
Federico Poli, con experiencia en el sector público, privado y en organismos internacionales y autor del libro Más allá del liberalismo y el populismo. Una síntesis desarrollista para la Argentina (2023), es director de la consultora Sistémica y se encuentra con licencia como director ejecutivo del Observatorio Pyme. Advierte sobre los desafíos que enfrenta el país y la necesidad de combinar equilibrio fiscal con políticas productivas.
Al cierre de un mes marcado por cambios en la política cambiaria y por la persistencia de reservas negativas en el Banco Central, y en un contexto de creciente preocupación por la competencia de importaciones y el estancamiento de la actividad, Poli explica cómo percibe la coyuntura y cuáles son sus expectativas para el corto plazo.
— Tras el reciente pago del vencimiento de deuda en enero y dos años consecutivos de superávit fiscal, ¿Cuál es su diagnóstico sobre la sostenibilidad de las cuentas públicas a mediano plazo?
— Si hay un aspecto en el que el Gobierno sorprendió desde su llegada al poder, fue sin duda en el decidido compromiso con el superávit fiscal tras tantos años de irresponsabilidad. Hay que reconocer el trabajo del Presidente para instalar en la opinión pública la importancia del equilibrio fiscal. Además, es clave que el superávit se haya logrado principalmente por una fuerte reducción del gasto público primario —entre otros, una baja considerable de los subsidios a la energía— y no por un aumento de la carga impositiva.
“A diferencia del planteo populista, se entendió que el sector privado no podía sostener el nivel del gasto público consolidado”
Se comprendió que el sector privado no podía sostener el nivel de gasto público consolidado que se había alcanzado. Considero que no hay motivos técnicos para poner en duda el logro notable alcanzado en estos dos años; me refiero, por ejemplo, a la discusión sobre la capitalización de intereses.
No obstante, es imprescindible revisar el ajuste del gasto para evitar desatender inversiones en infraestructura, ciencia, tecnología y educación superior, cuyas consecuencias se manifestarán en el mediano plazo. La sostenibilidad de las cuentas públicas a mediano plazo dependerá, en buena medida, de que la economía recupere un sendero de crecimiento sostenido.
— ¿Qué riesgos o desafíos observa para mantener el superávit fiscal este año, especialmente en un contexto de menor crecimiento?
— Economistas responsables que siguen de cerca la cuestión fiscal, como el ex ministro Hernán Lacunza, reconocen los resultados extraordinarios logrados en esta materia y señalan que, hacia adelante, el margen para reducir la presión tributaria es escaso. Se requerirán esfuerzos adicionales de ahorro fiscal una vez concluido el proceso de normalización financiera, al completarse el reemplazo de la deuda reestructurada por deuda de mercado.
A ese escenario se suma la reducción de ingresos fiscales prevista en el proyecto de reforma laboral y la complejidad de mantener la restricción de fondos a las provincias que rigió estos años.
— El Banco Central comenzó a comprar reservas e inyectar pesos en el mercado. ¿Esto es resultado de medidas coyunturales o ve un cambio estructural en la dinámica externa?
— Tras el triunfo electoral de mitad de término y el respaldo del Tesoro de los Estados Unidos, el equipo económico tuvo la oportunidad de pasar a un esquema de flotación cambiaria y levantar por completo el cepo, lo que hubiese permitido que el mercado definiera el valor del dólar en un escenario óptimo, con equilibrio fiscal y orden monetario. Lamentablemente, se optó por un régimen de bandas cambiarias indexadas con un compromiso de compras de reservas que genera más dudas que certezas.
En los primeros pasos de ese nuevo régimen, la acumulación de reservas se obtuvo mediante un nuevo apretón monetario y tasas incompatibles con la actividad económica. Cabe recordar que esto ocurre con un Banco Central que presenta más de 16 mil millones de dólares de reservas internacionales negativas.
La actual política monetaria y cambiaria produce un cuadro de precios relativos que obstaculiza un crecimiento equilibrado a largo plazo: un tipo de cambio bajo y tasas de interés reales altas frente a expectativas de inflación (25% a 40%) que no permiten la rentabilidad del sector privado. El resultado es aumento del desempleo de factores productivos y una tendencia al déficit externo.
“El equipo económico optó por un esquema de bandas cambiarias indexadas con un compromiso de compras de reservas que deja más dudas que certezas”
El tipo de cambio debe calibrarse por el mercado y mediante intervenciones sostenibles alineadas con tendencias de largo plazo. No puede ser fijado caprichosamente por funcionarios, pues su determinación es compleja, depende de múltiples factores difíciles de prever y es el precio que vincula las distintas productividades entre países.
— La inflación interanual muestra una desaceleración, pero la variación mensual sigue estancada en niveles altos. ¿Qué factores están detrás de este “piso” en el ritmo de aumento del índice general de precios?
— Esquemas de estabilización con anclaje cambiario y apertura, como el actual —igual que la convertibilidad o la Tablita en los 70—, generan distorsiones en los precios relativos entre productores de bienes transables y no transables. El anclaje cambiario y la apertura ponen un límite a la evolución de los precios de los bienes transables, mientras ese freno no opera sobre los servicios no transables.
Así, desde el inicio del programa actual, entre diciembre de 2023 y diciembre de 2025, se observó que el precio al consumidor de los servicios se multiplicó por 1,66 respecto al de los bienes. Además, el precio al consumidor de los servicios, durante ese período, duplicó al precio interno mayorista de manufacturas. Esto crea problemas de rentabilidad en el sector productor de bienes exportables y en aquellos que compiten con importaciones, lo que explica la reducción y el ajuste del empleo en esos segmentos: en un contexto de apertura se le pone techo a los precios de los transables mientras los costos no transables continúan en alza.
Por otro lado, ese piso inflacionario se explica, además de por la inercia de precios y el ajuste de ciertos precios relativos, por la recuperación en la segunda mitad del año del tipo de cambio que había quedado excesivamente atrasado.
— ¿Cuál es el margen para continuar bajando la inflación sin un ajuste fiscal o monetario adicional?
— Me inquietan más los efectos de un programa antiinflacionario que sea inconsistente con el equilibrio externo y la dinámica productiva que una desinflación más lenta. No creo que la economía no pueda crecer con tasas de inflación del 2% mensual, al igual que antes no podía sostenerse con la dinámica de precios previa a la actual administración.
“Considero una victoria pírrica ganar en desinflación a costa de un tipo de cambio más apreciado con tensión externa y/o destrucción de capacidades productivas y mayor desempleo”
Por ejemplo, considero una victoria pírrica alcanzar la desinflación a costa de un tipo de cambio más apreciado que genere tensión externa y destrucción de capacidades productivas y mayor desempleo.
— El Gobierno busca avanzar con el acuerdo Unión Europea-Mercosur y también con Estados Unidos. ¿Qué beneficios concretos podrían traer estos acuerdos para la economía argentina?
— Del acuerdo con Estados Unidos no conocemos los detalles y lo divulgado por la Casa Blanca apunta a un convenio algo desequilibrado. Es llamativo que los sectores productivos no hayan sido consultados durante negociaciones que los afectan. Sería una lástima desaprovechar una oportunidad de esa magnitud.
En cambio, el Acuerdo Unión Europea-Mercosur constituye una oportunidad estratégica concreta, tras más de 30 años de negociaciones. No sostengo que la apertura comercial por sí sola sea la vía del desarrollo, sino que los mercados ampliados, negociados teniendo en cuenta las diferencias sectoriales —como lo hace este acuerdo— y complementados con espacios de diálogo público-privado, pueden dinamizar el sector productivo.
Este acuerdo puede ordenar las reconversiones sectoriales en el marco de una apertura equilibrada que incentive al sector privado a aumentar la inversión, la productividad y la innovación mediante acuerdos empresariales con pares de Europa y del Mercosur.
— ¿Cuáles son los sectores más expuestos a la competencia de importaciones si se firman estos acuerdos?
— En cuanto al acuerdo con Estados Unidos, reitero que no conocemos sus detalles. Sobre el acuerdo con la Unión Europea, los distintos sectores negociaron plazos diferenciados para la reconversión productiva, lo que permitirá al sector privado adaptarse al desafío competitivo.
Se establece que el 87% del comercio del Mercosur se desgravará en plazos de seis a 17 años y que el 60% de las importaciones desde la Unión Europea se desgravará en plazos de entre 12 y 17 años (incluidos los dos años estimados para la entrada en vigor del acuerdo). La previsibilidad en las reglas es clave para impulsar inversiones.
En ejercicios de integración, decisiones unilaterales de ruptura comercial, como las habituales en la última década del Mercosur, perjudican la radicación de inversiones en países con mercados internos más pequeños. Se espera que la Unión Europea aporte su enforcement para el cumplimiento de los acuerdos, algo que la región no logró sostener en sus procesos de integración.
— Muchas empresas advierten sobre el alto costo argentino y la creciente competencia de importaciones. ¿Qué políticas deberían priorizarse para mejorar la competitividad?
— En competitividad, la primera condición es una paridad cambiaria realista, algo que diversas administraciones han eludido cuando les fue posible. A corto plazo, el tipo de cambio real debería considerar el costo argentino y ubicarse en un nivel que permita la expansión de las empresas productoras de bienes transables internacionalmente. Producir en la Argentina debe ser rentable.
“En el corto plazo, el tipo de cambio real debería tomar como dato el costo argentino y su nivel debería ser tal que permitiera la expansión de las empresas productoras de bienes transables internacionalmente”
La excesiva carga tributaria sobre la producción local, la falta estructural de financiamiento, los costos de transporte y logística, las deficiencias de infraestructura (física y digital) y el rezago en inversión en ciencia y tecnología son realidades concretas que, de no abordarse, amplían las brechas de competitividad de los sectores transables frente al resto del mundo.
Si tuviera que elegir un componente del costo argentino para atacar, sería sin dudas el impuesto sobre el sector transable: un tercio de la recaudación (entre 7 y 8% del PBI) proviene de impuestos muy distorsivos (Ingresos Brutos, Cheque, retenciones a las exportaciones) que no existen en el resto del mundo y erosionan la competitividad. Si en lo inmediato no fuera posible una reducción significativa de la presión fiscal global, habría que concentrar la baja en el sector transable a costa del no transable.
— ¿Puede la reforma laboral sola mejorar las expectativas y reactivar el empleo registrado, o es indispensable avanzar también en la reforma tributaria?
Más allá de la normalización de los flujos de importación —con la eliminación del viciado y kafkiano sistema de permisos— e infinitas iniciativas de simplificación administrativa emprendidas por el Ministerio de Desregulación, me permito señalar dos medidas disruptivas:
- política de cielos abiertos para la aeronavegación, que dio lugar a la aparición de las empresas low cost, y
- posibilidad de ofertar internet de modo satelital, que permite conectar regiones muy alejadas del país y mejorar el servicio en muchas otras zonas.
Todas estas políticas, ubicadas en el nivel mesoeconómico —entre la macro y la micro— son fundamentales para pavimentar el desarrollo económico, pero no sustituyen a los otros dos niveles. Deben complementarse con mejoras microeconómicas en las empresas.
Ese esfuerzo privado y las reformas solo rendirán frutos —es decir, se traducirán en más empleo y expansión productiva— si están acompañados por un entorno macroeconómico que, además de estabilidad, garantice demanda y precios relativos adecuados que incentiven la inversión y fortalezcan una internacionalización virtuosa.
— ¿Cuáles son los principales desafíos y oportunidades que enfrenta la economía argentina en el nuevo escenario internacional?
— Argentina está experimentando un cambio estructural en su desempeño exportador por el impacto del sector energético impulsado por Vaca Muerta. Este año las exportaciones energéticas cerrarán en récord, al igual que el saldo de la balanza energética, que superó los 7.000 millones de dólares, cifra que contrasta con el déficit de 6.500 millones de 2013.
“Las reformas solo darán frutos si son acompañadas por un entorno macroeconómico que, además de estabilidad, provea de demanda y precios relativos que incentive la inversión”
También las exportaciones primarias crecieron 20% en dólares en el año y las cantidades alcanzaron niveles récord. Sin duda son buenas noticias que muestran los resultados de una política de Estado en materia energética y el desarrollo de infraestructuras relacionadas.
El problema es que, al mismo tiempo, persiste el estancamiento en los complejos de manufacturas tanto de origen industrial (MOI) como agropecuario (MOA). En términos generales, el desempeño exportador industrial refleja la pérdida de competitividad que amenaza la supervivencia del tejido productivo y se refleja en una caída de las exportaciones de MOI.
Las exportaciones de productos industriales (MOA y MOI) se ven además perjudicadas por el mantenimiento de retenciones y la no devolución de impuestos, IVA y reintegros. Según cálculos de la Cámara de Exportadores, lo que el Gobierno nacional adeuda a los exportadores por estos conceptos es un monto cercano al superávit fiscal.
Al comparar este cuadro con la dinámica importadora, se observa que las importaciones crecieron con más intensidad que las exportaciones, también impulsadas por las cantidades. Tanto es así que, en 2025, las importaciones, en cantidades y en porcentaje del PBI (en dólares constantes), alcanzaron un máximo histórico. Este desfase anticipa tensiones: aunque el saldo comercial permanezca positivo en el acumulado del año, la aceleración importadora lo erosiona.
— ¿Qué expectativas tiene para este año en materia de actividad, inflación y acumulación de reservas?
— Proyecté un aumento del PBI del 3% y una desaceleración de la inflación hasta 24%. En cuanto a la acumulación de reservas internacionales, resulta difícil estimarla con razonabilidad porque será la resultante de la evolución de múltiples variables (superávit en cuenta corriente, ingreso de capitales financieros y de inversión extranjera directa y demanda de dinero) en un contexto internacional muy volátil y parcialmente dependiente de decisiones de política económica que aún no están claras.
“Según la CERA, lo que el Gobierno nacional adeuda a los exportadores por por el mantenimiento de retenciones y la no devolución de impuestos, IVA y reintegros es un valor cercano al monto del superávit fiscal”
Me refiero especialmente a si el Gobierno priorizará la acumulación de reservas y, de ser necesario, si abandonará el esquema de bandas o permanecerá atado a él a pesar de su inconsistencia con la acumulación de reservas.
— ¿Una reflexión final?
— Está claro que Argentina no puede funcionar solo con los sectores primarios: agropecuario, petróleo y gas y minería. No solo no puede, sino que además no es deseable. Somos una economía de tamaño medio, con 46 millones de habitantes y un territorio vasto, que ha desarrollado un tejido productivo diverso.
Necesitamos sostener y expandir nuestra industria por razones de empleo, innovación tecnológica y seguridad de abastecimiento. Sería un contrasentido histórico permitir la destrucción de nuestro desarrollo industrial cuando la potencia emergente China muestra la importancia de la industria y Estados Unidos reconoce el grave error de haber perdido su base productiva en los 90 por el offshoring.
El Gobierno debería abrir un diálogo con las distintas cadenas de valor para comprender las problemáticas específicas de cada sector y ayudar a superar los cuellos de botella existentes que traban la competitividad.
De esos diálogos deberían surgir el diseño y la implementación de políticas activas que contribuyan a la competitividad, más aún en un momento en que debemos evitar que los sectores productivos queden rezagados frente a la nueva fase de la revolución industrial impulsada por la digitalización y la inteligencia artificial.
“El Gobierno debería abrir un diálogo con las distintas cadenas de valor para entender las problemáticas específicas de los distintos sectores y ayudar a superar cuellos de botella”
También es necesaria una política pragmática de administración del comercio exterior, atendiendo principalmente a la emergencia disruptiva de las importaciones provenientes de China.
La falta local de estas políticas se ve agravada por las enormes inversiones que gobiernos de todo el mundo están llevando adelante en una clara revalorización de las políticas industriales.
No hay que olvidar que la destrucción de activos y capacidades productivas no permite una reasignación eficiente de recursos ni la creación de nuevas actividades como lo presentan algunos manuales de economía: genera pérdida de empleo y chatarra productiva, porque el capital no es plastilina y las habilidades de los trabajadores son específicas, no universales.
Fotos: Gustavo Gavotti
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