Sábado, 30 de agosto de 2025   |   Opinión

Hay que dejar de afanar los choreos al menos dos años

Por: Pablo Semán
De nuevo, los lapsus abren una puerta para la comprensión de cómo es la mirada del Presidente sobre el Estado y la política.
Hay que dejar de afanar los choreos al menos dos años

Se repiten términos como “Menem”, “corrupción”. Incluso, reaparece “Ferrari” (más allá de la aparición o no del supuesto video de Lule, es una de las aficiones de la familia Kovalivker). “La Ferrari es mía” de Carlos Menem fue, allá por los noventa, el símbolo de una manera de gobernar.

Lo mío, lo tuyo, lo nuestro está en el trasfondo de los audios que se conocieron de Diego Spagnuolo. Una vez más, se cumple lo que podríamos llamar el teorema de Mark Twain: “La historia no se repite; pero rima”. O aquello de la tragedia y la farsa: lo que en los noventa era “mía” ahora es “con la tuya”. Los políticos tienen un problema: pese a los coaches, pese al casete, hablan. Hablan pese a ellos, aunque no se den cuenta.

Javier Milei dijo que se había autoimpuesto no insultar más (cabría preguntarse qué es llamar “enano” a una persona de baja estatura, como Axel Kicillof). Esta variación en su manera de comportarse en público seguramente lo obliga a guardarse “cosas”, a ordenar de una manera distinta su discurso público. Aquella impulsividad que constituye su forma de dirigirse a los otros se alteró. Quizás eso es lo que explique el “están molestos porque les estamos afanando los choreos” que dijo el Presidente en un acto en Junín.

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En psicopatología de la vida cotidiana, Sigmund Freud desarrolló su teoría sobre los actos fallidos. Allí, el padre del psicoanálisis cita un trabajo de W. Stekel, titulado “Confesiones inconscientes”, publicado en el Berliner Tageblatt de 4 de enero de 1904: “El caso que sigue me reveló una parte, para mí poco grata, de mis pensamientos inconscientes. Antes de exponerlo quiero hacer constar que en mi profesión de médico no pienso nunca, como es justo, en las ganancias que mis pacientes puedan proporcionarme, sino tan solo en su propio interés; sin embargo, una vez me sucedió lo siguiente: me hallaba en casa de un enfermo, convaleciente ya de una grave dolencia. Durante el período de máxima gravedad, ambos, médico y enfermo, habíamos pasado días y noches muy penosos. Iniciada la convalecencia, me sentía muy contento de verlo en vías de franca curación y le hablé de los placeres de una estancia en Abazia, que había de reponerlo por completo, si, como yo esperaba, no le era posible abandonar pronto el lecho. Seguramente, este ‘no’ había surgido de un motivo egoísta de mi inconsciente: el de poder continuar visitando a un cliente adinerado”.

A fines de los noventa, otra vez el menemismo, esta irrupción involuntaria de la palabra de los políticos tuvo un hito en el documental Las patas de la mentira, de Miguel Rodríguez Arias. Algunos momentos quedaron para la historia, como un símbolo. Citemos: Raúl Granillo Ocampo el exministro de Justicia de Carlos Menem, dijo, por ejemplo: “Los hombres que nosotros sabemos que son corruptos los tenemos sentados a nuestra mesa y siguen siendo amigos de nuestros amigos y amigos de nosotros mismos”.

Pero quizás el más célebre y recordado lo dijo el dirigente Luis Barrionuevo en el programa Tiempo nuevo, de Bernardo Neustadt: “Tenemos que dejar de robar por lo menos dos años”.

Freud dice: “La perturbación de la operación intencional se produce por medio de otra intención, y no nos contentamos con asignar a la perturbación el carácter de una simple inhibición o distracción. Solo se produce un fallido allí donde se entremete y perturba una intención diferente; es decir, donde existe otra intención que ejecutar el fallido”.

Volvamos a la secuencia tragedia/farsa. Lo que en algún momento fue una vergüenza que debía ocultarse, el robo para la corona por caso, los bolsos de López, en la era de la aceleración hipercapitalista queda sorprendentemente de manifiesto. La secuencia plagio, evasión como heroísmo, promoción de criptos parece ser un sendero que termina en la corrupción como una parte de un dispositivo ideológico. ¿Qué mejor para el topo que va a dinamitar el Estado desde adentro que afanar los choreos y usarlos en beneficio propio?

Desde Psicología de las masas se ve en Freud que toda psicología individual es, de entrada, social. La dimensión colectiva de lo individual atraviesa toda la obra de Freud y su descubrimiento del inconsciente. Habría que pensar en otra dimensión en la que emerge una verdad indiscutible. Y manifiesta: es en el chiste. Esta semana hubo muchos chistes sobre la moralidad del Gobierno: el 3% de los jingles de Gelatina es la demostración de que algo se resquebraja en el discurso del poder. Si hay humor, lo señaló el antropólogo Alejandro Grimson en sus redes, hay algo que se está resquebrajando.

Afanar los choreos es algo así como una política que habla aunque no quiera. Y que tuvo su momento más grave, más trágico en el sentido puro, en la declaración de Sebastián Pareja luego de los hechos de violencia en Lomas de Zamora, luego del fallido acto de campaña. En la semana en que se suceden las denuncias por corrupción en Andis, el armador de Milei dijo, ni más ni menos, que quienes produjeron la situación “son discapacitados”.

Pablo Semán, el antropólogo que mira el fenómeno de las ultraderechas con profundidad, dijo, ante la fragmentación de la oposición: “El Gobierno no tiene con quién perder”. Es cierto, pero quizás en la verborragia, primero en las escuchas y luego en lo que se dice pese a todo, esté la mejor estrategia de la oposición. Las encuestas empiezan a demostrarlo.

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