
La acuicultura se perfila como uno de los sistemas de producción de mayor crecimiento a nivel global y cumple un papel clave en el equilibrio de los sistemas alimentarios. Países tan distintos como Estados Unidos, China, Japón, Noruega, Ecuador y Chile comparten una estrategia: ampliar la acuicultura, preservar el ambiente y articularla de forma complementaria con la pesca extractiva. En ese marco, organismos internacionales como la FAO y el Banco Mundial señalan a la acuicultura sustentable como un pilar para sistemas alimentarios más resilientes y basados en conocimiento.
Según datos de Naciones Unidas, la producción acuícola mundial superó en 2022 las 130 millones de toneladas (Informe SOFÍA 2024), con un valor bruto superior a los 310.000 millones de dólares. Hoy, alrededor del 60% de las proteínas acuáticas destinadas al consumo humano provienen de la acuicultura y más del 51% de los peces ya se producen en sistemas de cultivo. A ello se suma una ventaja estructural: mejores índices de conversión alimenticia que otras producciones cárnicas y la posibilidad de avanzar en cultivos multitróficos integrados, donde peces, moluscos y algas aumentan la eficiencia biológica, ambiental y económica del sistema.
En la Argentina, el sector acuícola desarrolló durante décadas capacidades relevantes en ciencia y tecnología, acumulando un capital significativo en genética, sanidad y nutrición. Sin embargo, durante años persistieron desajustes entre la generación y la traducción de ese conocimiento, así como entre la promoción, la regulación y la implementación productiva, lo que limitó su escalamiento. Desde 2020, un proceso de ordenamiento y planificación permitió empezar a equilibrar capacidades y a generar condiciones concretas para el crecimiento. Como resultado, el indicador estadístico nacional pasó de 1900 toneladas en 2020 a proyectar un promedio cercano a 16.000 toneladas hacia 2026.
Este cambio explica por qué, según datos oficiales de Naciones Unidas, la Argentina es identificada como uno de los países con mayor potencial de desarrollo acuícola, no por su volumen actual sino por sus recursos, su estatus sanitario y su margen de crecimiento. Además, dispone de una ventaja estratégica: la combinación de latitudes, climas y ambientes acuáticos de calidad permite formular y producir semilla (huevos, larvas), juveniles y genética competitiva en contraestación, abasteciendo a regiones del hemisferio norte con ciclos continuos que incrementan sustancialmente las posibilidades de expansión del sector. Esta condición convierte a la genética y a la reproducción acuícola en un activo especialmente atractivo para el comercio local e internacional.
El desarrollo acuícola argentino es también territorialmente diverso Guadalupe Polito – Shutterstock
Como ocurre con la genética bovina, donde la Argentina es referente global, la genética acuícola no es un commodity: es un activo protegido por patentes y derechos de propiedad intelectual, y su valor se concentra en la semilla. En todos los sistemas de cultivo, la calidad genética determina el desempeño productivo, la sanidad y el acceso a mercados. Bajo supuestos realistas de expansión y consolidación sanitaria, este mercado específico podría alcanzar en la Argentina un volumen cercano a los 1000 millones de dólares, mientras que la producción acuícola total podría situarse en torno a los 2000–2500 millones de dólares, sin renunciar a criterios de sustentabilidad.
El comparativo regional es elocuente. Chile, con el salmón como eje, construyó un complejo acuícola con un producto bruto cercano a los 7000 millones de dólares anuales, apoyado en genética y sanidad. En la Argentina, la trucha arcoíris y otros salmónidos, presentes en nuestros ambientes desde hace más de 100 años, constituyen una base productiva consolidada. En ese marco, las exportaciones de trucha realizadas por Idris y el Grupo Newsan confirman la viabilidad comercial y sanitaria del sistema.
El desarrollo acuícola argentino es también territorialmente diverso. En el sur patagónico, la reciente sanción de la ley de acuicultura en la provincia de Tierra del Fuego establece un marco institucional actualizado que permite aprovechar sus condiciones ambientales, su ubicación geográfica insular y su alto potencial de bioseguridad, especialmente para esquemas de base genética y reproductiva, integrándose de manera complementaria al desarrollo nacional del sector.
En la Patagonia marítima, la maricultura abre oportunidades con el pez limón (Seriola lalandi), donde la empresa Aquagrow impulsa uno de los primeros programas de desarrollo con foco en capitalización genética y proyección productiva en Chubut. En el noreste argentino, el pacú se consolida como un hito de diversificación regional, con exportaciones realizadas por Romance, Pacú Teko y Rosamonte.
En síntesis, la acuicultura —y en particular la genética acuícola— se presenta como un vector concreto para diversificar la matriz productiva argentina, escalar el uso del conocimiento científico-tecnológico y generar empleo calificado. En ese marco, las provincias argentinas pueden avanzar en el diseño de estrategias de convergencia entre pesca extractiva y acuicultura, orientadas a complementar actividades, equilibrar presiones sobre los ambientes naturales y ordenar el desarrollo productivo bajo criterios de sustentabilidad, excelencia operacional y eficiencia económica.
El autor es exdirector Nacional de Acuicultura y asesor actual del Consejo Federal de Inversiones y Consultor del Banco Mundial




