Domingo, 4 de enero de 2026   |   Nacionales

Macartismo modelo 2026: campaña de estigmatización política y el desafío democrático en Argentina

El DNU del viernes modifica la operatoria de la SIDE, sombrío organismo.
Macartismo modelo 2026: campaña de estigmatización política y el desafío democrático en Argentina

Entre 1950 y 1956, Joseph Raymond McCarthy (1908-1957) alcanzó la fama despreciable que lo perseguiría hasta la tumba por su actuación en el Senado de los Estados Unidos: fue vicepresidente de la Subcomisión Permanente de Investigaciones y además organizó y auspició el Comité de Actividades Antiestadounidenses, organismo dependiente de la Cámara de Representantes. Hombre tosco y de escaso brillo intelectual, McCarthy aprovechó la paranoia que la Guerra Fría con la Unión Soviética sembró en la sociedad estadounidense y, como senador republicano por Wisconsin —con el respaldo de amplios sectores conservadores— desató una intensa y furiosa persecución contra intelectuales, artistas, científicos, políticos e incluso militares a quienes, sin pruebas o sobre la base de presunciones infundadas, acusaba de ser comunistas, subversivos o traidores a la patria.

Interrogatorios públicos, citaciones ante la nefasta Subcomisión, acusaciones disparatadas y un clima generalizado de intolerancia y manía anticomunista (McCarthy y sus acólitos los veían por doquier) marcaron esa época oscura conocida como macartismo. Desde entonces, la etiqueta se aplica a los brotes paranoicos contra cualquier atisbo de pensamiento crítico, a la defensa de la libertad y de los derechos civiles y humanos o a las luchas por la democracia. Ese es el legado del personaje sombrío, aficionado al juego y al alcohol, que murió de cirrosis en 1957, tras la decisión del presidente republicano Dwight Eisenhower de poner fin a sus andanzas. En 1953, el dramaturgo Arthur Miller (1915-2005) escribió la memorable obra Las brujas de Salem, inspirada en el macartismo y en las persecuciones de la Inquisición entre los siglos XV y XVII, cuando miles de personas fueron quemadas en la hoguera. Miller partió de un caso ocurrido en 1692 en Salem, Massachusetts, y fue uno de los sospechados y perseguidos por McCarthy, como también lo fueron figuras ampliamente valoradas en sus profesiones —Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Charles Chaplin, Robert Oppenheimer, Katherine Hepburn, Kirk Douglas, Gregory Peck, Bertolt Brecht (refugiado en Estados Unidos); Thomas Mann (ídem) y el periodista Edward Murrow (retratado por George Clooney en la película Buenas noches, buena suerte)—, por citar solo algunos nombres de una interminable lista negra del odio.

Setenta años después, el espíritu de McCarthy se reencarna en Donald Trump y su troupe de odiadores, y vuelve a reflejarse en estas pampas en discursos libertarios y en determinadas medidas del Gobierno. La más reciente se conoció este viernes: un decreto de necesidad y urgencia que modifica la operatoria de la SIDE (Secretaría de Inteligencia del Estado), un organismo históricamente asociado a operaciones cloacales contra opositores del oficialismo y lejos de cumplir la finalidad geopolítica para la que fue creado. Una de las innovaciones más llamativas —en la que la sombra del macartismo se percibe a distancia— es la posibilidad de que los agentes de esa agencia puedan detener a un ciudadano basándose en presunciones tan poco claras y sin más especificación que la misma modalidad de la Secretaría. En otro ejercicio de proyección, al que el Gobierno suele recurrir, se justifica el decreto afirmando que “durante décadas fue utilizado de manera discrecional, opaca y ajena a su verdadera finalidad”. Justamente eso es lo que, junto con los cuantiosos, ocultos y misteriosos fondos que el organismo recibe sin control, podría venir a reafirmar. Desde su tumba en el cementerio Saint Mary, en el condado de Outagamie, Wisconsin, McCarthy sonríe.

*Escritor y periodista.

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