
Acaba de aparecer el segundo libro de la joven poeta ymodelo trans Carolina Unrein. Con el tono de diario íntimo cuenta laexperiencia de médica, hospitalaria y vital de su vaginoplastía intercalada consus recuerdos de infancia y adolescencia. Como señala Camila Sosa Villada en elprólogo, esta crónica donde el amor de la familia es un factor distintivo delas historias de generaciones anteriores, marca la gloria de una batalla quetravestis y trans vienen dando desde la trinchera contra el odio . SOY presenta,como adelanto algunos fragmentos clavede FATAL. CRONICA TRANS (Planeta) que ya está en librerías.
En el hospital
El viernes, cerca de las diez, llegaron Fidalgo y Bustos asacarme todo. Mamá y papá salieron. Me empezaron a sacar las vendas mientras yomiraba para el techo. Habían pasado siete días desde que estaba ahí, en esahabitación. Me moría de ganas de pararme, de caminar, de sentir los rayos delsol, de acariciar a mi gata. Pero todavía faltaba para eso. En algún momento mesacaron el tutor y yo no me di ni cuenta, no lo sentí. En eso, Fidalgo me dice:«Te voy a sacar la sonda, esto va a doler, pero es un segundo». ¡Tac! Fue elsegundo más espantoso de mi vida. «Está todo sequito, estás cicatrizando muybien». Me preguntaron si quería verla y dije que no, después dije que sí, perosolo por foto. Me mostraron la foto que habían sacado para su registro y ahíestaba. «No es vagina que vas a tener, ahora parece que te pasó un camión porencima, pero de a poco se va a empezar a deshinchar y va a cicatrizar bien». Yoigual ya estaba curada de espanto, me había asegurado antes de irme a operar debuscar fotos en internet de chicas que habían subido sus procesos de curaciónpara hacerme una idea de lo que me iba a encontrar. Luego me explicaron que, dea poco, a mi ritmo y sin forzar, iba a tener que intentar pararme. Que podíaser que en una hora ya estuviera regia caminando, como podía ser que me tomaratodo el día. Había estado acostada durante siete días, así que lo más seguroera que me mareara, probablemente me desmayara, pero la idea era prevenir queeso pasara. Esa fue la parte más difícil. Volver a levantarse, renacer de unamuerte, es lo más difícil de todo. Me levantaba para sentarme y me mareaba. Meacostaba, esperaba un ratito, lo volvía a intentar y pasaba lo mismo. Me podíala situación, lloraba sin parar, quería levantarme de una vez e irme.«Tranquila, Caro, tranquila, sé fuerte, ya vas a poder», me decía mamá. Leescribí a Fer, mi psicóloga, que me había estado acompañando en todo esteproceso y le dije que no estaba pudiendo levantarme.
Cuando nos levantamos, le pedí a mamá que me ayudara abañarme, era lo que más anhelaba. Tuvimos que tener cuidado de no mojar nadaentre el ombligo y la rodilla, a pedido del doctor también. Me lavé el pelocomo pudimos, las axilas, la cara, los pies. Y enjuagamos el Pervinox que mehabía quedado en todo el muslo y que me daba un terrible asco, obvio que contotal cuidado para no mojar el área operada. Me mareé un poquito porque laducha caliente te sube la presión, y creo que me volvió la sangre a un montónde lugares a los que hacía casi una semana que no llegaba. Después, también apedido del doctor, con un secador de pelo echamos aire ahí por unos segundospara que no quedara tan húmedo. Luego me sequé el pelo con la ayuda de uno deesos cepillos cilíndricos de peluquería que mamá había comprado una vez pero nohabía usado nunca. Me maquillé los labios de color rojo y me puse un pulovercitolindo. «Pero, Caro, ¿para qué te maquillás tanto si no vamos a salir a ningúnlado?». No sé por qué no entendía mi necesidad de sentirme limpia y bella eneste nuevo cuerpo, creí que era obvio. Ahora leyendo esto capaz sabés, mami.
El segundo o tercer día vinieron los docs al departamentopara ver si me estaba curando bien y presentarme al señor dilatador pequeño ysus hermanos, el señor mediano y el señor grande. Ah, porque el laburo quetenemos que hacer las mujeres trans que nos operamos es ese: dilatarnos lavagina para mantenerla abierta. El primer mes, según las indicaciones deFidalgo y si mal no recuerdo, tenía que dilatarla tres veces por día con eldilatador pequeño y el mediano, diez minutos con cada uno. Después, másadelante, incorporaría el grande y reduciría la frecuencia. De tres veces pordía pasaría a dos veces, luego una vez por día, luego cada dos por tres y porúltimo una vez por semana. Todo eso me lo indicaría bien él. Pero en esemomento me dijo que empezara con el más chico los días que estuviera ahí, parafamiliarizarme con la sensación y con todo el proceso que era presionar unminiconsolador y mantenerlo firme, sin moverlo, en una vagina recién operada.
Familiarizarme con eso fue, en parte, conocer lo que lepasaba a mi cuerpo. Era necesario estar relajada y respirar hondo para nocausar dolor y tensión innecesaria en la cavidad vaginal. Ponía un preservativoen el dilatador, por una cuestión higiénica, y un poco de lubricante. Con laayuda de un espejo, al menos las primeras veces, medía dónde estaba el agujero(porque hay chicas que por error lo ponen en la uretra) y, sin mirar (porque meimpresionaba), lo mandaba. No sentía dolor. Es una operación que, en general,se vive sin mucho dolor. La parte dolorosa y angustiante pasa por otro lado, espsicológica. Te hacés de hierro por todo lo que tenés que pasar emocionalmente.Y así fue. Con una jeringa y un poco de Furacín dos veces al día, comiditasricas, una pequeña salida a un Burguer King, un poco de tele, un par de partidasde chinchón y algunas películas los tres juntitos, los días se pasaron volando.Volvieron Bustos y Fidalgo para chequear que estuviera todo ok y como vieronque sí, nos devolvieron para Entre Ríos. Nunca sentí tanta cercanía con papá ymamá. Nunca los amé tanto. Nunca estuve tan segura de una decisión que habíatomado. Nunca tanto nada. Fue la experiencia más intensa, más dolorosa y másfeliz de toda mi vida. La repetiría una y mil veces, me iba convencida de eso.No por una cuestión sadomasoquista de querer volver a pasarla mal por los díasde internación, sino por todo lo bello que fue. (…)
15 años antes
Las infancias son complicadas, pero más lo son paranosotras, las travas, y mis hermanas maricas. Yo fui ambas. Fui una niña maricay llegué a ser una pequeña trava. Tuve distintas etapas durante mi infancia. Enun principio no me concebía como otra cosa que no fuera una nena. Me pensabacomo una, me portaba como una, me identificaba como una. Un par de años mástarde, en los juegos con mis amigas todavía no intervenidas por el espantopaterno, me llamé Jennifer, y era la hermana, la estilista, la diseñadora o lafamosa de lo que fuera que estuviéramos jugando. No sé de dónde saqué esenombre, pero me gustaba. Era estúpido y fantasiosamente yanqui y creo que mesentaba muy bien, porque creo también que, para ese entonces, ya me habíaconvencido de lo que todo el mundo parecía estar más que convencido: de que yono era, en efecto, una nena. No sé por qué no era una nena. No tenía el pelolargo como las demás, pero porque no me dejaban. No usaba el guardapolvitorosado, pero porque no estaba permitido. No me llamaba ni Caro ni Sofía niSerafina legalmente, pero en mi corazón era nada más y nada menos que Jennifer.Lo del pelo era un plato. Recuerdo el horror que le tenía a la maquinita parael pelo. Una vez me raparon la cabeza y se sintió como si me estuvieranmutilando, como si me arrancaran las plumas con pinzas o las alas que usabapara volar. «Tiene como un trauma con la maquinita», decía mi mamá en laspeluquerías, y recurríamos, por descarte, a las tijeras. Aun así, no me gustabapara nada. Tiempo después aprendí lo que era un desmechado y una tijera paradesmechar, y a pesar de que me dejaba el pelo más corto, sin entender muy bienla diferencia, iba a la peluquería y pedía un desmechado porque había algo deanestesia en la idea de pedir algo parecido a lo que pide la señora de al lado,y está bueno no sentir tanto dolor todo el tiempo. Recuerdo también que una vezen el colegio levanté con la mano uno de los mechones que tenía cerca de lacoronilla, entre los dos remolinos que tengo ahí arriba, porque era de losmechoncitos más largos que tenía y me regocijaba agarrar una porción de pelo yestirar un poco el brazo teniendo todavía en la mano dos o tres pelitos, quecuidaba como si fueran oro o espuma. Había algo en esa falsa longitud capilarque por momentos me hacía sentir un poco mejor, como si fuera otro mundo el quepodía encontrar ahí; una fracción de paz, un poco de tranquilidad frente atanto entorno basura. Por lo general, solía hacerlo frente al espejo para nosolo sentirlo, sino además verlo. La cuestión es que ese día lo hice en el aulay Lisandro, un compañero, me dijo: «Wow, Agus, qué largo que tenés el pelo.Casi sos una nena». Creo que no contesté nada, tal vez me reí un poco. Él debehaber pensado que fue por lo ingenioso de su chicana, pero si supiera… Creo queahora sí sabe. De cualquier manera, creo que todes inconscientemente lo sabían,mal que mal.
El descubrimiento
A los trece, también en internet, gracias a mi bella amigala computadora, encontré de algún modo la palabra trans. No recuerdo dónde nicómo, si fue en un video, un texto, una imagen, un tuit, un estado. Perorecuerdo enterarme de que había una ley y de que existían las hormonas.Recuerdo haber leído sobre Jazz Jennings, y en ese momento creo que tambiénestaba pasando lo de Caitlyn Jenner y un clic sucedió en mí. También recuerdohablar sobre el tema con mis amistades virtuales y pelearme con un par. Y estode ser trans, si bien traía alivio por un lado, por otro traía mucho estrés yansiedad. La angustia de zafar o pass como le dicen en inglés, de que novaliden mi identidad, de que me maten a golpes en el colegio, o de que no medejaran estudiar en paz, que al menos hasta ese momento en el aula como estabasola con mis compañeras mujeres no pasaba nada. A veces, cuando faltaba unaprofesora, mezclaban nuestra división con alguna o varias de las deelectromecánica, las de los varones, y éramos entre ochenta y cien alumnos,todos amontonados en el aula en la misma clase. Me preguntaba, en el medio deestas situaciones, ¿qué podía pasar con una pobre y pequeña trans en un espacioasí?
También me daba miedo convertirme en una Leelah Alcorn.Sabía que mis papás no me iban a mandar a terapia de conversión, o a una sillaeléctrica, o a exorcizarme, pero, no sé, el miedo de que me dejaran de abrazar,de que me empezaran a hacer a un lado, de que me negaran el amor o incluso queme echaran de casa me aterraba hasta las patas. Tenía un montón de presión enla cabeza. Y más aún para tener apenas trece años. También me cuestionaba siestaba mal lo que sentía, si no estaba enferma, porque toda mi vida me dijerony me recalcaron que eso era lo que me pasaba. Me lo dijo mi psicóloga de eseentonces, Silvia, quien lamentablemente sigue ejerciendo como profesional. Undía que estaba triste, cansada, resignada, le dije que tal vez no era trans,que tal vez me arrepentía de lo que estaba sintiendo, y su respuesta fue:«¿Viste? Me alegra mucho lo que me contás» y me dio el alta. Pero unos díasdespués la mandé a cagar y me armé de valor para contarle a mi mamá, porque yano aguantaba más la incertidumbre, no saber, no poder hablarlo, no poderdecirle cómo me sentía y tener que ocultarlo. «Mamá, soy trans». Me preguntóqué era. Le expliqué. Entendió. «Bueno, de algún modo siempre lo supimos», y meabrazó. Le conté que no aguantaba más ir a educación física con los varones, lepedí que consiguiéramos un certificado médico falso para presentar en laescuela, y ahí entendió aún más. Ella fue testigo de todas las veces que, conla cara empapada, me ponía la ropa de gimnasia y le suplicaba que me dejarafaltar. También le pedí que le contara ella a papá porque a mí me daba miedo sureacción, y que cuando fuéramos a la doctora a buscar el certificado lepidiéramos que nos dijera cómo podíamos hacer para que yo empezara a tomarhormonas. Le hablé del plan que tenía, que era esperar hasta fin de año y elaño siguiente volver al colegio con un nuevo nombre y presentarme como quería ysentía. (…)




