Domingo, 1 de febrero de 2026   |   Nacionales

El caso Rocca desnuda la cobardía política de la Argentina

El caso Rocca desnuda la cobardía política de la Argentina

No se trata de que Javier Milei tenga la intención de destruir la industria nacional.

Eso es apenas la consecuencia de su apertura indiscriminada de importaciones, que, junto con la caída del consumo interno, en estos dos años ya provocó el cierre de 21 mil empresas y la pérdida de 270 mil empleos, según datos oficiales.

De ese modo, la destrucción industrial aparece como un daño colateral de un supuesto proceso virtuoso del libre mercado global, donde países más desarrollados compiten con las firmas de una Argentina empobrecida.

Es el modelo que Donald Trump viene intentando revertir: abandonar la lógica librecambista y aplicar duras trabas para proteger a las empresas y al empleo estadounidense.

Milei anti-Trump. Milei actúa en sentido opuesto. Por eso resulta un aliado conveniente para Estados Unidos: allí se cierran las importaciones; aquí se les abren las puertas.

Si Trump fuera argentino, Paolo Rocca lo elegiría para protegerse de la avanzada china y de otros competidores poderosos. En cambio, debe conformarse con un presidente al que apoyó y que ahora lo desprecia e insulta.

Milei no cambió: sigue siendo el anarcocapitalista de la campaña que busca llevar a la práctica su promesa de eliminar un Estado que intervenga en los conflictos entre países, empresas y ciudadanos.

Ante la derrota de Techint frente a la india Welspun en la provisión de caños para un gasoducto desde Vaca Muerta, Milei celebró las reglas del mercado internacional abierto que proclama. Que haya o no habido dumping, como sugiere la multinacional argentina, es un problema solo para quienes no comprenden que —para un libertario como Milei— cualquier herramienta vale si sirve para competir y ganar mercados.

Es cierto que a su ideología le suma su acostumbrada falta de respeto hacia quienes piensan distinto, ya sea el mayor empresario del país o los economistas y periodistas “ensobrados y operadores”.

Es la coherencia dramática que esta columna siempre le ha reconocido.

Si Milei hubiera intentado presionar para revertir la decisión del consorcio comprador de los caños, o se hubiera quejado tras el resultado del concurso, entonces sí habría llamado la atención por un giro ideológico. De igual forma, si hubiera expresado su satisfacción por la licitación sin insultar a nadie, también habría sorprendido.

Pero Milei sigue siendo el mismo, pese al shock que sus ataques provocaron en el establishment.

El mismo que les dijo a la cara lo que iba a hacer, con la misma virulencia verbal de ahora; el mismo al que una parte del empresariado aplaude en cada evento en que se burla de otros empresarios, políticos, economistas y periodistas.

Y es el mismo ante el cual otros empresarios solo critican en privado por temor a incomodarlo.

El silencio. Cada vez que, en estos dos años, se preguntaba en ese establishment por qué celebraban a un hombre que les prometía ir en contra de sus intereses o por qué no criticaban en público lo que pensaban en privado, la respuesta era la misma: veían al Presidente como un líder disruptivo capaz de impulsar transformaciones liberales que los beneficiarían a ellos y al país, además de ser conscientes de su baja tolerancia hacia ideas ajenas.

Creer que Milei era liberal y republicano fue el justificativo con el que se convencieron de que aplaudirlo o silenciar las críticas era lo mejor.

El error siguiente fue suponer que podían cambiarlo o controlarlo.

Por eso, el “Don Chatarrín” cayó como una bomba entre familias y organizaciones empresariales. El grupo Techint es el mayor empleador privado del país (25 mil trabajadores en forma directa, unos 80 mil incluyendo las pymes de su entorno). Que la única reacción del círculo rojo haya sido la carta del titular de la UIA, Martín Rappallini, sobre el rol de los empresarios —sin aludir a los agravios y cuatro días después del primer ataque— es una señal inequívoca del desconcierto y del temor que cunde en esos sectores.

El resto fue silencio. No hubo figura relevante del empresariado ni del mundo económico que saliera en defensa del mayor empresario nacional. Ni siquiera la política intervino: una ingratitud manifiesta frente a un grupo que históricamente aportó dinero a las campañas de los partidos tradicionales. También lo hizo con La Libertad Avanza.

La falta de solidaridad contrastó con un Milei que volvió a atacar a Rocca otras dos veces. En la última llegó a replicar en sus redes, sin presentar pruebas, la acusación de que el dueño de Techint había estado involucrado en una operación para derrocarlo: “Jubilate, tano. Perdiste”, terminaba el mensaje difundido por Milei.

La crisis. Detrás de los ataques oficiales y del malestar empresarial subyace la crisis económica.

La semana pasada se conoció el último informe de la consultora Equilibra. Señala que la actividad económica está estancada desde el tercer trimestre de 2023, que solo se expandieron 19 de los 55 sectores productivos y que las importaciones de origen chino crecieron por sobre las demás, en especial después de las restricciones arancelarias de Trump al gigante asiático.

Según los últimos datos interanuales del Indec, la industria retrocedió un 8,7% y la construcción un 4,7%. La caída afectó a 15 de los 16 sectores de la industria manufacturera. En textiles, automotores y productos metalmecánicos la retracción se acerca o supera el 20%. El consumo cayó un 1,4%. Todo en comparación con un 2024 ya en baja en su actividad económica. La industria, la construcción y el comercio explican casi el 50% del PBI nacional.

Más allá de los debates genuinos sobre por qué Techint perdió esa obra (¿precios excesivos?, ¿dumping indio?, ¿materiales subsidiados provistos por China?) o sobre si el Estado debe intervenir en defensa del trabajo nacional, lo llamativo es la soledad que rodea a uno de los hombres más poderosos del país.

Ni siquiera los medios y periodistas más vinculados a él salieron en su defensa. ¿Qué hubiera pasado si la ofensa hubiera provenido de otro presidente; Cristina Kirchner, por ejemplo? ¿O es que el temor que hoy les infunde Milei es superior al que sentían en los años duros del menemismo y del kirchnerismo?

En la misma lógica de naturalizar o silenciar los desbordes presidenciales, casi pasó desapercibido que el Poder Ejecutivo decretó que 2026 será denominado en todos los documentos públicos como el “Año de la grandeza”.

Naturalizar lo ridículo. Es la contradicción que se mencionó en una columna anterior entre el Milei anti-Estado y el Milei estatista.

Así como refuerza al Estado en materias como seguridad, espionaje y control mediático, también lo hace avanzando con la simbología de lo público sobre el calendario. Al igual que hacen los gobiernos estatistas que él tanto detesta. Como el norcoreano Kim Jong-un (“el Año de la prosperidad”, “el Año de la gran victoria”), la Cuba de los Castro (“el Año de la solidaridad”, “el Año del esfuerzo decisivo”) o la Venezuela de Maduro (“el Año del Comandante eterno” o “el Año de la ofensiva revolucionaria”).

Por oportunismo o cobardía, cuando los gobiernos se sienten empoderados, incluso sus mayores ridiculeces son aplaudidas o silenciadas.

Hasta que, algún día, se recuerdan.

Todas juntas.

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