
El joven que en 33 años se convertirá en el “Hombre deltraje gris” tiene que apoyarse en un bastón para no perder el equilibrio.Es agosto de 1973 en San José, una ciudad uruguaya ubicada a 110 kilómetros deMontevideo, y Luis Mario Vitette?Sellanes, que ya cumplió los 18, está pasado por el alcohol y los sedantes. Loacompaña un amigo, en igual estado. En la cuadra por la que caminan está porinaugurarse un teatro. Y como distintas personalidades de la política caerán enminutos, la zona está custodiada. La tranquilidad desaparece cuando suenansirenas de patrulleros y motos de la Policía. Mario, sin entender casi nada,pregunta quién es el hombre que baja de un auto y se lleva todas las miradas.
“Es el presidente Juan María Bordaberry”, le explica su compañero.”Que se vaya a la puta que los parió”, responde Mario a los gritos. Elpresidente de facto lo escucha, mientras le abre la puerta del auto a su mujer.Segundos después un par de hombres lo reducen, lo encapuchan, lo golpean y lotrasladan a la comisaría más cercana.
“Nuestra Constitución Nacional dice que la bandera, elescudo y el presidente son símbolos sagrados de una Nación, y usted le faltó elrespeto a uno de nuestros símbolos”, le dice un militar de alto grado, en elsexto día de detención. “Pero ahora se va… Quiero que sepa que se va porquesu padre es una persona reconocida en la ciudad, y ahora sabemos que lo suyofue cuestión de una borrachera”.
Esa fue la primera detención del “Hombre del traje gris”.Y es una de las tantas historias que el mismísimo Luis Mario Vitette Sellanes,hoy de 64 años, cuenta en el libro que saldrá a la venta en breve. Se llama “Elladrón del siglo” (Planeta).
“Me entrevistaron para revistas francesas y españolas.Rodrigo de La Serna contó que se inspiró en mí para su papel en la película’Cien años de perdón’. En Argentina se publicaron notas en los medios que tepuedas imaginar. Hasta se escribieron canciones y se grabaron video clips.Tengo 20 mil seguidores en mis redes y en enero se estrena la película del Roboal Banco Río (NdelaR: ocurrido en enero de 2006 en Acassuso, donde se robaron145 cajas de seguridad). Me interpreta Guillermo Francella”, enumera Vitettedesde Uruguay, donde vive con su mujer y su hijo más chico, luego de serexpulsado por la Justicia argentina en 2013.
Trabaja en el taller de joyería y relojería antigua quemontó, y atiende personalmente. Y concluye la respuesta al por qué del librocon una de sus tantas frases: “Todos tomaban naranjada. Pero el pobre naranjo,nada… hasta que dije: aprovecho, cuento una historia y me gano unos pesitos. Yse vienen más cosas, eh”.
El primer ingreso a la cárcel del futuro y lejano”Hombre del traje gris” sería en 1976. Fue acusado por un robo yhomicidio y terminó en la Unidad Punta Carretas. Desde ese día, reflexiona, nadasería igual.
“Nadie que conozca el penal de Punta Carretas se retira deldelito. Nadie lo deja. Siempre se ha dicho, hasta el cansancio, que lascárceles no son una escuela, que la cárcel no es una universidad del delito,pero, entre vos y yo, sí lo es”, afirma en el libro.
“Cualquiera que esté preso tantos años sale convertido en undelincuente, aunque sea por escuchar. Aprende modalidades, formas de hacer lascosas, o cómo las hicieron otros, y uno después empieza a razonar cómo esmejor, cómo mejorar en el ocio. Y nadie que vaya preso puede salir sin quedarcontaminado por todo lo que allí ve. Quien conozca la cárcel en profundidad,como yo, que estuve muchísimos años detenido, es muy difícil que no salgamanchado. Algunos juzgan, sobre todo el periodismo amarillo, diciendo: ‘Escuelade delincuentes’, y yo siempre públicamente digo: ‘No, no, no, no’. Pero ahora,entre ustedes y yo, se lo reconozco. Evidentemente, uno allí aprende. Es lo quemama todos los días, es lo que escucha, es lo que ve: otro montón de perdedoresiguales que uno, que han dejado la vida detenidos”.
Durante esa condena comenzó con salidas transitorias a sutaller de relojería, oficio que había estudiado en la Universidad del Trabajode Uruguay. El 22 de febrero de 1986 se cansó de la cárcel y en una de lassalidas decidió no reintegrarse. A la hora que debía estar en el pabellón,viajaba a Argentina por primera vez. Seguía padeciendo las adicciones yconsecuencia de eso se la pasaba detenido. Aunque salía rápido. Fingía llorar,pedía por su papá y daba un domicilio falso. Como las huellas se comparaban conuna lente de aumento en lugar de una computadora, zafaba. Hasta que llegó elprimer gran golpe de su vida delictiva. O, al menos, el primero que se puedecontar.
Fue en Entre Ríos. La víctima, el prestamista de un Casino.Le robó cerca de 500 mil dólares. Pero caería detenido en la persecución.Vitette no se imaginaba, a esa altura, que vendrían “más y mejores”golpes para él.
De la cárcel de Gualeguaychú se fugó en enero de 1987. Cruzóa Uruguay. Los detalles están en el libro, y son de película. Volvió a BuenosAires con un documento falso. Emprendió el viaje sin un peso. Pero en elBuquebus sumaría una nueva modalidad de robo: el escape. Se llevó la cartera dela azafata que vendía whiskys y perfumes. Aunque Vitette dice sentirse”escruchante”, a pesar de todas las especialidades del delito que practicó. Esdecir, un ladrón que entra a casas o departamentos cuando sus dueños no están,y los desvalija. “El ‘escruchante’ trabaja con habilidad y destreza. Y yo tengoesas características”, explica.
“Sin esos elementos hubiese sido uno de esos ladrones queroban con armas, sin planificar nada. A mi me gusta pensar los robos:analizarlos, concretarlos, prevenir posibles imprevistos. Imaginen que un’escruchante’ puede voltear una puerta que pesa más de cien kilos con unaherramienta de 8 o 10 gramos de metal. Es puro ingenio”.
Sus buenas épocas comenzarían en 2003, luego de pagar otracondena. Allí, después de un robo en pleno centro, compró un departamento enRodríguez Peña al 100. Cada vez se iba emparentando más al “Hombre deltraje gris” que interrumpiría en el Banco Río: se movía en una buenacamioneta, contaba con unos cuántos ahorros en dólares y hasta se dio el lujode invertir en productos importados desde China. Ya llevaba más de una década sinsufrir las adicciones del alcohol y las drogas. Pero había otra que lo podía.Dice que es la adrenalina. Esa que solo se la generaban los robos. “Yo siemprerobé por ser, no por tener”, es una de las frases que tanto repitió ante losperiodistas.
“Entraba a un edificio, encontraba una caja de esos relojescarísimos y eso ya me generaba adrenalina. Ahora, si adentro había un reloj quevalía 50 mil dólares, mucho mejor. Pero la adrenalina no depende de un botín.Igual, ya no la necesito más para vivir”, le argumenta a Clarín, por teléfono.Robaba varias veces al día. Podía volverse a su casa con miles de dólares antesdel mediodía. Y por la tarde, después de la siesta, salía otra vez a ver a quéedificio podía ingresar.
El comienzo del “Hombre del traje gris” fue decasualidad. Vitette caminaba por el centro porteño cuando se cruzó con un excompañero de pabellón, ahora abogado, recibido en el Centro Universitario de lacárcel de Devoto. “¿Querés participar en un ilícito? Nos falta una personacapaz y dinero para invertir”, le preguntó.
Mario se sorprendió, aunque sabía que su respuesta iba a serun “sí”. “Después del laburo que te dio luchar con las cárceles, estudiar enDevoto, convivir entre el peligro de la prisión y la liberación del estudiohasta recibirte, ¿ahora vas a cometer un ilícito? Dejate de joder. Nosotrosproclamamos que estudiar en la cárcel, además de enriquecedor, es modificadorde conductas, ¿y ahora?”, le planteó. El argumento era válido. Pero, paraVitette, la propuesta era irresistible.
Entonces, durante meses, el Hombre del traje gris”empezó a forjarse: compró el libro “Situaciones de crisis con toma de rehenes”,de Héctor Luis Yrimia y aprendió cada detalle. También se anotó en las clasesde Teatro y Expresión corporal de una reconocida profesional. Y robó, siguiórobando. Pero la adrenalina ya no estaba en los departamentos o casas de cambioa los que entraba. Estaba en lo que se venía. En el que podía ser el últimorobo de su vida.
Una buena parte de sus botines se destinaban a la inversiónque requería lo que tanto tramaban, y lo que lo haría reconocido como el”Hombre del traje gris”. Atrás, muy atrás, había quedado ese jovenque pasado de alcohol y drogas insultó al presidente y conoció una celda porprimera vez. Todo lo anterior y lo posterior a la preparación para el grangolpe, está en el libro.
“Hice mucha terapia y aun así no puedo encontrar una respuestaa mi oficio de ladrón. Nací y me crié en un hogar de buenas costumbres: mi mamáera ama de casa y mi papá tenía campos y comercios gastronómicos, donde loayudaba. No tengo bien en claro por qué elegí ese camino”, dice. Tal vez lomejor sea que el lector saque sus propias conclusiones. Mientras tanto, delotro lado del charco, Vitette cuenta que su principal proyecto es darle unabuena niñez y educación a su hijo de 4 años. Y llegar, al menos, a sucumpleaños de 18.




