Viernes, 30 de enero de 2026   |   Nacionales

Liderazgo freak: la política argentina se convierte en un Comic Show

Liderazgo freak: la política argentina se convierte en un Comic Show

“He dominado el arte de los negocios y convertido el nombre Trump en una marca de la más alta calidad. Como maestro, quiero transmitir mis conocimientos a otra persona. Estoy buscando al aprendiz.”

No fue hace tanto, pero suena lejano: en 2004 así se presentaba el magnate estadounidense ante su país.

Aquella era la apertura de su programa “The Apprentice”, un reality en el que los participantes —en su mayoría latinos y afroamericanos— competían por un suculento contrato con su empresa. Ese show, que alcanzó quince temporadas, le abrió las puertas a audiencias que no lo conocían, incluso fuera de Estados Unidos, y convirtió su rostro en uno más del ecosistema televisivo. Pero en 2010 Trump sumó a su fama mediática un ingrediente distinto, el que marcaría el inicio formal de su carrera política: durante el gobierno de Obama se convirtió en el principal promotor de la teoría conspirativa que sostenía que el entonces presidente no había nacido en su país, una fake news pionera que explotó en Estados Unidos.

“Soy un poco escéptico sobre el nacimiento de Obama; allí donde dice haber nacido nadie se acuerda de él”, repetía el magnate y conductor televisivo. En 2016 Trump reconoció que su predecesor era tan estadounidense como él, pero ya no importaba: para entonces ya ocupaba el Salón Oval de la Casa Blanca, un camino allanado mezclando show, provocaciones y, en ocasiones, mentiras.

Liderazgo freak

Una década después del inicio de su primera presidencia, el fenómeno se agravó. El secuestro del dictador Nicolás Maduro se televisó en tiempo real y se viralizó en redes, en una coreografía calculada que parecía sacada de la última megaproducción de Hollywood. A eso se sumó una campaña digital que presentaba al mandatario como una suerte de dueño del continente, con mención recurrente, entre otras, de Groenlandia.

El spin-off local de Trump no se queda atrás. Javier Milei, otro personaje forjado en un set de televisión, entrelaza su presidencia con recitales multitudinarios, romances fogosos y una cultura memética permanente en redes. Hoy, en todo el mundo, predomina la política comic show, un espectáculo que a la vez es mucho más que entretenimiento.

Construcción

“Soy Javier Milei. No seré famoso como economista, pero sí como rockstar.” Aquellas fueron las primeras palabras del libertario en televisión, el 28 de abril de 2015, a las 23.32, en el histórico programa de Mariano Grondona. Aunque desde entonces cambiaron muchas cosas hasta su llegada a la Casa Rosada, resulta imposible separar el fenómeno político del fenómeno mediático.

Liderazgo freak

Milei forjó su ascenso desde los paneles televisivos. Allí mezcló gritos violentos, peleas escenificadas y una novedad: la capacidad de discutir autores económicos en prime time desde una postura libertaria extrema. Su figura también se alimentó de otros elementos: obras de teatro veraniegas, noviazgos mediáticos —en 2018 salió con Daniela Mori, exintegrante de la banda de cumbia Las Primas—, revelaciones sobre su sexualidad tántrica, covers de temas de rock, apariciones disfrazado de superhéroe y, por supuesto, su sello distintivo: su extraña cabellera. Salvando las distancias, siguió la regla de oro de Donald Trump: “Never be boring” (nunca seas aburrido).

La construcción política de Milei aplicó esa misma lógica. En 2014, el Movimiento 5 Estrellas —el espacio italiano que La Libertad Avanza tomó como modelo y que, no casualmente, tenía a Beppe Grillo, un actor, como figura visible— formuló un manual para sus representantes: “En televisión es inútil desgranar un argumento, explicar tratados o proponer soluciones realistas. Las personas son presas de sus emociones. Somos una vía de escape de la rabia y el miedo.” Ese hueco en la política fue el que Milei vino a ocupar. Como presidente, lo elevó a otra escala.

Liderazgo freak

Mientras por un lado incita a la violencia con constantes llamados a “odiar más” y compara a sus adversarios con monos o cucarachas, por el otro ofrece espectáculo: el recital en el Movistar Arena, su show en el festival de Jesús María, una aparición en un canal de streaming oficial junto a su perro clonado, un beso apasionado con su entonces pareja en un teatro costero, escenas en la Quinta de Olivos donde se contrapone con Wolverine y con un león, y una extraña cuenta en inglés presentada mediante un cómic en el que aparece volando sobre Buenos Aires como superhéroe. A eso se suman su desatención por la higiene y el cambio de vestuario —con el mameluco de YPF como emblema, incluso en Davos— y su llanto desconsolado en el Muro de los Lamentos, una postal inusual para un mandatario argentino.

Con matices, todos estos episodios —lo excéntrico y lo agresivo— comparten algo: atraen la atención popular, dominan las redes y colonizan la agenda mediática y política, al tiempo que empujan los límites de lo decible en la sociedad argentina. “La primera estrategia de esta derecha es polarizar a la sociedad”, explica el historiador Steven Forti en Extrema derecha 2.0. “No se trata de excentricidades, sino de una estrategia bien pensada.”

Liderazgo freak

Ese manual parece haber sido adoptado por la gestión libertaria desde su arribo al poder. Cuando no se proponía el cierre del INADI o de Télam, se lanzaba un ataque contra la comunidad homosexual, contra el periodismo o contra alguna artista musical. Y cuando no había escándalo político, aparecía el escándalo estético: cuatro camperas en pleno verano, intentos por disimular la papada o defensas públicas de películas de Guillermo Francella. De un modo u otro, siempre despertaba bronca, perplejidad o fascinación, emociones perfectas para algoritmos que privilegian lo ruidoso.

Lo resume Giuliano da Empoli en Los ingenieros del caos, lectura de referencia del asesor presidencial Santiago Caputo:

“El megáfono de Trump era la indignación de los medios.” Con Trump y Milei sucede lo mismo: se los puede amar u odiar, pero no ignorar. Casi como un programa de televisión. O como diría Gianroberto Casaleggio: “La vieja partidocracia es Blockbuster; nosotros somos Netflix.”

Santiago Caputo

¿Juego? Richard Nixon lo llamó “la teoría del loco”. Fingir irracionalidad para volverse imprevisible y, por ende, intimidante. Trump lo expresó sin eufemismos: “Xi Jinping sabe que estoy totalmente loco.” La pregunta que queda es la de siempre: ¿estamos frente a líderes desbordados o ante personajes cuidadosamente diseñados?

Incluso si fuera una impostura —algo que en el caso de Milei resulta dudoso—, el efecto es tangible. “La banalidad de la locura”, la denomina el politólogo Brian Klaas: una saturación de exabruptos que acaba anestesiando a la sociedad. Y, aun así, estos liderazgos marcan el ritmo de la agenda global: no solo qué se discute, sino cómo.

Liderazgo freak

Lo inquietante es que este modelo no provoca un rechazo masivo. Encaja con el momento histórico. Como escribe Rodrigo Nunes en Bolsonarismo y extrema derecha global: “Estas fantasías ofrecen una respuesta razonable a la locura que estamos construyendo.”

Todo indica que el show no se detendrá. Al contrario.

El show recién empieza.

Galería de imágenes


En esta Nota

Déjanos tu comentario: