Domingo, 4 de enero de 2026   |   Nacionales

Ambivalencias: perfil de dirigentes argentinos que oscilan entre consenso, protesta y cálculo electoral

Ambivalencias: perfil de dirigentes argentinos que oscilan entre consenso, protesta y cálculo electoral

Detesto la crueldad de Milei hacia Lula. venezuela.phtml">Aprovechó para emitir su posición sobre Venezuela con un video que bulinea al presidente de Brasil al mostrar una foto antigua de un abrazo formal con Maduro.

Las acciones de los mandatarios deben juzgarse por sus consecuencias y no por sus declaraciones. Lula gobernó Brasil durante tres mandatos, mejorando las condiciones de vida de la mayoría de su población, acumulando reservas en el Banco Central superiores a 300 mil millones de dólares, con una macroeconomía sólida y una inflación anual de un dígito. La historia hará su balance sobre la presidencia de Milei y las consecuencias de sus políticas para la mayoría de los argentinos; pero que su primera reacción ante la acción militar de Estados Unidos en Venezuela haya sido “gozar” a Lula revela el grado de patología emocional que afecta a quien, tristemente, conduce nuestro país.

Me alegrará el fin de la dictadura de Maduro. Perfil le otorgó a Corina Machado su Premio 2024. Personalmente fui jurado del Premio Rey de España y abogué para que lo obtuviera la periodista venezolana María Angélica Correa, quien denunció la corrupción del régimen y la plasmó en el libro Crimen de Estado: a ese muchacho lo van a matar.

Cubrí en 2009 en Venezuela el conflicto que amenazaba con derivar en una guerra con Colombia, en el estado de Barinas —el equivalente para Chávez de lo que fue para el kirchnerismo la provincia de Santa Cruz—, situado al oeste del país y a pocos kilómetros de la frontera colombiana. Barinas estuvo gobernada primero por Hugo de los Reyes Chávez, padre de Chávez, durante diez años (1998-2008), y luego por su hermano Adán Chávez Frías desde 2008, reelecto por sexta (sic) vez en 2025. Comenzarán a aparecer pruebas sobre los negociados de Julio De Vido con los barcos de gas venezolano, las valijas de Antonini Wilson, la estatización de Sidor y otros casos de corrupción compartida.

Aquella Venezuela en la que Chávez todavía aceptaba la derrota en su referéndum de 2007 era una democracia autoritaria y defectuosa. El propio Estados Unidos había reconocido el triunfo democrático de Chávez en el referéndum presidencial de 2004. La Venezuela de Nicolás Maduro, en cambio, se fue transformando desde 2013, gradualmente, en una dictadura.

Es un contraste paradójico con la Venezuela del siglo XX, único país sudamericano que no tuvo dictaduras militares; en las décadas de 1970 y 1980 Caracas fue capital de los exiliados y refugio de tantos argentinos y destacados periodistas, como Tomás Eloy Martínez y Rodolfo Terragno —director del principal noticiero de la televisión venezolana—, quienes, entre otros, impulsaron el lanzamiento de El diario de Caracas.

Tuve la experiencia en 1983, cuando Venezuela me concedió el carácter de exiliado en el tramo final de nuestra última dictadura, y tras permanecer un tiempo recluido en su embajada en Buenos Aires pude volver a respirar aquella sensación de libertad por las calles de Caracas.

Parafraseando a Vargas Llosa sobre su Perú: ¿cuándo se jodió Venezuela? No fue un proceso de un día para el otro. Ese país, bendecido en la segunda mitad del siglo XX por la mayor reserva de petróleo pesado del mundo, quedó hechizado por la misma riqueza: la clásica paradoja de la abundancia o “la maldición de los recursos naturales” con su enfermedad holandesa —es más fácil importar todo lo demás— y la dependencia de la volatilidad de los precios internacionales, con abruptos ciclos de stop and go.

Como en toda discusión sobre la circularidad entre causa y efecto, se debate cuánto deterioró la política a la economía y viceversa, pero la emergencia de Chávez en 1998, tras los hechos desencadenados por las protestas sociales de 1989 (el Caracazo) —en cierto sentido comparables a nuestro diciembre de 2001— fue un síntoma claro de la descomposición que aquel gran país venía sufriendo. La cercanía a una Cuba ya sin el apoyo de la extinta Unión Soviética y con necesidad de recursos sumó su ingrediente particular.

En el “reportaje” que Trump concedió a su amigo de la cadena Fox minutos antes de su conferencia de prensa, afirmó que si él no hubiera sido electo, Estados Unidos con los demócratas se habría convertido en “una Venezuela con esteroides”, una gran Venezuela. Ese mismo eslogan lo usaron Bullrich y luego Milei para imaginar una Argentina sin ellos. Venezuela se convirtió en adjetivo: ejemplo del mayor fracaso económico con la mayor diáspora contemporánea —nueve millones de personas, el 27% de su población.

Hay ambivalencias: que la derrota de Maduro signifique el triunfo de Donald Trump —quien en ese mismo reportaje a la Fox dijo ayer: “Algo tenemos que hacer con México” y bulineó a su presidenta, Claudia Sheinbaum, afirmando que México no estaba gobernado por ella sino por los cárteles, y contando que cuando él le propuso aniquilarlos, ella le respondió: “No, por favor, no”— transmite una imagen de pusilanimidad. Qué cierto es el dicho: “¡Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos!”, atribuida a Porfirio Díaz a fines del siglo XIX, y que su sucesor en la presidencia, Manuel López Obrador, remodeló como “¡Bendito México, tan cerca de Dios y no tan lejos de Estados Unidos!”, reinterpretando esa vecindad como oportunidad de desarrollo.

En realidad, que en México el PRI dominara la política como partido hegemónico buena parte del siglo XX se debió en gran medida a que la cercanía con Estados Unidos durante la Guerra Fría impidió experimentos políticos desestabilizantes o desalineados con sus intereses.

Cuando Trump, recién reasumido, le dijo a Zelenski: “Usted no tiene ninguna carta en el juego, con nosotros de su lado todavía puede jugar algo”, esa lógica aplica también a Sheinbaum o, en su momento, al famoso muro antinmigrantes de la primera presidencia de Trump frente a López Obrador, quien supo disimular su nacionalismo sin enfrentar a Washington.

Como escribió ayer en PERFIL el politólogo español Manuel Alcántara, director del Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales: “El 11-S, la crisis económico-financiera de 2008 y la pandemia del covid-19 establecieron un triángulo particular”. Probablemente el derrumbe de las Torres Gemelas el 11 de setiembre de 2001, que quebró una década de pax romana tras la caída del Muro de Berlín, marcó el inicio de la regresión de la globalización; lo siguió la crisis de las hipotecas de 2008, que expuso los talones de Aquiles de la financiarización global; y lo culminó la pandemia, que evidenció la fragilidad de las cadenas de suministro y aceleró el nearshoring y el reshoring.

Y cada uno de esos mojones imprime la historia reciente sudamericana: el 11-S, indirectamente, contribuyó a la caída de la convertibilidad por la falta de apoyo del FMI y de Estados Unidos, concentrados en su guerra contra el islam. La crisis de las hipotecas en 2008 marcó el inicio del declive de la llamada década ganada, sustentada en la suba de los precios de las materias primas por parte de movimientos progresistas como el kirchnerismo, Correa en Ecuador, el PT en Brasil y la propia Venezuela, ya sin el mismo plus de dólares.

Falta agregar la invasión de Rusia a Ucrania en febrero de 2022, ya terminada la pandemia. Si Putin se siente con derecho a apropiarse de una parte de su vecindario en Ucrania, ¿por qué no habría de sentirse Trump con Venezuela? ¿Seguirá este nearshoring geopolítico con China invadiendo Taiwán? ¿Cada región con un patrón dominante y Europa como “jamón del sándwich”, con Groenlandia anexada a Estados Unidos? Geográficamente, el estado de Maine está tres veces más cerca de Nuul, la capital de Groenlandia, que de Copenhague, la capital danesa que administra ese territorio.

Lo mismo aplica a las Islas Malvinas entre Argentina e Inglaterra, con el agravante, en nuestro caso, de que el 3 de enero de 1833 fueron desalojadas las autoridades argentinas que ejercían una soberanía legítima sobre ellas.

Coincide, en otro 3 de enero, la hipótesis de Estados Unidos invadiendo parcialmente Venezuela para llevarse al jefe de su gobierno. En los grandes raptores mitológicos hubo de todo: el rapto de Helena que desató la costosa Guerra de Troya; el rapto de Perséfone, hija de Deméter, que explicaría las estaciones; o el rapto de las sabinas, origen mítico de Roma. Lejos está el secuestro-detención de Maduro y su mujer Cecilia Adela Flores de cualquier simbolismo mitológico. Esperemos que signifique el inicio de un proceso de recuperación democrática para Venezuela y no el comienzo de una injerencia militar norteamericana en Sudamérica.

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