
LA CARTA. Son las 3 de la mañana. Ya es lunes. Estoy en untaxi que huele a cigarrillo y me siento muy cansada. Pienso en el día de hoy ytodavía no lo puedo creer. Aprovecho los minutos que me quedan de viaje y mepongo a escribir. Esta misma mañana partí rumbo a Paraná, Entre Ríos, parahacer la cobertura de una nueva Fiesta Nacional. La séptima en lo que va delprograma veraniego pero todo indicaba que iba a ser una muy distinta: unagrilla repleta de artistas mujeres que compartirían su música con todos.
Aproveché parte de las seis horas de viaje para leer. Apenasprendí mi celular me encontré con posteos en las redes y mensajes en miWhatsapp por el Día Internacional de la Mujer. Había cientos y de todo tipo. Metomé el tiempo para leerlos, intentando pensar de quién y de dónde venía cadauno. Me costó interpretar los carteles cargados de flores y felicidades,empaticé con unos cuantos vinculados a la lucha y me emocioné con un puñado demensajes de gente cercana. Me quedé, entonces, pensando acerca de todo lo quenos falta pero, también, de las cosas que fuimos cambiando.
Fátima denunció a su ex pareja hace más de dos años y medio,pidió justicia y pidió ayuda, y la mataron. Ya sumamos 69 casos en los 69 díasque van del año”
Me emocioné al ver a minas que admiro hablando sobre otrasminas que pusieron el alma para que la cosa fuera distinta; que hoy sonhistoria pero que su historia marcó y cambió la nuestra para siempre. Meestremeció esa empatía, esa sororidad que veo y siento hoy y que antes no teníatan a mano. Nos imaginé juntas, siendo una, y me dio piel de gallina. Y volví amirar a la ruta, en búsqueda de algún cartel que me indicara en qué parte delmapamundi estaba y cuánto faltaba para mi destino. Y fue ahí, justo ahí, cuandoFlor, una de mis compañeras, me mando un mensaje diciéndome que se habíasuspendido todo; que habían encontrado muerta a Fátima. Yo no sé si puedoexpresar la impotencia que se apropió de mí en ese momento y la cantidad deimágenes que se me cruzaron por la cabeza en una fracción de segundos.
De repente alguien sopló la nube utópica en la que meencontraba flotando y me estampé la cabeza contra el piso. Sentí que alguien meapretaba fuerte fuerte el corazón y, ahí, en medio de un dolor tan dual – tanajeno y tan cercano – pensé en el dolor de Fátima y su gente y me dolió todavíamás. Y junto a Fátima aparecieron todas las demás víctimas y el dolor se volvióinsostenible, no me entraba en el cuerpo. Sí, dolor, dolor, dolor. Llegar aParaná fue llegar a una ciudad desolada. Era la hora de la siesta y el caloratormentaba las calles. Pero más allá de las costumbres, la atmósfera era deduelo. Mi estadía duro menos que el viaje, pero este quilombo emocional todavíaestá intacto. Una piba que denuncia a su ex pareja hace más de dos años ymedio, que pidió justicia y pidió ayuda, que dijo que la iban a matar… y lamataron. Y sumamos 69 casos en los 69 días que van del año.
Lamentablemente, a veces las cosas nos tienen que tocar decerca para que las vemos. Pero, dejémonos de joder, ya ni siquiera es tapar elsol con las manos, la realidad nos encandila. Son las 3 de la mañana. Ya eslunes. Estoy en un taxi que huele a cigarrillo y me siento muy cansada, en muchossentidos. Pienso en el día de hoy y todavía no lo puedo creer. Me pongo aescribir.
Interrumpo esta catarata de palabras sin censura porque eltaxi se frena; habíamos llegado a casa. En ese momento, recibo un mensaje deFlor pidiéndome que le avise cuando llegue. Le pago al taxista y le pido que,por favor, me espere y vea que entro a mi departamento. Cruzo la calle mientrasel taxi me hace guardia con balizas. Son las tres y media de la mañana, sacolas llaves del bolsillo y miro a ambos lados antes de abrir la puerta. Veo queno viene nadie y abro, saludo al taxista con la única mano libre que me queda ysubo a mi piso. Entro a casa, pongo la traba, cierro la ventana que da albalcón y agarro el celular. Le aviso a Flor que llegué bien. Ah, y también le aaviso a una amiga que vive cerca, a mi viejo que está durmiendo en provincia deBuenos Aires y a mi novio que está a mil kilómetros de distancia.
Los tres me pidieron que les avise cuando llegue a casa.Pienso en Fátima. Pienso en la suerte que tuve de llegar a casa y agradezco.Después pienso si debería sentirme agradecida y por qué. Pienso en qué estamosesperando para despertarnos de semejante pesadilla.
Por Paula Echeverría. CONDUCTORA EN LA TV PÚBLICA




