
A veces parece una anécdota, una exageración de redes o un malentendido administrativo. Pero no lo es. En la Argentina de Javier Milei hay palabras que han dejado de existir dentro del Estado. No porque la ciencia las haya refutado ni porque la técnica las haya superado: porque molestan ideológicamente. Y cuando un gobierno comienza a discutir palabras técnicas, el problema deja de ser semántico: es político. Y grave.
El caso del Servicio Meteorológico Nacional (SMN) fue el primero en encender las alarmas: trabajadores del organismo denunciaron que se les indicó evitar los términos “cambio climático” y “calentamiento global” en informes, comunicados y materiales de difusión institucional. No existió un decreto publicado en el Boletín Oficial ni una resolución firmada. Hubo algo más eficaz: una orden informal. “No lo pongas así”, “Buscá otra forma”, “Eso no va”.
El resultado fue inmediato: informes que históricamente mencionaban el cambio climático comenzaron a referirse a “variabilidad climática”, “eventos extremos” o, directamente, a ofrecer descripciones neutras, sin marco conceptual. El dato es contundente: el organismo técnico encargado de estudiar el clima tuvo que esquivar el concepto central que explica lo que está estudiando. No se trata de una discusión científica. Es una decisión ideológica.
Lo del SMN no quedó aislado. En otros organismos estatales empezaron a aparecer listas invisibles de palabras incómodas. En el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), trabajadores y sindicatos denunciaron que se prohibió o se desalentó el uso de términos como: agroecología, sustentabilidad, biodiversidad, huella de carbono, género, prohuerta y cambio climático.
Son conceptos que no surgieron en una asamblea militante, sino en papers científicos, acuerdos internacionales y décadas de investigación aplicada. No hubo una resolución escrita. Hubo correcciones editoriales. Rechazos de publicaciones. Silencios administrativos. La lógica fue clara: si suena ambiental, social o multilateral, es sospechoso.
A diferencia de los casos anteriores, otro sí fue explícito. El Gobierno nacional prohibió formalmente el uso del lenguaje inclusivo en toda la administración pública. Nada de “todes”. Nada de “@”. Nada de “x”. Nada de desdoblamientos considerados “innecesarios”.

El argumento oficial: “El Estado debe usar el idioma conforme a las reglas de la Real Academia Española”. El argumento real: el lenguaje inclusivo es ideología, y la ideología hay que extirparla. La paradoja es evidente: el mismo gobierno que dice combatir el adoctrinamiento impone una visión única del lenguaje desde el poder.
Si fueran hechos aislados, podrían atribuirse al caos del ajuste. No lo son. Hay un patrón: se eliminan ministerios vinculados a género, diversidad o ambiente, se vacían organismos técnicos y se cierran programas con impacto territorial. Y se borran palabras. No porque cuesten dinero. Sino porque representan una forma de mirar el mundo que el Gobierno considera enemiga.
Para el mileísmo, términos como cambio climático, sustentabilidad o agroecología no son conceptos técnicos: son marcadores ideológicos. El problema es que la realidad no cambia porque se la nombre distinto.
La ciencia se rige por consensos, evidencia y revisión permanente; la ideología, por certezas previas. Cuando un meteorólogo no puede decir “cambio climático”. Cuando un agrónomo no puede escribir “agroecología”. Cuando un técnico tiene que reformular su trabajo para no incomodar políticamente: la técnica deja de mandar. Manda el relato.
Y eso, en un Estado, tiene consecuencias: peores diagnósticos, políticas públicas mal diseñadas y decisiones basadas en dogmas, no en datos. No es nuevo. Pero siempre termina mal.
Hoy son palabras. Mañana pueden ser números. Después, conclusiones. La pregunta no es si el cambio climático existe o no. La pregunta es otra: ¿Qué Estado puede funcionar si sus técnicos tienen que pensar primero en la ideología del gobierno y recién después en la verdad de su disciplina?
Porque cuando el poder empieza a borrar palabras, lo que intenta borrar, en realidad, es la realidad. Y la realidad, tarde o temprano, siempre vuelve. Con sequías. Con inundaciones. Con crisis. Y sin pedir permiso para ser nombrada.
JCS




