
Viene de ayer: “Final de la partida (I)”
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En el libro de Peter Turchin Final de partida. Élites, contraélites y el camino a la desintegración política se explica por qué las masas no se rebelan por sí mismas: funcionan como un recurso movilizable que se activa únicamente cuando quienes se enfrentan son las élites, en conflictos intra-élites.
Turchin llama “bomba de la riqueza” al fenómeno de rendimientos crecientes del capital mientras los salarios de la mayoría registran rendimientos decrecientes. Sin embargo, el empobrecimiento de la mayoría resulta menos decisivo que la sobreproducción de élites a la hora de generar disrupción. “Los pueblos no se rebelan solos”: siempre hay alguien que organiza, encuadra el conflicto (los medios) y lo financia, desde nuestra Revolución de Mayo —impulsada por comerciantes de la época— hasta el advenimiento de Milei, facilitado por el rechazo del capital a la continuidad del statu quo.
Conviene recordar que las élites no son solo los ricos, sino también quienes detentan poder, prestigio o influencia. La polarización actual no es una anomalía, sino un síntoma de la fase terminal del ciclo. Los sistemas no fracasan por pobreza, sino por exceso de élites sin un proyecto común (primarización-servicios-tecnología-industria). La combinación explosiva se produce cuando una mayoría empobrecida convive con élites fragmentadas en disputa.
Ayer comparamos a Turchin con Marx, Pareto y Michels; faltaba Thomas Piketty, autor de El capital del siglo XXI, quien describió con mayor claridad el proceso de hiperconcentración de la renta que se aceleró desde la caída del Muro de Berlín. Para Piketty el problema es la distribución de la riqueza y, corrigiendo la desigualdad, se estabiliza la democracia; para Turchin, el colapso del sistema no depende únicamente del mantenimiento o aumento de la desigualdad. El Imperio Romano tardío registró significativas redistribuciones de la renta y sin embargo colapsó. A la inversa: la desigualdad puede mantenerse injusta sin ser necesariamente explosiva. Si la economía no crece, repartir mejor lo existente intensifica el conflicto intra-élites porque “el botín” es fijo. “Redistribuir sin expansión no reduce la presión, la reubica” (Argentina 2007-2015). Para Turchin se puede comer mejor y aun así quedar sin horizontes: “El peligro no es el hambre sino la expectativa rota” (la promesa de llenar la heladera de la campaña 2019). La redistribución funciona cuando tiene un plazo acotado —el New Deal en Estados Unidos en guerra, el Estado de bienestar europeo de posguerra— y, sobre todo, cuando va acompañada de crecimiento (Argentina 2003-2007).
El último informe de Oxfam: el Comité de Oxford para aliviar la hambruna, fundado en 1942 y activo hoy en noventa países, titulado “Contra el imperio de los más ricos”, sostiene:
● Por primera vez en la historia, el número total de mil millonarios en el mundo ha superado los 3 mil. En octubre de 2025, el hombre más rico del mundo, Elon Musk, se convirtió en la primera persona en la historia en superar una riqueza de medio billón de dólares (ya a principio de 2026 sumó 726.300 millones, superior al PBI de Argentina, Bélgica, Austria, Irlanda, Tailandia, Filipinas, Dinamarca, Irán o Vietnam).
● En 2025, la riqueza de los mil millonarios aumentó tres veces más rápido que la tasa promedio anual de los cinco años anteriores.
● Los mil millonarios tienen 4 mil veces más posibilidades de ocupar un cargo político que la gente corriente.
● Con lo que se incrementó la riqueza de los mil millonarios el último año se podría distribuir 250 dólares a todas las personas del planeta y, aun así, los mil millonarios continuarían siendo más de 500 mil millones de dólares más ricos.
● Los 12 mil millonarios más ricos del mundo acumulan, en conjunto, más riqueza que la mitad más pobre de la población mundial, es decir, más que 4 mil millones de personas.
● El dominio de los mil millonarios y los superricos sobre los medios de comunicación es cada vez mayor. Más de la mitad de los medios de comunicación más importantes del mundo son propiedad de mil millonarios y tan solo seis mil millonarios dirigen nueve de cada diez principales redes sociales del mundo.
● En Francia, el mil millonario de extrema derecha Vicent Bolloré, que ha denunciado a periodistas que lo han criticado, compró el canal de televisión de noticias CNews y renovó su imagen para convertirlo en la versión francesa de Fox News.
● Ocho de cada diez de las mayores empresa de IA, un sector estrechamente ligado a los medios de comunicación, están dirigidos por mil millonarios y tan solo tres de ellas controlan el 90% del mercado de chatbots con IA generativa.
● Con el apoyo de los partidos de extrema derecha y plataformas mediáticas, propiedad de mil millonarios, los gobiernos estigmatizan y culpan sistemáticamente a los migrantes, convertidos en chivo expiatorio de los problemas sociales como la delincuencia (…) en Inglaterra, una poderosa minoría con influencia desproporcionada ha contribuido a centrar el debate público en las pequeñas embarcaciones con inmigrantes que cruzan el Canal de la Mancha y no en los grandes yates de los ultrarricos.
● En la década de 1920, en la Estados Unidos aún sin los efectos plenos de la ley antimonopolios y previo al New Deal, cuando siete familias concentraban gran parte del Producto Bruto del país, el juez de la Corte Suprema Louis Brandeis escribió: “Tenemos que elegir. Podemos tener una riqueza extrema concentrada en manos de unos pocos o podemos tener democracia, pero no podemos tener ambas cosas” .
Abracadabra. Los nuevos medios de comunicación (las élites de Turchin) fueron el pase de magia que permitió canalizar el malestar social generado por el rendimiento decreciente del trabajo frente al rendimiento creciente del capital, un proceso iniciado a finales del siglo XX. Eso derivó en Occupy Wall Street en 2011, que cuestionó la acumulación del 1% más rico bajo el lema “Nosotros somos el 99%”. Diez años después, en 2011, se ocupó el Capitolio responsabilizando a los políticos tradicionales y olvidándose de los mil millonarios.
Epílogo. Cuando hace cien años Estados Unidos atravesaba situaciones similares —como recuerda la cita al juez Louis Brandeis— Walter Lippmann, filósofo y acaso el mejor periodista de la historia, autor de Liberty and the News, Public Opinion, Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media, The Phantom Public, Essays in the Public Philosophy y una veintena más de libros, sostuvo que “la crisis de la democracia es, en esencia, una crisis del periodismo” (cita traída al presente por Marcelo Longobardi).
Lippmann consideraba que la democracia dependía de la exactitud de las noticias; percibía a los ciudadanos “demasiado centrados en sí mismos como para preocuparse de los asuntos públicos y políticos” y veía al público como Platón lo hizo: “Una gran ‘bestia’ o rebaño desconcertado que se debatía en el caos de las opiniones locales”.
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Quizás un nuevo New Deal no esté tan lejano.
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