Si el clima sigue acompañando, en la campaña 2025/26 la oferta de granos podría alcanzar 59 millones de toneladas de maíz, 49 millones de soja, 27 millones de trigo, 6 millones de girasol y algo más de 4 millones de sorgo. En conjunto, la cosecha se estima cercana a los 145 millones de toneladas, una producción de gran envergadura.
La alta producción de trigo deprimió los precios durante la cosecha, y los pases del mercado en el primer semestre anticipan una mayor presión a la baja en las cotizaciones por la abundancia de mercadería frente a la demanda.
La historia puede repetirse con maíz y soja si se confirman las proyecciones de Argentina y Brasil, que sumarían más de 400 millones de toneladas. Consecuencia: en la Argentina el escenario más probable es una tendencia bajista de los precios si no se producen cambios en la demanda interna y de exportación. Es decir, hoy la agroindustria local no está preparada para absorber volúmenes productivos de la magnitud prevista.
En la Argentina no se presta la debida atención a uno de los dos factores claves del comercio de granos: la demanda. Habitualmente, los analistas se enfocan en la evolución de la oferta y sus variaciones hacia arriba y hacia abajo, pero no otorgan la misma importancia al comportamiento de la demanda. En el país, por ejemplo, no existen datos detallados del consumo de maíz “tranqueras adentro” para alimentación animal; sólo estimaciones groseras. Primera luz roja. Hay que cambiar esa falta de atención a la demanda.
Una salida posible frente a este panorama de precios deprimidos por la hiperproducción de granos es el aumento de la demanda desde la ganadería vacuna y porcina. Esos sectores pueden absorber una parte de la gran cosecha que se avecina, pero no podrán asimilar todo el incremento productivo. Segunda luz roja.
Una salida posible ante ese panorama es aumentar la demanda de la ganadería vacuna y porcina
Entonces surgen los biocombustibles para evitar la tercera luz roja. El corte de bioetanol y biodiésel en la Argentina es sensiblemente menor que en los países limítrofes. En la Argentina sólo se incorpora 7,5% de biodiésel en el gasoil y 12% de etanol en las naftas, frente a 15% y 30% en Brasil y porcentajes mucho más altos en Suecia, Indonesia y Países Bajos.
Cortes de biocombustibles en distintos países
Actualmente, sólo una parte muy reducida de las cosechas locales de maíz y de soja se destina a “combustibles verdes”: 3 millones de toneladas de maíz se usan para fabricar etanol y 12 millones de soja se destinan a biodiésel. Como contrapartida, Estados Unidos dedica más de 100 millones de toneladas de maíz para producir etanol, lo que representa más del 30% de la cosecha. En la Argentina hay ocho plantas de etanol funcionando versus 25 de Brasil y casi 200 en Estados Unidos. En la ecuación de los biocombustibles también hay que considerar al sorgo granífero, un cultivo que es fuente importante para las plantas productoras de bioetanol en Brasil.
¿De qué manera podría desarrollarse el proceso de ampliación de la demanda de maíz, sorgo y soja para producir energía? El camino que ya han tomado con éxito otros países es ampliar la capacidad instalada para el procesamiento de granos. La Argentina cuenta con suficiente capacidad de molienda de soja, pero no con la industrialización masiva de maíz ni de sorgo. Por ello debería promoverse la instalación de nuevas plantas de bioetanol en las principales zonas productivas (Córdoba, Santa Fe, NEA, NOA), tal como ya está ocurriendo con el girasol.
Pero eso no se consigue con voluntarismo. Para avanzar en esta dirección y evitar otra luz roja será necesario modificar la Ley de Biocombustibles, a fin de incrementar los niveles de corte en naftas y gasoil y generar un incentivo concreto para procesar los excedentes de producción que se prevé obtener.
En la Argentina hay ocho plantas de etanol funcionando, frente a 25 de Brasil y casi 200 en Estados Unidos
La producción de biodiésel ha atravesado numerosos desafíos en los últimos años, marcada por regulaciones, intervenciones y precios políticos que respondieron a intereses diversos. En algunos momentos la rentabilidad de la actividad fue negativa. Sin embargo, de cara a 2026 no hay dudas de que será rentable si se consideran los precios del petróleo previstos para ese año.
En síntesis: la Argentina tiene que evitar que la única salida para los excedentes del consumo interno sea la exportación de granos sin procesar, a costa del desplome de precios. Eso no conviene ni a los productores ni a las cuentas del país. Hay que agregar valor en origen aprovechando la demanda interna y externa por biocombustibles. Todos los gobiernos –y por lo tanto sus representantes– están de acuerdo con ese objetivo superior de agregar valor.
Se dice con frecuencia que el país necesita aumentar la producción y la exportación de granos. Pero, sin planificación, ese proceso puede desembocar en una caída de los precios percibidos por los productores; sería lo más parecido a dispararse un tiro en el pie. En estos casos, la inercia es mala compañera de ruta. El primer paso para gatillar un cambio positivo sería instalar, cuanto antes, la necesidad de cambios en la Ley de Biocombustibles en el nuevo Congreso que comenzó a deliberar en diciembre. Eso puede ser el pararrayos para enfrentar, mejor pertrechados, la tormenta que se pronostica por la supercosecha.
El autor es gerente general de la consultora AZ-Group




