Domingo, 18 de enero de 2026   |   Nacionales

Peronismo a la intemperie: miserias internas que erosionan su poder y complican la recuperación

Peronismo a la intemperie: miserias internas que erosionan su poder y complican la recuperación

“No salimos de una que ya nos metemos en otra. Es agotador. Para nosotros y nuestra gente”. Con un dejo de enojo y una resignación que prefiere no exteriorizar, un dirigente peronista bonaerense de peso resume el ánimo que recorre la fuerza. Lejos de sonar como una sinfonía, parecen una banda desafinada de aficionados.

Con un récord negativo de provincias gobernadas desde el regreso de la democracia, el movimiento creado por Juan Domingo Perón atraviesa una crisis de gran envergadura y sin señales claras de dónde o cuándo podrá asomar una salida. Si es que vuelve a encenderse la luz al final del túnel.

Falta de liderazgos nítidos. Ausencia de autocrítica frente a errores graves. Carencia de cuadros renovados. Déficit para generar propuestas acordes a problemas muy complejos. El diagnóstico podría ampliarse mucho más para explicar el trance del peronismo.

Para fortuna del gobierno de Javier Milei, el principal partido opositor eligió encarar su síndrome con un tratamiento original: acelerar hacia un abismo político cuyas consecuencias son imprevisibles.

Así, por ejemplo, a nivel nacional abrazó un proceso de balcanización. La cruel metáfora de los Balcanes y sus guerras fratricidas expresa más que una simple división: es la fragmentación en tribus que intentan someter a quienes hasta ayer compartían los mismos espacios.

Desde hace tiempo, numerosos gobernadores peronistas se distanciaron, de modo formal o informal, de cualquier conducción partidaria central. Córdoba, Misiones y Salta son ejemplos de esa lógica.

Otros, como Osvaldo Jaldo en Tucumán y Raúl Jalil en Catamarca, no terminaron de apartarse del todo, pero actúan con autonomía, sobre todo al negociar los votos de sus representantes en el Congreso y al recibir contraprestaciones del Gobierno a cambio de ese respaldo.

Esta nueva versión del clásico sálvese quien pueda tuvo su correlato electoral. En las legislativas de octubre, en muchos distritos el peronismo presentó dos y hasta tres listas distintas. No sorprendió que, con tal nivel de fractura, apenas se impusiera en siete jurisdicciones.

En cuanto a contribuciones, escasa debe ser –por decirlo diplomáticamente– la que aportan el kirchnerismo, La Cámpora y Cristina Fernández de Kirchner.

Pese a la condena firme en la causa Vialidad, que cumple en prisión domiciliaria, y a los testimonios obscenos de cobros de coimas del juicio oral de los Cuadernos, CFK se mantiene al frente del PJ. Más allá del cargo formal, importa su decisión de sostenerse como líder indiscutible del espacio.

El desafío de Axel Kicillof a ese liderazgo encendió, precisamente, un conflicto interno que solo escala, nada más y nada menos que en la provincia de Buenos Aires, epicentro nacional del poder peronista.

Si antes la disputa fue por el desdoblamiento electoral bonaerense, después se corrió al presupuesto, a la conducción de la Legislatura y a la autorización para refinanciar deuda. La nueva pelea es por quién estará al frente del PJ provincial. La siguiente será la reinstalación de la reelección indefinida en las intendencias. Y luego vendrá otra, y otra.

Este nivel de mezquindades en el peronismo obstruye cualquier alternativa viable frente a las propuestas libertarias. La más próxima es la reforma laboral. Más que intentar bloquear cambios en la legislación, la oposición no logra articular de manera orgánica opciones con cierto grado de consenso.

La limitación provoca que reaparezcan grupos que negocian por su cuenta. En el caso de la reforma laboral, hay gremios de la CGT que rosquean con el Gobierno bajo la mesa. En la central obrera tienen bajo sospecha a la Uocra de Gerardo Martínez y a la UPCN de Andrés Rodríguez. No están solos.

Con esos matices —gobernadores y gremios— el peronismo intenta encontrar un eje común. Al menos que exista en su relato de oposición a Milei. Incluso en eso corre el riesgo de quedar en offside.

Sucedió con la reciente intervención norteamericana en Venezuela. Mientras CFK y Juan Grabois condenaban la injerencia de EE.UU. y respaldaban tácitamente al régimen en nombre “del pueblo venezolano” (¿y los 8 millones de exiliados?), Kicillof y Sergio Massa alertaban sobre la violación del derecho internacional y evitaron mencionar a Nicolás Maduro.

Esas acrobacias políticas funcionaron como una forma sutil de enmascarar los vínculos históricos del kirchnerismo con el chavismo, nunca revisados. Pero también significaron un espejo incómodo frente a la apuesta mileísta, clara y directa, de pegarse a Donald Trump, más allá de los riesgos que esa jugada puede acarrear.

Con sus antecedentes, tampoco el peronismo —y el kirchnerismo en particular— resulta muy creíble cuando señala las inconsistencias éticas libertarias, traducidas en episodios como la estafa cripto de @Libra o las presuntas coimas en el área de discapacidad.

A propósito de irregularidades, la dirigencia peronista sigue con gran interés las investigaciones sobre los multimillonarios (des)manejos de dinero en la Asociación del Fútbol Argentino.

Se entiende la atención. El presidente de la AFA y su tesorero, Claudio ‘Chiqui’ Tapia y Pablo Toviggino, están muy vinculados al peronismo. Y el intermediario Javier Faroni, que fue a brindar explicaciones ante la Justicia el último viernes, se enroló en el ma-ssismo.

La salpicadura política podría dirigirse hacia el lugar menos pensado. Tras la ratificación del aval de Kicillof a Tapia, que lo sostiene al frente de la Ceamse y de los sólidos acuerdos entre la Provincia y la AFA, ciertos dirigentes camporistas perciben la posibilidad de que por primera vez se vea comprometida la transparencia del gobernador bonaerense, nada menos que en el prólogo de su aspiración presidencial 2027.

En las miserias de la política y de este peronismo, todo vale. Milei celebra.

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