
La capacidad de los Estados Unidos para ejecutar cualquier plan estratégico en Groenlandia se topa con un obstáculo decisivo: el hielo que domina sus costas y mares, obstruye puertos, atrapa minerales y convierte las orillas en campos minados de fragmentos blancos y azules que complican el acceso durante todo el año. La única herramienta capaz de abrir paso en estas condiciones son los rompehielos, enormes buques con motores potentes, cascos reforzados y proas pesadas diseñadas para fracturar el hielo.
En la actualidad, la flota estadounidense se reduce a tres rompehielos, uno de ellos casi inutilizable. El país ha firmado acuerdos para incorporar once unidades adicionales, pero solo puede conseguir nuevos buques de aliados a los que ha criticado recientemente o de adversarios estratégicos. Esa situación limita severamente su margen de maniobra en el Ártico, una región de creciente interés geopolítico y económico.
La relevancia de los rompehielos para el acceso al Ártico fue subrayada por el presidente Donald Trump, quien, pese a moderar su discurso, ha insistido en la necesidad de asegurar Groenlandia para los Estados Unidos. Sus argumentos incluyen la protección de la isla frente a las ambiciones de Moscú y Beijing, la posición estratégica para activos estadounidenses y la explotación de recursos minerales, en particular las tierras raras. Durante el Foro Económico Mundial en Davos, Trump dijo ante líderes internacionales que el acceso a esos recursos exige atravesar “cientos de pies de hielo”, aunque no aportó un plan concreto.
Sin rompehielos, la capacidad de EEUU para operar en Groenlandia queda limitada. Según Alberto Rizzi, investigador del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, si Washington intentara desplegar materiales en la isla de inmediato, se encontraría con al menos dos o tres años de inaccesibilidad la mayor parte del tiempo. Rizzi subrayó que, aunque Groenlandia parece rodeada por mar en los mapas, en la práctica “el mar está lleno de hielo”.
Las opciones para EEUU a la hora de buscar nuevos rompehielos se reducen a astilleros de adversarios estratégicos como China y Rusia o de aliados como Canadá y Finlandia. Ambos aliados han sido objeto de fuertes críticas y amenazas de aranceles por parte de Trump en relación con Groenlandia.
El diseño, la construcción y la operación de rompehielos requieren mano de obra altamente especializada que solo existe en ciertos lugares, como Finlandia, país que ha construido cerca del 60% de la flota mundial de este tipo de buques y ha diseñado la mitad del resto, según Rizzi. Rusia posee la mayor flota, con aproximadamente 100 embarcaciones, varias de ellas impulsadas por reactores nucleares. Canadá ocupa el segundo lugar y planea duplicar su flota hasta unas 50 unidades, según un informe de Aker Arctic, firma finlandesa de diseño naval. China, con cinco rompehielos en operación, sigue ampliando su presencia en el Ártico, según Marc Lanteigne, profesor de la Universidad de Tromsø en Noruega.
Sophie Arts, experta en seguridad ártica del German Marshall Fund, observó que Trump “lamentó públicamente la falta de rompehielos, especialmente en comparación con Rusia”. Dos de los tres buques estadounidenses actuales ya han superado su vida útil.
Frente a ese panorama, Washington recurrió a la experiencia de Finlandia y Canadá. Durante la administración Trump se priorizó la adquisición de buques capaces de operar en hielo, una estrategia que continuó bajo la presidencia de Joe Biden con la firma del acuerdo Ice PACT junto a Helsinki y Ottawa. El pacto contempla la entrega de once rompehielos: cuatro construidos en Finlandia y siete en Estados Unidos, en astilleros de propiedad canadiense y en Texas y Misisipi bajo gestión conjunta estadounidense-canadiense.
La explotación de minerales estratégicos en Groenlandia, como las tierras raras, afronta costes elevados por las condiciones extremas en mar y en tierra. Según Lanteigne, la rentabilidad de esas inversiones podría tardar años o incluso décadas en concretarse. Además, la construcción y el mantenimiento de infraestructuras como el sistema de defensa antimisiles Golden Dome, valorado en USD 175.000 millones, exigirían un desembolso significativo.
En ese contexto, los aliados árticos de Estados Unidos podrían recibir con agrado un aumento de la inversión estadounidense en Groenlandia. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, manifestó su disposición a reforzar la seguridad en el Ártico, incluido el programa Golden Dome, siempre que se respete la integridad territorial danesa.
Aunque tanto Estados Unidos como la Unión Europea —que incluye a Dinamarca y Finlandia— han anunciado planes para incrementar la inversión en Groenlandia, la capacidad real para operar en la región sigue en manos de quienes dominan la tecnología necesaria. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, recordó en Davos la importancia de la base tecnológica de la UE para cualquier proyecto ártico y anunció, tras una cumbre de emergencia de los líderes europeos en Bruselas, que la UE aumentará el gasto en defensa en Groenlandia, incluida la incorporación de un rompehielos.
(Con información de AP)




