
Enero suele venderse como un paréntesis en la política argentina: despachos vacíos, teléfonos en silencio y una calma aparente que solo existe para quienes miran desde afuera. Puertas adentro, la lógica es otra. Este 2026 confirma que, aun con el Gobierno “en modo vacaciones”, la rosca no solo sigue viva sino que se recalienta, se reordena y deja señales que conviene leer con atención.
La Casa Rosada tiene menos movimiento visible, pero no menos poder en ejercicio. Javier Milei no se toma vacaciones formales y mantiene un control obsesivo sobre dos ejes que atraviesan toda la agenda: la economía política doméstica y el frente internacional. En ese esquema, Venezuela ocupa un lugar central. La caída del régimen de Nicolás Maduro y la situación del gendarme argentino Nahuel Gallo no son solo un tema humanitario o diplomático: funcionan como un factor de alineamiento geopolítico que Milei considera estratégico para consolidar su perfil internacional.
En ese punto aparece un actor clave que trabaja lejos de los flashes pero no de las decisiones: Pablo Quirno. El canciller no se tomó descanso y mantiene una agenda intensa de comunicaciones con Washington. En especial, con Marco Rubio, una de las figuras más influyentes del ala dura republicana en política exterior. Los intercambios no son protocolares: se habla de Venezuela, del rol de la Argentina como socio confiable en la región y de la necesidad de mostrar previsibilidad política en un año legislativo clave. Quirno sabe que, para Milei, el vínculo con Estados Unidos no es decorativo sino estructural, y actúa en consecuencia.

Ese alineamiento tendrá una postal fuerte en los próximos días. Milei viajará la semana próxima al Foro de Davos, donde volverá a presentarse como el outsider convertido en jefe de Estado. Allí podría cruzarse con Donald Trump, un encuentro que, aun informal, funcionaría como señal política en clave global. Para el Presidente argentino, Davos no es solo una vidriera económica: es un escenario simbólico donde reafirma su identidad ideológica y su pertenencia a un bloque internacional que desafía al multilateralismo clásico.
Y el frente internacional convive en paralelo con una escena doméstica igual de intensa. Karina Milei sigue instalada en Buenos Aires, controlando el pulso político diario; Manuel Adorni opera desde su casa, pero convoca a la primera mesa política del año con un objetivo claro: ordenar la previa de la reforma laboral que el oficialismo quiere llevar al Senado en febrero. Allí, Patricia Bullrich vuelve a ocupar el rol de espada legislativa, con la experiencia suficiente para moverse en un Congreso fragmentado y áspero de cara a las reformas a tratarse en febrero.
Allí aparece otro nombre clave del verano: Diego Santilli. Desde el Ministerio del Interior, Santilli inició una gira discreta pero intensa por las provincias para negociar apoyos. La misión es compleja: no se trata solo de convencer sobre la “modernización laboral”, sino de administrar un conflicto fiscal de fondo. El artículo 191 del proyecto, que reduce alícuotas del Impuesto a las Ganancias para sociedades, encendió todas las alarmas entre los gobernadores.

Los números circulan rápido. Informes elaborados por referentes del peronismo, como Guillermo Michel y Jorge Capitanich, llegaron a los despachos provinciales con cálculos crudos: la rebaja beneficiaría mayormente a unas 144 grandes empresas y provocaría una caída significativa en la recaudación de un impuesto coparticipable. Traducido a la política real: menos dinero para las provincias. Las estimaciones hablan de pérdidas de varios billones de pesos anuales, con impacto directo sobre el corazón del federalismo fiscal.
En charlas informales, mandatarios de distintos signos políticos coinciden en el diagnóstico, aunque no en la estrategia. En Córdoba, Martín Llaryora dejó trascender su rechazo al artículo tal como está planteado. En Salta, Catamarca y Chubut el malestar es similar. En Santa Fe, Maximiliano Pullaro evalúa un escenario más pragmático: la provincia está ordenada fiscalmente y algunos sectores del gabinete ven en la baja de Ganancias un posible estímulo económico. No hay bloque homogéneo, pero sí una advertencia compartida: sin compensaciones, no hay votos.
Santilli escucha, toma nota y mide. Sabe que el artículo fiscal puede convertirse en moneda de cambio, pero también que sin los gobernadores no hay ley posible. Por eso, su gira no busca cerrar acuerdos inmediatos sino tantear el ánimo, identificar líneas rojas y detectar dónde hay margen para negociar. En paralelo, los gobernadores reciben llamados de la CGT, que intenta amortiguar los efectos de la flexibilización laboral. El sindicalismo no apuesta a voltear la reforma completa, pero sí a recortarla. Y en ese juego, los mandatarios provinciales vuelven a ser árbitros.

En paralelo, Mario Lugones pelea con Axel Kicillof y la provincia de Buenos Aires por deudas hospitalarias y el área de Seguridad mantiene actividad constante. El mensaje interno es claro: quien pueda tomarse vacaciones, que lo haga, pero sin desconectarse del todo. El poder no espera.
Activo también el asesor presidencial Santiago Caputo. El principal estratega del Presidente sigue entrando casi a diario al primer piso de Balcarce 50 y, cuando baja a la costa, no lo hace como turista sino como operador. Su aparición en Pinamar, con nuevo look incluido —rapado casi quirúrgico con picos definidos— no pasó inadvertida. En política, incluso el corte de pelo comunica.
La foto junto a Cristian Ritondo, jefe del bloque PRO en Diputados, fue leída como lo que es: una señal de sutura. Ritondo viene de un choque frontal con Martín Menem por el reparto de cargos en la Auditoría General de la Nación, con acusaciones de pacto con el kirchnerismo e incluso una denuncia judicial. Caputo, que mantiene una relación tirante con Menem, eligió mostrarse del lado de Ritondo en un momento sensible. No hubo discursos ni comunicados, pero el mensaje fue inequívoco para quienes frecuentan los pasillos del poder.

La lógica es tan antigua como eficaz: en un sistema político inestable, los alineamientos se reconfiguran por antagonismo. Los enemigos de mis enemigos son mis amigos, y en este verano libertario la máxima parece más vigente que nunca. Caputo entiende que, con una agenda legislativa ambiciosa y un oficialismo sin mayoría propia, cada puente cuenta. Ritondo, por su parte, necesita mostrar que sigue teniendo diálogo directo con el núcleo duro del poder presidencial.
El trasfondo es aún más profundo. Caputo sigue siendo un actor central sin cargo formal, con influencia en áreas sensibles del Estado y vínculos aceitados con empresas estratégicas, pero sin firma que lo exponga. Esa ambigüedad —que en su momento generó fricciones con Guillermo Francos— es parte de su fortaleza: poder sin desgaste institucional, estrategia sin costo directo.
Así, mientras la Argentina se distrae con playas, calor y recesos administrativos, el poder real se mueve. Hay llamados que no se anuncian, encuentros que no figuran en agenda y fotos que dicen más que mil comunicados. Enero, lejos de ser un mes muerto, funciona como un laboratorio silencioso donde se prueban alianzas, se curan heridas y se afilan estrategias. En este 2026, la política argentina vuelve a demostrar que no descansa: solo baja el volumen para escuchar mejor.

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