Un domo gigante iluminaba, allá adelante, un escenario de fascinación montado para abrir las puertas de un paraíso de vanidades.Eran las ocho de la noche y a esa hora el paraíso prometido era todavía una presunción para todos, pero todos estaban dispuestos a ir en su búsqueda.Las puertas del domo recién se abrieron cerca de las diez de la noche, y a esa hora la edición número 14 de la Fiesta de Disfraces quedó oficialmente habilitada en Paraná, con una asistencia récord: 45 mil personas, cifra holgadamente superior a la convocatoria de 2011, cuando fueron 40 mil, según datos de la Policía.Un arlequín descomunal, la cabeza de un arlequín descomunal montada sobre una estructura de hierro, recibía a todos con un gesto de complicidad, y una invitación a vivir la fiesta más convocante y multitudinaria que ocurre en la ciudad.Adentro, un predio de ocho hectáreas donde se montaron ocho carpas, 12.500 metros cuadrados cubiertos, 18 barras con un despliegue de 500 metros de frente para servir lo que fuere, más tres puntos de venta de comida rápida, ocurrió este año lo que nunca antes: hubo una presentación oficial de la Fiesta de Disfraces.Pero eso ocurrió más bien tarde, mucho más tarde, pasada la una de la mañana del lunes.<b>Instantáneas</b>Ahora falta poco para las 9 de la noche, la hora oficial de inicio de la fiesta.Pero a esta hora la fiesta está afuera; adentro, en los alrededores del domo gigante, los técnicos ajustan detalles, acomodan estructuras, ordenan los ordenadores, prueban el sonido, las luces.Una novia con vestidito hot le voltea el rostro a un legionario romano demasiado adolescente, ataviado con un atuendo revuelto en brillos y color dorado, y un soldado de este tiempo no logra camuflar sus verdaderas intenciones: avanza rápido por avenida Don Bosco, de cara al domo gigante, y lleva una botella de fernet bajo el brazo.<b>La fauna suelta</b>Un muchacho algo macizo para las pretensiones pasa raudo enfundado en un traje equivocado: emula al Capitán América, pero con colores nac&pop. No es rojo y azul su vestimenta, sino celeste y blanco, y se ha rebautizado como Capitán Argentina. Lo reciben tres chicas vestidas con levita de color negro y sombreritos primorosos; más atrás, un presidiario demasiado previsible.La juerga se extiende como una previa al festejo mayor: dos cuadras antes del predio de la fiesta, ocho hectáreas con capacidad para 50 mil personas en la esquina de Don Bosco y Circunvalación, ocurre una discusión de vecindad. Un señor enjuto ha dejado a su mujer parada en el vano de la puerta y se ha cruzado de vereda.Enfrente, hay clima de feria: una casa de dos plantas ha montado un escenario de atracción, con música, luces de colores, y venta de choripanes. Demasiada estridencia, piensa el hombre y amenaza: “Los voy a denunciar”.Claro, la estridencia se extendía, en los alrededores había una previa colorida y revuelta.El comisario Marcos Antoniow, a cargo del operativo de seguridad de la Fiesta de Disfraces, contó que en unos 300 metros alrededor del predio de Circunvalación hubo ajetreo y movimiento.Más allá de los cien puestos que habilitó la Municipalidad para la venta de comida y bebida, hubo espacio para el cuentapropismo de ocasión: en la esquina de Don Bosco y Roque Saenz Peña habían colgado un cartelito que indicaba que había espacio para estacionar, y ese cartelito había sido puesto justo sobre el cartel indicador de la calle; en otra esquina, Maestro Normal, un gimnasio había tenido mesas; y en el amplio playón de la estación de servicios abandonada de calle Blas Parera ocurría lo que en todas partes: autos que abrían su bocaza y que ofrecían de todo.




