Martes, 3 de febrero de 2026   |   Nacionales

Día 785: Milei enfrenta a ‘el viejo’ y aviva la grieta política

La idea de que lo nuevo es siempre mejor y lo viejo un estorbo atraviesa revoluciones, ideologías y épocas. Ahora, en la Argentina actual, el presidente retoma ese discurso al presentar la juventud y la ruptura como virtudes, mientras convierte a lo viejo en sinónimo de fracaso.
Día 785: Milei enfrenta a ‘el viejo’ y aviva la grieta política

“Jubilate Tano”, le retuiteó Milei a uno de los más importantes empresarios de la Argentina: Paolo Rocca, titular del grupo Techint, a quien además lo apodó: “Don Chatarrín de los tubitos caros”. La idea de “jubilate” como insulto se suma a una noción extendida en el Gobierno: lo viejo es malo, es obsoleto. Milei arma su relato a partir de lo que afirmó en el spot con el que llegó a la Presidencia: él sería un “punto y aparte”, el líder de una refundación. En esa línea, para el Presidente la decadencia argentina empezó con la Ley Sáenz Peña y el arranque de la democracia hace 113 años. Los responsables del fracaso que aún siguen vivos son todos losviejos meados” y rancios que deben ser combatidos por la irrupción de lo nuevo, lo disruptivo que representa él y sus militantes, fanáticos de las redes sociales que supuestamente captaron la nueva época.

Milei asocia al fracaso histórico con viejo y equipara lo antiguo con lo pernicioso. El apodo que le dedica a mi persona, “Tinturrelli”, alude a las canas y al intento de disimular el paso del tiempo con tintura; es, en definitiva, una forma de descalificar por pertenecer a ese pasado decadente que él proclama haber venido a cambiar. O la expresión “no la ven”, utilizada para descalificar a quienes no advierten el supuesto cambio histórico que encarnan los libertarios, que juega además con la idea de que los adultos mayores no ven bien y necesitan anteojos.

Sin embargo, como ocurre con buena parte del fenómeno Javier Milei, no sería descabellado suponer que su rechazo a lo viejo tiene raíces en un resentimiento profundo de su propia biografía. Las palizas, la humillación y el maltrato psicológico que Milei contó haber sufrido a manos de su padre seguramente moldearon su imagen de la adultez y la autoridad como merecedoras de odio y rabia. Si la historia de Macri y su padre Franco marcó la psicología del expresidente como la de quien busca la aprobación de un progenitor exigente, la novela personal de Milei, como diría Freud, encarna la revancha de un hijo humillado, golpeado y ridiculizado. Y podría sintetizarse como un desplazamiento de suviejoa lo viejo.

Lo llamativo del fenómeno Milei es que a menudo exhibe su mente al desnudo: sus traumas y sus efectos forman parte de su propio mito. Cuando concedió la entrevista a la que hago referencia no era diputado ni menos aún presidente; aun así, ya tenía claro que poseía una capacidad para decidir bajo presión y soportar las adversidades de la contienda política. Visto en retrospectiva, parece haberse estado preparando durante años.

En esa entrevista Milei presenta esas supuestas virtudes como el resultado de una adaptación psicológica al maltrato paterno. ¿Sería exagerado pensar que no solo su temple sino también el contenido de sus ideas provienen, en parte, de esos episodios de violencia? ¿No resulta llamativo el fervor con que ataca todo lo que considera viejo, obsoleto y decadente? Los ataques de ira poco habituales contra quienes piensan distinto, ¿son la manifestación de una intolerancia colosal o el reemplazo de una rabia primigenia dirigida al progenitor terrible?

Podrán acusarnos de psicologismo por analizar al Presidente de la Nación en televisión abierta y nuestros críticos tendrán motivos para reprocharlo. No obstante, en un momento histórico que a ratos parece una pesadilla —gobernados por un hombre con una motosierra que insulta a los “viejos meados”, ajusta a jubilados que deben dejar de tomar medicamentos y saltarse comidas, los reprime repetidamente y pretende borrar el último siglo de historia— es razonable considerar que hay un componente psicológico. Comprender algo de la mente que dirige al país es entender parte del fenómeno que hace posible su gobierno. Y si esa rabia contra lo que lo antecede está tan a la vista y caló en millones de argentinos, eso dice algo sobre nuestra sociedad.

Es decir, Milei se presenta como un político rebelde, un enfant terrible, pero ya tiene 55 años; para ese rol resulta, en cierta medida, mayor. Aun así, su enojo, su estilo rupturista y en ocasiones bizarro conectaron con la juventud, sobre todo con varones jóvenes enfurecidos por la falta de oportunidades y cuestionados por el feminismo. En términos no demasiado científicos, Milei es un pendeviejo: alguien con actitudes más propias de un menor de 35 años.

En Diario de la Guerra del Cerdo, Adolfo Bioy Casares imagina una Buenos Aires desplazada donde estalla una violencia absurda pero sistemática: los jóvenes empiezan a perseguir, humillar y asesinar a los viejos. No hay una ley escrita ni un partido que organice aquello; hay algo peor: consenso social difuso, chistes, miradas cómplices y silencios que legitiman. El odio etario se filtra en la vida cotidiana como una peste moral. El relato sigue a Isidro Vidal y su grupo de amigos mayores, que descubren de pronto que la edad —más que la clase, la ideología o la moral— se ha convertido en un crimen.

Los viejos se esconden, mienten sobre su edad y se vigilan entre sí. La vejez deja de ser una etapa biológica para convertirse en una condición política perseguible. La violencia no siempre es espectacular: muchas veces adopta formas burocráticas, vecinales, “normales”.

La novela se publicó en 1969, un año después del Mayo francés, cuando los movimientos juveniles, la contracultura y la crítica radical a la autoridad estaban en auge. Bioy —liberal clásico, escéptico, nada revolucionario— observó ese clima con lúcida desconfianza. Diario de la Guerra del Cerdo puede leerse como una alegoría del juvenilismo llevado al extremo. No es una novela de derechaen el sentido doctrinario. Bioy no defiende el orden establecido ni idealiza a los viejos; de hecho, los personajes mayores son mediocres, temerosos y a veces miserables. Lo que cuestiona no es la juventud, sino la idea de que la edad, por sí sola, legitima la violencia o el reemplazo.

En ese sentido, la novela confronta algunos pilares del 68:

– la mitología de la juventud como sujeto moral superior,

– la creencia de que lo nuevo es bueno por el mero hecho de ser nuevo,

– la idea de que destruir a los “viejos” (simbólica o literalmente) es condición para un mundo mejor.

Bioy anticipa algo inquietante: cuando una causa se define por identidad y no por ética, cualquier barbarie puede volverse justificable. Hoy lo leeríamos como una crítica temprana al viejismo, pero también como una advertencia contra toda forma de política que convierte a un grupo humano en residuo.

El viejismo —o edadismo— no es solo desprecio por las personas mayores: es una forma de organizar el mundo a partir de la sospecha hacia lo viejo, hacia lo que perdura y no se renueva. No es únicamente una discriminación social, sino una matriz cultural que asocia juventud con verdad, energía y futuro, y vejez con error, atraso y obstáculo. Esa lógica no nació con las redes sociales ni con el capitalismo tardío; tiene una genealogía política clara y moderna.

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Las manifestaciones suelen enfrentar fuerte presencia policial con vallas, hidrantes y detenciones

La Revolución Francesa fue uno de sus grandes momentos fundacionales. Allí, lo viejo no era solo el rey anciano ni la aristocracia envejecida: era el Antiguo Régimen en su conjunto. Tradición, herencia, costumbre y experiencia acumulada pasaron a ser sinónimos de corrupción. La juventud revolucionaria no se concebía como una etapa biológica, sino como una condición moral: ser joven equivalía a estar del lado de la razón y de la historia. No es menor que los principales jacobinos fueran extremadamente jóvenes: Robespierre tenía 35 años en el Terror, Danton 34 y Saint-Just apenas 26; el núcleo jacobino promediaba los treinta y pocos años. La vejez, en cambio, se sospechaba de complicidad con el pasado. No por casualidad, la revolución cambió el calendario, los nombres, los rituales y hasta la manera de medir el tiempo: había que romper con los muertos para que naciera el mundo nuevo.

La Revolución Rusa llevó esa lógica aún más lejos. El bolchevismo elevó a la juventud a sujeto político privilegiado. El “hombre nuevo” soviético debía desprenderse no solo del zarismo, sino de la memoria, la religión, la familia tradicional y cualquier forma de autoridad heredada. Aunque Lenin tenía 47 años en 1917, el núcleo bolchevique era marcadamente joven: Trotsky tenía 38, Stalin 38 y Bujarin 29; el liderazgo promediaba la treintena. Lo viejo ya no era solo conservador: era contrarrevolucionario. En nombre del futuro se legitimó el desprecio por la experiencia y, muchas veces, por la vida. El pasado no enseñaba: contaminaba.

En ambos casos, el viejismo no operó como un odio explícito a los ancianos, sino como una filosofía de la historia: la idea de un avance lineal hacia algo mejor que obliga a descartar lo que no acompaña ese movimiento. La juventud fue sacralizada como motor del progreso y la vejez degradada como freno. Esa ecuación sigue vigente.

Pero el viejismo revolucionario terminó generando su contrario. La Unión Soviética, que había apostado al futuro, acabó transformándose en una gerontocracia: en sus últimas etapas fue gobernada por líderes envejecidos, enfermos y desconectados, incapaces de imaginar horizontes nuevos. El problema dejó de ser la edad y pasó a ser la parálisis. El régimen se volvió un museo custodiado por guardianes del pasado. Cuando Gorbachov intentó rejuvenecerlo, el sistema ya estaba agotado.

Hoy el viejismo adopta otras formas. Ya no se habla de revolución sino de innovación; no de guillotina sino de obsolescencia. Pero el gesto es el mismo: lo viejo “no entiende”, “no sirve”, “no se adapta”. La política, la cultura y la economía celebran la velocidad, la novedad permanente y el descarte. En ese mundo, envejecer no es solo un proceso biológico: es quedar fuera del relato.

El problema no es reconocer el valor de los jóvenes, sino convertir a la juventud en criterio de verdad. Cuando eso sucede, la sociedad se vuelve amnésica, infantilizada y cruel. Una comunidad que rompe con sus viejos no se vuelve más libre: se vuelve más frágil. Y, tarde o temprano, cuando el futuro llegue, descubrirá que ella misma forma parte de lo viejo que aprendió a odiar.

Hoy quienes tratan a lo viejo como desecho no son la izquierda revolucionaria, sino la extrema derecha; aun así, la novela conserva toda su vigencia.

Gordo Dan
Parisini, cercano a Santiago Caputo (asesor clave de Milei), lidera el grupo junto a figuras como el diputado Agustín Romo​
Asesor presidencial: Caputo monitorea los pasos de
Caputo es aliado cercano de Daniel “Gordo Dan” Parisini, líder de Las Fuerzas del Cielo

Volviendo al siglo XX, los Camisas Negras de Mussolini también fueron un movimiento joven. Hoy Las Fuerzas del Cielo de Milei encarnadas por el Gordo Dan y otros youtubers ligados a Santiago Caputo replican una estética que mezcla vigor juvenil y agresividad masculina.

Resulta llamativo, incluso, cómo desde esos sectores atacan a los “ñoños republicanos”: el PRO, la UCR y la Coalición Cívica, fuerzas que integraban Juntos por el Cambio y que se preocupaban por los valores institucionales y el respeto a la Constitución. Precisamente, esos sectores representaban gran parte del electorado de los adultos mayores.

“Lo viejo funciona Juan”, dice un personaje de El Eternauta llamado, por una coincidencia oportuna para esta columna, Tano. Es fácil imaginar un diálogo interior entre el “Jubilate Tano” de Milei dirigido a Rocca y el “Lo viejo funciona” del Tano del Eternauta hacia Milei. En la obra de Oesterheld, los autos viejos siguen funcionando frente a la invasión alienígena. La historia reivindica lo elemental y lo tradicional frente a la amenaza externa: los autos viejos, la solidaridad vecinal y los lazos de amistad resisten frente a la fuerza todopoderosa del invasor.

La exaltación de lo nuevo como superior y la categorización de lo viejo como obsoleto es una idea que no podemos permitir que se imponga desde el poder. En primer lugar, porque sirve para justificar postulados que no son necesariamente correctos y porque habilita el descarte cruel de un sector de la sociedad; en segundo lugar, porque es una noción falsa. A veces lo nuevo no es más que una moda absurda y ridícula que no merece ser seguida; y a veces, como dice el Tano, “lo viejo funciona”.

Hace casi sesenta años nació el rock nacional con la canción “La Balsa”, de Los Gatos, escrita en el baño de caballeros de La Perla de Once, el mítico bar ubicado en Jujuy y Rivadavia en la Ciudad de Buenos Aires. Hoy allí hay una pizzería, pero una placa recuerda que en ese lugar Tanguito y Litto Nebbia compusieron el primer tema del rock nacional.

Por eso cerramos con este tema que envejeció tan bien y que dio origen a un género que sigue vigente: el rock nacional.

Producción de textos e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi

MV/ff

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