
VENADO TUERTO.- En un contexto de recuperación productiva y con mayor previsibilidad económica, el agro argentino enfrenta tres desafíos clave para consolidar una nueva etapa de crecimiento: más competencia en biotecnología, menor presión impositiva —con especial foco en las retenciones— y un clima que, como siempre, puede inclinar la balanza para bien o para mal. Así lo planteó Manuel Rosasco, gerente general de Stine Argentina, una empresa de semillas de origen estadounidense, al analizar el momento del sector y las condiciones necesarias para dar el salto en productividad.
“A nivel mundial el mercado de semillas está bastante estable. Venimos de un muy buen año de Estados Unidos, de lo que fue la cosecha”, señaló a LA NACION. En la Argentina, describió un comienzo de campaña prometedor, con “una siembra increíble al inicio”, aunque luego impactó “ese famoso soplete de enero que bajó la estimación que había a cosecha”.
Pese a ese ajuste climático, Rosasco se mostró optimista. “Si el año pasado lo consideramos creciente y mejor de lo que veníamos, a este año lo veo un escalón también más arriba, hablando de los dos principales cultivos que son soja y maíz”, afirmó.
Durante la recorrida técnica, al pasar por el galpón explicaron los procesos operativos: allí se clasifican, se limpian y se ensoban las semillas.
Mirando al mediano plazo, anticipó un panorama favorable si se profundizan cambios estructurales. “Para el ciclo 26-27 veo, no solamente para la firma, sino para el mercado argentino, una proyección totalmente positiva en cuanto a regulaciones y en sacar el pie arriba al productor por el lado de retenciones y carga impositiva, porque son factores fundamentales para que el productor pueda apostar a maximizar su rendimiento”, sostuvo.
Para el ejecutivo, una menor presión fiscal es condición necesaria para que el productor pueda decidir con más libertad. Consideró que la carga impositiva y las retenciones afectan directamente la posibilidad de invertir en genética y en manejo. En ese sentido, resaltó la importancia de la competencia. “Se necesita competencia para crecer, no importa el rubro que estés. Si no te estás midiendo de forma competitiva para mejorar, estás quedando pasos atrás”, advirtió.
Una semillera muestra la cocina de su mejoramiento genético
La discusión sobre el régimen de propiedad intelectual es otro punto central. Recordó que “la Argentina se rige por UPOV 78” y que “ahora se está charlando y ya se habla mucho para ingresar a UPOV 91”. La UPOV es la Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales para la protección de la propiedad intelectual en semillas a la que la Argentina se adhirió en 1994.
Según explicó, este cambio “promueve mucha más fortaleza para el Inase, para acompañar toda esta penetración de nuevas biotecnologías en el mercado y mucha más protección frente al mejoramiento genético y a la propiedad intelectual”. Incluso con acuerdos privados vigentes, sostuvo, avanzar en esa actualización “influye para mejor un 100%, porque hoy se necesita del músculo público para que penetre más rápido la biotecnología y la inversión en la Argentina”.
En la actualidad, describió, el nivel de adopción es limitado. “Estamos en un 32% de penetración de una única biotecnología presente. Es necesario que el productor se dé cuenta de que si no valoriza la propiedad intelectual, la inversión nunca va a aparecer”, planteó.
La meta es ambiciosa. “Para el 2030, hay una proyección de crecer al 60%. El objetivo es poder estar arriba del 60% de la penetración de la semilla Enlist que hoy es la única plataforma de biotecnología presente en soja”.
En su diagnóstico, la Argentina quedó rezagada frente a competidores regionales. “Estamos muy atrasados con respecto a otros países productores porque no tenemos competencia de biotecnología en soja. Si uno no tiene competencia, no crece y se estanca en un punto donde solamente se mide con lo poco que tiene”, afirmó.
Puso como ejemplo el caso brasileño. “Brasil nos fue superando porque pudieron y pueden capitalizar la inversión”, señaló, al explicar que ese país logra reinvertir en tecnología y manejo a partir del volumen de semilla comercializada.
Más allá de la genética, el atraso también alcanza al equipamiento. “La Argentina no flaquea solamente en tecnología para el productor; flaquea en todo tipo de tecnología para el manejo agrícola como ser maquinaria, riego, sensores, en todo venimos un paso para atrás”, dijo.
En ese contexto, sintetizó los tres ejes que, a su juicio, deben alinearse: “Tres cosas que le faltan al sector agropecuario para despegar en esa carrera de crecimiento productivo que son competencia en biotecnología, quita de retenciones y baja carga impositiva para que el productor pueda tomar decisiones de manejo más apretadas y, por último, el clima que es siempre el condicionante, para bien o para mal”.
El frente climático, justamente, vuelve a poner límites. Lucas Crimella, responsable de negocio soja en la Argentina y Uruguay, describió una campaña atravesada por contrastes. “Fue un año con un punto de partida en principio algo complejo, pero con buenas recargas hídricas a nivel general que se fue complejizando con el correr de enero pasado”, explicó.
“Fue un año con un punto de partida en principio algo complejo pero con buenas recargas hídricas a nivel general que se fue complejizando con el correr de enero pasado”, explicó Crimella
Alertó que en la actualidad “hay zonas con una situación hídrica que empieza a despertar varias alarmas, tanto maíz temprano como tardío, incluso para la soja”. Según indicó, “una porción importante de la superficie agrícola ya está pagando un peaje bien costoso”.
En esta campaña la firma apunta a realizar 130.000 cruzamientos de soja, con un objetivo de 10.000 nuevas combinaciones genéticas por año, y un volumen total cercano a 180.000 variedades sembradas entre Venado Tuerto y Tucumán
En la zona núcleo propiamente dicha anticipó una caída de rindes. “Va a haber una merma tanto de maíz como de soja, que la vamos a conocer realmente cuando se arranque la cosecha en alrededor de dos meses”, afirmó.
En paralelo a este contexto productivo, la compañía abrió las puertas de “El campito”, su centro de investigación en Venado Tuerto en un evento que reunió a más de 700 productores. “Lo que hacemos es abrirles las puertas del semillero, mostrar la cocina del trabajo y qué se necesita para posicionar un híbrido de maíz, una variedad de soja a escala comercial, en cinco a siete años”, explicó Rosasco.
Allí detallaron el proceso que implica miles de cruzamientos y evaluaciones. “El competidor que tiene la compañía es el tiempo, es decir que esa semilla llegue lo antes posible a destino para que la puedan preparar y pueda sufrir lo que necesita en cuanto a procesos y programa de mejoramiento”, describió.
Según dijeron, en esta campaña, apuntan a realizar 130.000 cruzamientos de soja, con un objetivo de 10.000 nuevas combinaciones genéticas por año, y un volumen total cercano a 180.000 variedades sembradas entre Venado Tuerto y Tucumán.
En paralelo, el programa de maíz, con 75 personas dedicadas, destacaron, ya alcanzó más de 290.000 polinizaciones, sobre híbridos de todos los ciclos. A esto se suma una red de más de 100.000 parcelas en evaluación en casi 40 localidades, que validan a campo el diferencial de cada avance genético.
“En el galpón de proceso, recibimos y acondicionamos la semilla para exportar entre 2000 y 3000 toneladas a Estados Unidos, Brasil, Guyana o Puerto Rico, para que siga el programa de mejoramiento. Necesitamos que la semilla llegue lo antes posible para que pueda atravesar los procesos, tomar datos, descartarse, seleccionarse o generar nuevos cruzamientos”, dijo Rosasco.
En la salida a campo la compañía mostró cruzamientos de soja y maíz
En los primeros estadios, detalló, se aprovecha Guyana, cercana a la línea del Ecuador, para hacer dos siembras y cosechas para luego volver para el siguiente verano de la Argentina: “Si se envía en barco tarda alrededor de un mes, mientras que en avión, en seis a ocho días después de la cosecha ya está en destino. Ese movimiento es uno de los mayores costos del semillero: hoy el barco cuesta entre US$3,3 y US$3,6 por kilo, y el avión entre US$13 y US$14. Todo hay que llevarlo a kilos y a costos”.


