
Espero que al recibo de esta carta estés, por fin, bien muerto: sin nada que hacer ni de qué preocuparte. En un silencio tan negro solo cabe descansar en paz. Ya habrás confirmado que teníamos motivos para ser incrédulos. No aparece ningún versículo. Nada de juicios finales, reino de los cielos ni infierno. Todo puro cuento: culpa, pecado, castigo. Relatos de miedo con los que te crían para domarte sin relinchos, sin que te preguntes. ¡Haberlo sabido a tiempo, no?
¿Para qué te escribo si no espero respuesta? Las conexiones conocidas —datos, wifi, parapsicólogos, médiums, santos, vírgenes, brujas, chamanes, videntes, místicos—, las drogas diversas, el juego de la copa, las bolas de cristal, las plegarias cifradas: nada funciona. Se cortan justo cuando más necesitás el servicio. Terminás frustrado, gritando al techo, a las sombras. ¡Hola, hola, ¿me escuchás?, si estás ahí golpea tres veces! No te rías así, boludo. Te desencaja la mandíbula. Se te van a despegar los pocos dientes que te quedan sujetos a la calavera.
¿Por dónde empezar? No es sencillo desprenderse del día a día: las noticias, las opiniones en , los panelistas, las predicciones, los horóscopos —como si el cacareo fuera un abrigo colgado de una percha—. Más con este calor. Tras tantos años de robar, estafar, negar, mentir y ocultar, no podrías creer lo que todavía son capaces de decir y hacer; la ristra de chorizos que dejó medio país en la pobreza. Políticos, empresarios, dirigentes gremiales, panelistas, streamers, lamedores del poder, roedores de bolsillos.
El proceso de destape de los pozos ciegos más grandes de la historia continúa. No hay sopapa de fiscal que alcance. Detonó el inodoro de la AFA —donde se cagan en todo desde la época de Grondona—; sigue saliendo mierda de la Legislatura bonaerense, la Agencia de Discapacidad, el dólar Massa. Los arrepentidos en los juicios por las coimas reparten con el ventilador. La lista de acusados, imputados, sospechados, más los que están al caer, te obligaría a recordar quién era cada uno. Eso, sin entrar en detalles: tipo “por un error” zafaron Aníbal Fernández, Abal Medina, Capitanich, los del negocio de Fútbol para Todos, o que Insaurralde sigue en libertad.
Te quedaste frío. Ya no estás para alzar la voz ni para disparar perdigones. De plomo antes, digitales ahora. La descarga hacía sentir que el trabajo valía la pena. Apuntabas a rapaces, carroñeros, garrapatas de cargos; estafadores con discursos y consignas. Mantenían los cuerpos en estado de descomposición para seguir chupando su sangre. Ni siquiera te calentaría comparar los porcentajes de vidas secas con los de presos en una celda común; nada de tobillera.
¿Sirvió para algo? Investigar, informar, publicar: consultar tres fuentes independientes entre sí, seguir la ruta de las preguntas básicas —¿qué?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿por qué?— y las personales, las íntimas, las que te hacías como si te sometieras a un detector de excusas para controlar periódicamente las explicaciones con las que tiende a justificarse la conciencia. Si el resultado de ese análisis daba bien ahí, adentro, afuera había que correr el riesgo: exilio, amenazas, juicios. Nada heroico tampoco. Nadie te obligó.
La mirada no envejece. Tampoco la curiosidad. ¿Cómo viene el 2026? Imagino la seña: estás ciego. Vení a mí. Hago la primera en enero; voy cantando, te aviso. Hasta pronto. Quizá en un par de años podamos comunicarnos por Mercado Negro, una aplicación que transfiera sentimientos entre agujeros off shore del universo. Andá a saber hasta adónde piensan llegar.
No tires el sobre. Expuesta con una etiqueta al pie que diga: “carta manuscrita por una supuesta inteligencia artesanal (IA) en bolígrafo negro sobre papel blanco con finas rayas grises” – Siglo XXI, Circa 2025-2026”, podría formar parte de una muestra de objetos representativos de la era analógica. Tal vez interese a quienes coleccionan restos, recuperan huesos, reconstruyen memorias.
Nos vemos.
*Escritor y periodista.




