
El Servicio de Inteligencia Exterior de Ucrania advirtió que Rusia intensifica la militarización de la infancia y la juventud, y que dejará de “disimular el entrenamiento militar bajo iniciativas sociales o educativas”.
Un ejemplo reciente, según la cartera estatal, es la intención de incorporar el manejo de drones en los estándares del complejo panruso del PRT, un programa que se presenta formalmente como sistema de educación física.
Simultáneamente, el Kremlin anunció la creación de un nuevo sistema de indicadores para la “promoción de la salud y el desarrollo físico infantil”, en el que la preparación para el servicio militar pasa a ser prioritaria. De ese modo, los criterios de desarrollo físico quedan vinculados directamente con la futura aptitud para el ejército, diluyendo la frontera entre la mejora de la salud y la movilización militar.
Las autoridades rusas también proyectan ampliar la regulación estatal del entrenamiento deportivo militar para menores, equiparándolo a las actividades educativas. Es decir, se busca formalizar y legitimar la formación militar entre niños, con la participación activa de instituciones estatales.
Estas medidas forman parte de una estrategia más amplia de militarización de la sociedad rusa que involucra de forma sistemática a niños en entrenamiento bélico. Bajo la apariencia de “educación física”, Moscú desarrolla una infraestructura destinada a la formación temprana de habilidades relevantes para el combate.
A nivel regional, la tendencia se muestra abiertamente incluso en celebraciones de Año Nuevo, en las que transportan a niños en vehículos militares, les permiten disparar armas y “Papá Noel” llega en tanques. De este modo, los símbolos de la guerra se incorporan al entorno infantil, normalizando la violencia y el ejército como elementos cotidianos desde edades tempranas.
El avance de la guerra en Ucrania ha provocado profundos cambios en el sistema educativo ruso: tanto niños de primaria como adolescentes reciben instrucción en tácticas militares y valores patrióticos desde edades cada vez más tempranas.
En la región de Kursk, fronteriza con Ucrania, alumnos de primer grado —de entre seis y ocho años— fueron inspeccionados por un veterano del frente ucraniano, quien revisó sus uniformes militares y les ordenó: “¡Revisen su vestimenta! Las hebillas deben mirar al frente, no a la izquierda ni a la derecha”, según reportó The Wall Street Journal. Tras ajustar sus uniformes, los niños regresaron a clase de lengua rusa, en una escena que refleja la integración de la disciplina militar en la vida escolar.
Este tipo de ejercicios, difundidos por la televisión estatal rusa, se replicaron en todo el país como parte de una estrategia del Kremlin para preparar a las nuevas generaciones ante posibles conflictos futuros.
Desde la anexión de Crimea en 2014, y sobre todo tras la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, el currículo escolar ruso incorporó de manera sistemática entrenamiento militar y narrativa bélica. El presupuesto destinado a esos programas también aumentó considerablemente, con especial énfasis en los grados más bajos.
A partir de octavo grado, la instrucción en el manejo de armas —antes extracurricular— se ha vuelto obligatoria. Los adolescentes reciben formación en disciplina militar y en historia bélica, y aprenden a ensamblar fusiles Kaláshnikov y a operar drones.
El Ministerio de Defensa incorporó a la Juventud Armada, una organización que, según datos oficiales, reúne a 1,85 millones de miembros de entre ocho y dieciocho años dentro del sistema escolar. Además, Moscú planea distribuir nuevos libros de historia para los grados iniciales, en los que Occidente aparece como enemigo de Rusia y Ucrania es presentada como un estado títere.




