Domingo, 8 de febrero de 2026   |   Nacionales

San Martín contra la casta: polarización del liderazgo y su herencia en la política argentina

San Martín contra la casta: polarización del liderazgo y su herencia en la política argentina

Enzo Traverso es, quizá, el autor contemporáneo que mejor ha interpretado el devenir de la historia: no solo como disciplina académica, sino también como terreno de disputa ideológica. En su ensayo, justamente titulado La historia como campo de batalla, el cientista social italiano formuló un valioso manifiesto sobre esa relación siempre tensa. Traverso sostiene que la memoria no es un objeto de estudio neutral, sino un campo de conflicto político. La historia deja de ser una lectura inocente y acrítica del pasado y se transforma en un recurso simbólico y en una fuente de legitimidad para establecer discusiones sobre el presente. Resulta ilustrativo recurrir a Traverso ante la relectura de la historia argentina que hizo Javier Milei al intentar apropiarse del legado de José de San Martín.

Al principio apareció Julio Argentino Roca. El héroe del liberalismo argentino parecía encajar a la perfección en el relato libertario: Roca había sido el fundador de la Argentina potencia, ese destino que Milei promete restituir tras lo que su gobierno describe como la interrupción causada por políticos populistas. Pero Roca traía consigo una contradicción que se volvió un problema para el discurso oficial: fue el artífice del Estado como gran motor de la economía, mediante el desarrollo de una vasta red de obra pública, esencial para la expansión de los negocios de la Argentina exportadora. Por eso dejaron de hablar de Roca.

San Martín representa otra cosa. El padre de la patria luchó por la libertad pero es un prócer sin ideología. Por eso la repentina devoción de Milei por el sable corvo y su sobreactuado afecto por el Regimiento de Granaderos a Caballo deben leerse como una estrategia diseñada desde la oficina de Santiago Caputo. El Mago del Kremlin sabe que San Martín es un héroe ideal para La Libertad Avanza: el imaginario colectivo sanmartiniano se presta a convertirse en un padre nuestro libertario: San Martín peleó por la Independencia de la Argentina (viva la libertad, carajo), y luego se exilió —al volver encontró luchas partidarias internas y eligió no desenvainar su sable contra la clase política (la casta tiene miedo). En la versión de La Misa del Gordo Dan, San Martín es un prócer contra la casta. Ahí radica la impostada devoción sanmartiniana de Milei.

El acting que montó La Libertad Avanza para recrear la Batalla de San Lorenzo y “recuperar” la insignia sanmartiniana para los Granaderos no es solo una ingenua rectificación del significado de un hecho histórico. Es también una vendetta en clave política: si en 2015 Cristina Kirchner había decretado que el sable corvo fuera al Museo Histórico Nacional —tal como lo habían dispuesto los herederos de Rosas, que donaron al instituto la espada recibida por el propio General—, ahora Milei dispone que ese emblema regrese al Regimiento fundado por el Libertador. En un solo movimiento, Milei se ubica junto a San Martín y expulsa al kirchnerismo a la vereda opuesta.

Para evaluar la verdadera envergadura de este calculado paso del oficialismo conviene acudir a Tulio Halperín Donghi. El gran historiador argentino fue de los primeros en mostrar cómo San Martín fue incorporado a la narración liberal del origen del Estado como un héroe despolitizado y sin conflictos. En obras clave como Revolución y guerra y Ensayos de historiografía, Halperín Donghi desarrolló una tesis disruptiva: San Martín fue reconvertido en una figura consensual, útil para unificar un relato legitimado por el paradigma liberal. Lo notable de su argumento es que no se preguntó tanto “qué hizo San Martín” como “qué se hizo con San Martín”.

Mediante una operación historiográfica que terminó dando vida a un mito preconcebido, Halperín Donghi advirtió que San Martín fue transformado en un gran líder nacional que, paradójicamente, no propuso un modelo de país concreto. Así, se lo presenta como un hombre funcional a un ideario surgido desde el poder para eliminar el conflicto político: un militar virtuoso, libertador y de alta estatura moral que, aun así, carece de proyecto propio. Se lo muestra como un prócer sin partido, sin intereses y sin enemigos; en definitiva, la curiosa encarnación de un dirigente transversal y ecuménico.

Halperín Donghi atribuye particularmente a Bartolomé Mitre la ingeniería de ese relato estatal sobre San Martín. Mitre se erige como el arquitecto del mito: construyó una historia ya procesada, donde la Revolución de Mayo constituye el origen natural que conduce al destino de grandeza de la Nación argentina, y donde los próceres aparecen como instrumentos del progreso venidero. Se consolida así una estructura lineal y racionalista, desprovista de matices, que separa a San Martín de las luchas facciosas y de las tensiones en pugna. Es el fundador de la patria de todos, pero una autoridad neutral en lo político. Dicho de otro modo: una estatua íntegra, pero apolítica.

Se lo presenta como un San Martín que venció a los realistas pero que, tras la victoria, no buscó imponer un proyecto político para la Argentina liberada. Así devino en un hombre de consenso nacional cuyo legado puede reclamarse por igual: radicales y peronistas, conservadores y progresistas, dictadores y demócratas. Y, como quedó patente en estas últimas horas, también por outsiders, anarcocapitalistas y antipolíticos.

La manera en que las Fuerzas del Cielo incorporan al padre de la patria para inaugurar su flamante panteón de próceres es sencilla y didáctica. ¿Por qué San Martín eligió morir fuera del país por el que había combatido? Porque realizó un gesto patriótico: rechazó el accionar y las decisiones de la clase política de entonces, y prefirió el exilio antes que usar su sable contra otro argentino. Milei rehace ahora esa gesta sanmartiniana en su propio beneficio. Hoy, como ayer, la dirigencia argentina es presentada como responsable de la crisis; por lo tanto, Milei y San Martín tienen un mismo objetivo: no son políticos y se enfrentan a la clase política mientras liberan al país de las cadenas que impiden su desarrollo.

Otra vez conviene remitirse a Traverso: la historia es un campo de batalla donde se disputan lecturas del pasado para convalidar acciones del presente.

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