
“Pasamos de pedir que pare de llover a pedir que llueva”, sintetiza el productor agropecuario Carlos Grondona. En abril pasado debió cosechar maíz en un campo anegado: la cosechadora avanzaba con 30 a 40 centímetros de agua en el lote en 9 de Julio, en el centro oeste bonaerense, en una carrera contra el tiempo para no perder la producción. Hoy, apenas unos meses después, en ese mismo campo la preocupación es la inversa. “La soja está pidiendo agua a gritos”, resume.
Lo paradójico es que, hace solo unos meses, la situación fue totalmente opuesta en ese terreno. En 2025, en la zona de 9 de Julio llovió casi el doble de lo habitual. “El promedio histórico es de 800 a 900 milímetros y el año pasado se dieron unos 1600”, explica Grondona. Ese exceso condicionó toda la campaña: caminos cortados durante meses, lotes anegados y una logística muy complicada.
Su testimonio refleja lo que atraviesan muchos productores del partido. Desde la Sociedad Rural de 9 de Julio, su presidente Hugo Enríquez señala que la zona lleva casi un mes con lluvias muy escasas, más allá de registros aislados y desparejos. Hubo sectores que recibieron 30 milímetros, otros 20 y algunos apenas 7, pero el balance general es ajustado. Según explica, los cultivos aún sostienen por la humedad acumulada en el perfil, aunque esa reserva se fue consumiendo y empieza a notarse en el estado de los lotes.
El productor Carlos Grondona el año pasado en la cosecha
Gza. Carlos Grondona
En el caso de Grondona, la falta de agua comenzó a sentirse después de un inicio de campaña que parecía muy favorable. “Hasta el 31 de diciembre venía todo para récord, como el trigo, porque venía lloviendo bien para la soja y el maíz”, dice. Aunque debió sembrar unas 50 hectáreas menos de maíz y 40 menos de soja, mantenía expectativas positivas, apoyado en lo ocurrido con el trigo, que también se implantó con menor superficie —por tener cerca del 20% del campo bajo agua—, pero terminó con rindes récord.
Sin embargo, hacia fines del año pasado el escenario cambió con rapidez. Con el inicio del verano las lluvias se cortaron y enero de 2026 resulta prácticamente seco. “En enero cayeron 6 milímetros, cuando normalmente llueve algo, aunque sea poco”, describe el productor. La ausencia de precipitaciones obligó a recalcular el potencial productivo, incluso en lotes que venían con buena humedad tras un año marcado por los excesos. “Ahora no me sobra agua”, explica.
Según Enríquez, la situación empieza a generar preocupación porque en algunos lotes los cultivos ya muestran signos de estrés y se observa un leve recorte en el rendimiento esperado. A eso se suma un factor clave: “Los pronósticos de corto y mediano plazo son poco alentadores”.
Por ahora, aclara, el impacto no es generalizado y hay diferencias claras entre planteos. En maíz, los lotes sembrados temprano ya atravesaron sus etapas clave. “Los tempranos ya prácticamente se hicieron”, explica. Muy distinta es la situación de los maíces intermedios, que se implantaron más tarde y quedaron condicionados por el exceso de agua y el mal estado de los caminos. “Los intermedios, que se complicaron por la falta de piso o por los caminos y terminaron sembrándose entre mediados y fines de octubre, sí van a tener un recorte”.
Agua disponible en el suelo hasta dos metros a la semana pasada
En soja, el panorama es más heterogéneo. Enríquez apunta que, en general, los cultivos “vienen muy bien”, pero las siembras de segunda y las implantadas más tarde son las más sensibles. “Acá también se terminó sembrando en enero soja que originalmente era de primera, por cuestiones de caminos, de los lotes y del exceso de agua”, indica. En ese contexto, subraya que el resultado final dependerá de lo que ocurra en las próximas semanas: “Si llegara a darse una lluvia a principios de febrero, podría frenar ese recorte”.
Confort hídrico de la vegetación
En ganadería, en cambio, la situación es diferente. El dirigente sostiene que “la situación hoy es buena” porque en recursos forrajeros se está bien y “muchos bajos naturales se alcanzaron a recuperar“.




