
A fines de 2022, una de las multinacionales más tradicionales anunciaba una inversión de US$ 52 millones para levantar una planta en Pilar que, para esta firma, pasaría a ser la más moderna del mundo.
La empresa era Whirlpool y la revista Fortuna se hizo eco de la noticia llevando en su tapa una entrevista con su CEO, Martín Castro, con un título que era un textual suyo: “Es el momento de invertir”. “Vamos a ser el principal exportador de electrodomésticos del país”, planteaba Castro.
El plan avanzó con la instalación de una planta industrial en un predio de 30 mil metros cuadrados en Pilar, generando 460 empleos directos y más de mil en forma indirecta, con el objetivo de producir 300 mil lavarropas por año y exportaciones anuales por US$ 50 millones.
Tres años después, la semana que pasó, esta multinacional con más de tres décadas en el país anunció el cierre de esa planta y el final de su producción en la Argentina, con el consiguiente despido de más de 200 empleados (el resto ya había sido cesanteado en mayo de 2024). Whirlpool continuará ofreciendo servicios de posventa y solo se dedicará a comercializar los productos que traiga del exterior.
Los motivos del cierre fueron dos: la apertura indiscriminada de las importaciones y la baja generalizada del consumo.
Crisis. Esta misma semana, y alegando las dos razones anteriores, la santafesina Essen (célebre por sus productos de cocina) informó nuevos despidos que ya alcanzan al 40% del personal. Cramaco, que desvinculó al 90% de su staff, anticipó que también se dedicará a importar lo que hasta hora fabricaba y exportaba: generadores y alternadores eléctricos.
Lo mismo sucedió el jueves con la fabricante de muebles Color Living, que despidió a todos sus trabajadores. Días antes había hecho lo propio Granja Tres Arroyos, clausurando su planta de Entre Ríos. Y enfrente, en Corrientes, TN Platex, la textil de Teddy Karagozian, también cerró sus puertas.
La autopartista Corven acaba de despedir a cien empleados. El Grupo Dass, que fabrica marcas como Nike y Adidas, desvinculó a otros 160. La Suipachense se declaró en quiebra. Frávega anunció el cierre de locales en Temperley y Pergamino. Kimberly-Clark (productos higiénicos como Huggies y Kleenex) cerró su planta de Pilar, en la que trabajaban 200 operarios. La dueña de Siempre Libre y Carefree no cerró, pero ajustó personal porque también pasó a importar el 100% de lo que comercializa. La tecnológica Dana cerró en San Luis, con 50 empleados.
La lista sigue: la fábrica de cerámicos Ilva cerró su planta (300 empleados); entre la textil Luxo, la productora de paneles solares Solartec y la fábrica de calzados Vulcar, se perdieron 150 empleos directos; y la histórica margarina Dánica cerró su planta en Llavallol (150 empleados), abierta en 1939.
La enumeración puede ser tediosa, pero detrás de cada una de estas empresas hay dolorosas historias de vida.
Más crisis. La crisis también afectó a firmas de renombre como Acindar, Longvie, Petroquímica Río Tercero, Ledesma, Mastellone, Molinos, Arenera NRG, General Motors, la ex-Johnson & Johnson, Verónica, Scania, Sancor, Los Grobo, Agrofina, Georgalos y Ferrum, entre tantas otras.
La Unión Industrial acaba de informar que en octubre la actividad industrial cayó otro 2% interanual y se ubica un 10% por debajo de la pospandemia. En dos años, la industria perdió 42.400 puestos de trabajo (de un total de 270 mil empleos perdidos).
La crisis abarca a otros sectores como el del comercio y la construcción, cuya actividad es más baja que en 2023.
Hoy existen 19 mil empresas menos y 138 mil empleados privados menos que en ese año. El índice de utilización de la capacidad instalada de la industria se encuentra en el 58%, el menor de toda la serie histórica. Con excepción de 2020, en plena cuarentena.
La cantidad de procesos preventivos de crisis iniciados hasta octubre es la cifra más alta desde 2019, cuando Mauricio Macri cerró dos años seguidos de recesión.
El otro factor que motiva el cierre de empresas es la baja del consumo. El Indec acaba de informar que las últimas mediciones muestran nuevas caídas de las ventas en supermercados, autoservicios y mayoristas, tanto en la comparación mensual como interanual. El menor consumo se relaciona con la pérdida del poder adquisitivo del salario y sus consecuencias. Por ejemplo, en el último año, el monto adeudado por los particulares a los bancos alcanzó un pico histórico de morosidad del 9% en los créditos personales y de más del 7% en las tarjetas de crédito.
Despertar. El malestar de los industriales se escucha desde hace meses. No entienden la lógica oficial de abrir indiscriminadamente las importaciones sin antes producir los cambios necesarios (impositivos, laborales, etc.) para competir en mejores condiciones con los productos extranjeros.
Hasta ahora, ese malestar industrial frente al modelo libertario se manifestaba en privado. Como es habitual, el poder económico local tiende a no confrontar en público con el poder político. Por lo menos hasta que ese poder político dé señales de agotamiento o hasta que el frente interno o la realidad se lo demanden.
Algo de eso ocurrió días atrás, cuando el mayor representante del establishment industrial, Paolo Rocca, hizo de portavoz de ese malestar. Sucedió en la última conferencia de la UIA y tras meses de presiones de sectores que sospechaban que el dueño de Techint elegía no criticar al Gobierno para privilegiar sus negocios energéticos.
Dos años después, tras lo que sus críticos internos consideraron una larga siesta, y aún tímidamente, Rocca advirtió que el dilema actual del empresariado es “producir y dar valor agregado o cerrar y usar la cadena comercial para distribuir material importado”. Y hasta osó preguntarse sobre el rol del Estado en el modelo Milei: “¿El Estado deja que las fuerzas presionen libremente por el exceso de capacidad en China y la dificultad de competir en nuestro país, o podemos tener un diálogo?”.
Con lógica sectorial, los industriales piden más Trump y menos Milei. O sea, más políticas que defiendan a las empresas y el trabajo nacional y menos políticas que beneficien a las potencias internacionales y a los grandes jugadores globales.
Rocca deja al descubierto lo que siempre estuvo claro: el presidente argentino está en las antípodas ideológicas del estadounidense. Solo los unen sus excentricidades personales, su populismo político y el odio hacia los periodistas. Que ambos pertenezcan a esa central internacional vagamente llamada “derecha” solo prueba lo inútil que resulta esa definición ideológica.
El problema es que el empresariado se abocó tanto en las últimas décadas a sobrevivir y a buscar rentabilidades inmediatas, que su mayor esfuerzo cognitivo fue para adaptarse a los vaivenes de la política doméstica.
Despertar tarde. Pero doctorarse en coyuntura trae como riesgo el analfabetismo ideológico y la ausencia de conocimientos profundos sobre política, geopolítica, corrientes de pensamiento y modelos económicos.
El silencio de los líderes empresariales frente a la crisis de las empresas puede ser el reflejo de un instinto de supervivencia individualista. Pero la carencia de una voz propia, la falta de un pensamiento político que no esté ligado únicamente a la conveniencia de un balance anual y la no defensa del republicanismo como marco básico para generar inversiones no van a producir nada bueno hacia el futuro.
Ni para sus propios intereses ni para los del resto de la sociedad. Que, en algún punto, son –o deberían ser– parecidos.




