Domingo, 10 de abril de 2011   |   Municipales

Descubren firmas de grandes artistas en una pared de Paraná

Se trata de un local ubicado en Laprida 17, donde abrirá un kiosco. Habían permanecido ocultas detrás de un empapelado. Allí funcionó la redacción de la revista Orquídea, que dejó de editarse en la década de 1950.
El local, diminuto, se esconde entre grandes casonas que asoman a la ciudad en esa cuadra de calle Laprida que balconea a la Plaza Alvear. Se accede por una puerta vidriada, que ahora está empapelada, como en las vísperas: pronto allí habrá un drugstore, un negocio que antes se llamaban kioscos, pero que ahora se identifican así. La dirección exacta es Laprida 17. Es un cuarto exiguo, con una escalera que conduce a un entrepiso. Adelante, en las paredes que ahora abandonaron el empapelado que las recubría, ayer se descubrió un tesoro que había estado escondido: las paredes del local están cubiertas por dedicatorias firmadas por grandes personalidades de la cultura del país que pasaron por la ciudad en la década de 1960. Está la rúbrica de Jorge Luis Borges. El autor de El Aleph sólo firmó, está su firma sin nada más, a no ser la fecha exacta de su paso por Paraná: el 27 de julio de 1963. También, la firma de María Esther de Miguel, nacida en Larroque, autora, entre otros libros, de La amante del Restaurador; de Edmundo Guibourg, el periodista que más escribió sobre Carlos Gardel; Celina y Marta Cortázar, madre y hermana de Julio Cortázar, también estamparon sus firmas; las hay con dedicatorias esmeradas, como la de la folclorista Julia Elena Dávalos. <b>De cómo</b>El local es un sitio que guarda recuerdos e historia, pero al que la ciudad parece haberle dado la espalda. Nadie apostaría a que allí adentro, en ese pequeño espacio que pronto se convertirá en un maxikiosco, circularon grandes exponentes de la cultura nacional. De forma azarosa, un sábado por la tarde, Horacio Piceda, concejal de la ciudad, iba como tantos otros paranaenses, un sábado a la tarde, y pasó por el lugar. La curiosidad lo asaltó, entró al local, adentro había un técnico que le permitió husmear lo que desde afuera apenas se atisbaba, y no pudo evitar la sorpresa: grandes firmas estampadas en una pared que a todas luces había pasado siempre inadvertida, a la que un buen día alguien había resuelto empapelar para siempre, y sepultar los recuerdos. Las dedicatorias, todas, cada una, están dirigidas hacia una mujer, Elida Guzmán. El profesor Miguel Angel Andreetto contó de ella que integró la redacción de una revista dirigida a la mujer, y que en ese sitio exacto tenía su redacción. Orquídea se llamaba aquella publicación que se editaba, y que se imprimía en los talleres gráficos de Nueva Impresora, que funcionaron en calle Buenos Aires 20. Uno de los dueños de la imprenta fue Leonardo Brest; otro, Antonio Viña París. “Era una revista que se vendía en todos los kioscos, como cualquier revista. Yo escribí una vez un artículo sobre gramática que salió publicado en Orquídea”, recordó Andreetto. <b>De cuándo</b>En ese lugar, además, funcionó la delegación local del Fondo Nacional de las Artes, aunque después la historia sobre su destino se torna borrosa, al menos por los que siguen de cerca la evolución cultural de la ciudad. Lo cierto es que ahora el destino que tendrá es otro bien distinto, bien alejado de las letras y de la cultura, más cerca del consumo al paso. El escritor Adolfo Argentino Golz fue codirector en la última época de la revista Orquídea, y trabajó junto a su directora, María Isabel Guzmán, hermana de Elida. “Como en esa casa funcionó la redacción de la revista, todas las personalidades que llegaban de visita a la ciudad, iban y estampaban sus firmas, y sus dedicatorias. Elida los llevaba, compartían un momento, y después dejaban ese recuerdo”, contó. Golz corrigió la dirección: entonces, en la época que allí funcionó la revista, la numeración de las calles iba hasta el 50 -no llegaba al 100–y el número exacto entonces era Laprida 9. “Las dedicatorias pueden ser obra de Elida, por cuanto ella fue delegada del Fondo Nacional de las Artes, que funcionó en el mismo lugar de la revista, y por ahí pasaban personalidades que visitaban la ciudad. Y era costumbre que cada uno dejara testimonio de su paso. Eso ya se hacía en tiempos de la revista Orquídea, que cerró en la década de 1950”, recordó.

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