Viernes, 30 de enero de 2026   |   Nacionales

Final de la partida: el escenario político se redefine entre alianzas y renuncias

Final de la partida: el escenario político se redefine entre alianzas y renuncias

Final de partida. Elites, contraelites y el camino a la desintegración política (título en español de End Times) es un libro de Peter Turchin, líder de Proyecto en el Complexity Science Hub de Viena e investigador asociado en la Escuela de Antropología de la Universidad de Oxford, además de profesor emérito de la Universidad de Connecticut en cuatro departamentos: Ecología, Biología Evolutiva, Antropología y Matemáticas.

Turchin, nacido en Rusia y residente en Estados Unidos desde 1977 —cuando su padre se exilió de la ex‑URSS—, es uno de los fundadores de la cliodinámica, disciplina que combina macrosociología histórica, cliometría y modelización matemática de procesos sociales. Esa aproximación permite “explicar por qué las sociedades entran en crisis, por qué se fragmentan políticamente y cómo esos procesos tienen patrones recurrentes a lo largo de la historia”, y también hacer predicciones: en 2010 anticipó que el pico de malestar social en Occidente ocurriría en 2020.

Turchin, al igual que Hegel, Marx, Pareto o Robert Michels, sostiene que la historia no es “una sucesión aleatoria de hechos, sino un sistema dinámico que puede modelarse con datos y teorías científicas para revelar ciclos más amplios de estabilidad y desintegración social”.

Se distancia de Hegel en su enfoque teológico sobre el progreso y la resolución histórica de los conflictos. Y difiere de Marx: no considera que el motor de la historia sea el conflicto de clases —capital contra trabajo—, ni que el colapso sobrevenga cuando la explotación se vuelve insoportable, ni que la infraestructura (la economía) determine la superestructura (la cultura).

Para Turchin no hay un final feliz garantizado con ciclos de redención poscolapso (síntesis). La economía importa, pero como una variable “que desordena alianzas, no como causa última. El motor de la crisis es siempre el conflicto intraélites y como resultado de la sobreproducción” de ellas. Rara vez las masas inician los procesos disruptivos; la mayor parte de las veces son movilizadas por las élites (“la lucha de clases se vuelve políticamente efectiva solo cuando una fracción de élite la organiza”).

No existe el “pueblo unido”; hay, más bien, un pueblo instrumentalizado. La masa funciona como una variable de presión: se activa o se desactiva según las disputas entre élites, porque los sectores populares no lideran el sistema. De ese modo se generan ciclos de intensa movilización, desmovilización y frustración.

Concretamente: “Puede haber miseria sin revolución” y “no hay revolución sin élites desplazadas, resentidas o excluidas” (¿nuestro 2001? ¿o 2008: la guerra con el campo?). Marx habría subestimado el conflicto de intereses entre facciones, así como el papel del prestigio y la competencia por el estatus. Marx explica más la injusticia; Turchin, en cambio, explica mejor la inestabilidad.

Turchin comparte, en la genealogía de lo real, afinidades con Pareto y con Michels. Para Pareto, quien gobierna es siempre una minoría; su visión es antimoralista, escéptica y aristocrática. Rara vez el conflicto es pueblo versus élites: más bien son nuevas élites las que desplazan a las viejas, y el colapso ocurre cuando las primeras pierden peso y son reemplazadas. Existe una sobreproducción de élites: hay más aspirantes que sillas. Pareto clasifica a las élites en zorros (astucia) y leones (fuerza); cuando predominan los zorros el sistema se vuelve blando y, con la llegada de los leones, aparece una alternativa más dura (¿un calco de Massa y Milei 2023?).

Para Pareto el pueblo es “escenografía”: manipulado por las élites, nunca gobierna; la ideología y la moral sirven luego para justificar los hechos, y coincide con Turchin en que el actor real del cambio no es la masa. Pero difieren en un punto clave: para Pareto, cuando una élite cae siempre la sustituye otra; para Turchin, el sistema puede romperse antes de renovarse —una posibilidad que, sostiene, podría estar sucediendo en esta tercera década del siglo XXI, abriendo paso al “fin de la partida”.

Robert Michels es autor de la “Ley de hierro de la oligarquía”, que sintetiza tres principios: 1) concentración del poder; 2) profesionalización de los dirigentes; y 3) exclusión de las bases. Para Michels el conflicto es permanente pero raramente explosivo, porque las masas aceptan y delegan: buscan representación, no autogobierno. Las élites, en cambio, controlan la información, poseen los recursos y fijan las reglas. Turchin sostiene que, ante el deterioro material, esas masas pueden ser movilizadas por facciones de la élite en conflicto. Michels afirma que la democracia “es procedimental pero no real”: tiende a terminar con el 20 por ciento paretiano que conduce al 80 restante, es decir, una forma de oligarquía. Para Turchin, en cambio, la democracia puede funcionar si hay crecimiento económico y parte de él se redistribuye, y si las élites no entran en conflicto por la acumulación excesiva de aspirantes frustrados que formen una contraélite que polarice, derive en violencia y reconfigure la oligarquía reiniciando el ciclo.

Combinando las tres perspectivas: Turchin explica cuándo el encierro se vuelve explosivo; Michels, cómo las élites se cierran al limitar el acceso; y Pareto, que siempre gobierna una minoría.

El diagnóstico plantea que, en el siglo XX, las guerras “absorbían” el excedente de población mundial; en el siglo XXI, en cambio, los egresados universitarios se encaminan a ser mayoría frente a escasos puestos de poder capaces de satisfacer sus expectativas de estatus. Mientras que la expansión industrial del siglo XX incrementaba el rendimiento del capital humano, hoy la automatización y la concentración de la información —ahora en forma de algoritmos en la cima de la pirámide— reducen la necesidad de mandos medios, tendencia potenciada por la inteligencia artificial.

Si el trabajo pierde prestigio mientras el sistema forma aspirantes a los que no permite ingresar, el conflicto escalará: el éxito será reemplazado por la moral, el ascenso social por la identidad —pertenencia estática frente a movilidad dinámica— y la crisis se cronificará. No sería una revolución clásica sino estallidos episódicos y breves que, en vez de sustituir el sistema, facilitan la llegada de outsiders que conservan la estructura heredada.

Corolario: el populismo no es causa sino síntoma; la polarización no es cultural sino estructural.

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Continúa mañana: “Final de la partida (II)”. Oxfam y su informe “Contra el imperio de los más ricos”.

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