
En el interior productivo argentino, donde las empresas familiares sostienen la economía real, la trascendencia suele convertirse en el desafío principal. No se trata solo de cifras, sino de garantizar la continuidad de un proyecto que nació con una generación y aspira a proyectarse hacia la siguiente. Ese escenario es habitual en empresas familiares conducidas por productores con trayectoria, que han consolidado su negocio y hoy afrontan un nuevo reto: asegurar la continuidad y el crecimiento de cara a las próximas generaciones.
A medida que las familias se amplían, también aumenta la necesidad de facturar más, ganar escala y construir una empresa capaz de sostener a varias familias sin perder competitividad. El verdadero desafío deja de ser producir y pasa a ser trascender: convertir un proyecto exitoso en una organización con futuro.
Las empresas en estas condiciones pueden dedicarse a distintas actividades agropecuarias. Pero el problema central no radica en la producción, sino en la mirada hacia el futuro. En estos casos, el riesgo rara vez está en la capacidad de generar carne, leche o granos, sino en la ausencia de una estrategia de crecimiento alineada con la nueva realidad familiar. Si la empresa no actualiza su gestión y planificación, surgen tensiones económicas que ponen en riesgo la continuidad del proyecto y acotan su potencial de desarrollo a largo plazo.
Un análisis profundo del negocio permite identificar oportunidades de transformación y crecimiento Brastock – Shutterstock
Sin embargo, la opción extrema de arrendar o vender el campo puede evitarse. En mi trabajo cotidiano con empresas familiares, un análisis profundo del negocio me permite detectar oportunidades de transformación y crecimiento. Desde esa mirada integral se pueden diseñar estrategias que fortalezcan la empresa, la preparen para una nueva etapa y alineen la producción con una visión de largo plazo. Se trata de reunir información, elaborar un nuevo plan de negocios, definir con claridad el rumbo, relevar los recursos disponibles, formar equipos y animarse a una etapa superior.
Un caso reciente es el de una familia tambera cuyos hijos y la escasa superficie propia impedían sostener a todos. Por eso propuse una medida audaz: salir a buscar arrendamientos y maximizar la eficiencia productiva.
La familia aceptó la propuesta, aun pagando valores por encima del mercado, porque entendió que sin escala no habría futuro para la empresa ni para su objetivo: construir un negocio capaz de generar ingresos razonables para que todas las familias vivan dignamente.
Arrendaron hectáreas a un vecino e iniciaron un proceso transformador. La clave fue comprender que no bastaba ampliar la superficie; era imprescindible maximizar la productividad de cada hectárea. Aplicaron técnicas agronómicas precisas, agricultura por ambientes, tecnología de procesos y un seguimiento profesional, buscando la máxima eficiencia interna.
La siembra, el monitoreo y, especialmente, la fertilización se ajustaron lote por lote, lo que permitió un salto notable: pasaron de 32.000 kilos de materia verde por hectárea a 47.000 para el silo de maíz. En los alfares llevaron a cabo nivelaciones y subsolados profundos, incrementando la productividad en un 15%. Cada mejora contribuyó a ganar escala.
Pero el cambio no vino sólo desde la agricultura. En el tambo, la familia comprendió que el verdadero diferencial estaba en los procesos. Implementaron protocolos estrictos en las guacheras, un seguimiento sanitario milimétrico y un manejo profesional de la nutrición. Los resultados fueron contundentes: redujeron la mortandad de terneras del 15 al 5%. Con mayor eficiencia y una genética de excelente calidad —que siempre existió, pero no se expresaba por no cubrirse los requerimientos— las vacas empezaron a responder. Hoy la empresa duplicó la entrega diaria de leche y crece con reposición propia, algo impensado años atrás.
La eficiencia es clave para crecer NolanBerg11 – iStockphoto
De la incertidumbre a la trascendencia. El crecimiento no sólo se reflejó en mayor producción: también posibilitó avanzar hacia un ordenamiento empresarial más maduro. La familia está dejando atrás la figura unipersonal para constituirse en una sociedad que les permita profesionalizar aún más la gestión y garantizar la continuidad cuando la generación mayor se retire.
El camino recorrido revela algo esencial: muchas veces, la diferencia entre cerrar una empresa y lograr su trascendencia no radica en grandes inversiones, sino en decisiones estratégicas valientes, incorporación de tecnología de procesos, profesionalización y la convicción de que la eficiencia es la mejor aliada cuando las condiciones externas no acompañan.
En el caso descrito, el aumento de escala se concretó mediante el arrendamiento de campos de terceros, pero no fue únicamente eso: arrendar sin eficiencia habría sido un salvavidas de plomo.
Además, existen otras vías para superar una situación de tensión familiar por estrechez de ingresos: por ejemplo, solicitar créditos para ampliar el rodeo lechero propio mediante la recría de todas las hembras de buenas condiciones.
Cada familia puede evaluar las alternativas más convenientes según su aversión al riesgo, las posibilidades de colocación local de la producción adicional, nichos explorables, preferencias personales, edades y aspiraciones. Lo importante es que todo el grupo familiar comparta la convicción de salir de la zona de confort, iniciar un camino nuevo, querer crecer y volcar toda la energía necesaria para concretarlo.
La historia de la familia tambera no es sólo un relato productivo: es un mensaje para miles de empresas familiares medianas que, en un contexto complejo, buscan sostenerse y proyectarse. Estuvieron a punto de arrendarlo todo y abandonar el negocio. Hoy, gracias a una visión compartida, un manejo profesional y un trabajo profundo sobre la escala, lograron revertir ese destino. Y, por encima de todo, alcanzaron algo aún más importante: construir un camino hacia la trascendencia.
El autor es asesor de Select Debernardi




