alternativa para 2027, tiene que cambiar su visión y sus ideas”. Han pasado más de dos años desde el 5 de septiembre de 2023 (antes del triunfo de Milei), cuando Kicillof propuso iniciar el poskirchnerismo diciendo: “No podemos seguir viviendo de Perón, Evita, Néstor y Cristina, el peronismo precisa nuevas canciones”. Ahora, con La Cámpora ya vencida en su bastión bonaerense, es hora de que haga públicas esas nuevas composiciones.


